Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG #2
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GREG #2

Ella me miraba con ojos vidriosos. Se había ido a algún lugar y no entendía por qué seguía en este mundo de locos. Su boca estaba abierta y expulsaba pequeñas bocanadas de vaho. Tenía los labios azules por el frío y temblaba de pies a cabeza.

Permanecimos así, con mis manos sujetándole el rostro, hasta que sus ojos volvieron.

—No vuelvas a hacerme esto —dije—. ¿Me oyes? No vuelvas a hacerme esto, por favor.

Creo que lloré. No estoy seguro.

Carol asintió. O quizá fue un temblor.

La llevé a casa y la envolví en una manta junto a la chimenea. Preparé café, que ella no probó. Yo me bebí tres tazas.

Después hablamos. Durante horas. Carol me contó lo que yo ya sabía y lo que no. Los detalles de la muerte de Noah. Las primeras semanas después, cuando funcionaba en piloto automático porque pensar en lo que había hecho habría sido demasiado: limpiar, cocinar, hacer la cama, cerrar puertas.

Me habló del acuerdo con Richard. Del dinero mensual. De las llamadas nocturnas. De la pistola comprada en Williams Lake. De los cinco años de visitas al bosque, donde estaba la tumba de su hijo.

Mientras la escuchaba, pensé que, sin ella saberlo, Carol y yo nos habíamos convertido casi en almas gemelas.

Luego me habló de la mente enfrentada a una adversidad extrema. Ese mecanismo de defensa que arranca de la memoria los recuerdos más traumáticos para impedir que el sistema se venga abajo.

Lo explicó como si estuviera hablando de otra persona.

Como si la Carol que enterró a Noah, la que le llevó flores durante cinco años y la que se sentaba junto a mí frente al fuego fueran mujeres distintas ocupando el mismo cuerpo por turnos.

Quizá lo eran.

Me habló de Noah. De su risa, que hacía eco en la cocina, y de su costumbre de hacer preguntas imposibles ( Mami, ¿las nubes se cansan de estar arriba?).

Mencionó también su obsesión por Monsieur Lapin, el conejo gris, un peluche viejo, feo, remendado y lleno de vida que lo acompañaba a todas partes y que ahora descansa bajo tierra, junto a sus huesos.

Hablamos poco de Burbon y nada de mí.

Tal vez debimos hacerlo. Tal vez no. Esa noche, el silencio estaba ocupado con los fantasmas de Carol. Los míos podían esperar.

Pasaron los días. La convivencia volvió poco a poco, como la circulación a un miembro dormido: primero el hormigueo, luego el dolor, y finalmente algo parecido a la normalidad.

Dormíamos juntos todas las noches. Al principio, con la rigidez de dos personas que no saben si el cuerpo del otro sigue siendo un lugar seguro.

Luego, se instaló algo parecido a la costumbre. La primera taza de café sin temblor. La primera noche en que Carol se durmió antes que yo. La primera mañana en que no pensé inmediatamente en una pistola al ver su mano sobre la almohada.

Hoy, casi hemos logrado convivir como una pareja convencional.

Puse dos fotos en la repisa de la chimenea. Una de Noah y otra de Burbon: una que le hice el primer día en Shelter Creek, con las orejas al viento y la lengua fuera.

Los dos muertos que definieron nuestras vidas, uno al lado del otro, observando el salón donde Carol y yo cenamos, leemos, discutimos sobre quién friega los platos y fingimos ser una pareja normal que se encontró en un pueblo perdido y decidió quedarse.

Enterramos a Burbon junto a Noah, bajo el saliente de roca. Carol me ayudó a cavar. No dijo nada mientras lo hacíamos, ni yo tampoco. Hay trabajos que se hacen en silencio .

Ahora vamos juntos a llevarles flores. Ya no tenemos que ir de madrugada.

Pero, durante semanas, algo seguía rondando la cabeza de Carol como un insecto insistente. Podía verlo en sus ojos.

Paseábamos por el bosque, ya sin nieve, cuando lo soltó de pronto. Los helechos nos llegaban a las rodillas. Jack corría delante de nosotros con la energía de un animal que ignora que el mundo tiene lugares donde no debería meter el hocico.

Carol me tomó de la mano. Caminamos así un rato, sin hablar. El bosque olía a tierra húmeda y a resina de pino.

—Greg.

—¿Mmm?

—¿Cómo has podido perdonarme?

No la miré al principio.

—Ya hemos hablado de eso. Fue un terrible accidente. No podías saber que Richard iba a obligar a Noah a comer de su plato.

—No.

Se detuvo. Yo con ella. Había dolor en su mirada.

—Me refiero a Burbon.

—Carol…

—Maté a tu perro, Greg.

Era la primera vez que lo decía en voz alta. Algo se rompió dentro de mí. Me aferré a sus ojos. No me salían las palabras, así que no dije nada.

—Burbon lo era todo para ti —continuó—. ¿Cómo has podido perdonarme? ¿Cómo puedes besarme, dormir a mi lado cada noche, saber lo que hice y seguir mirándome así?

Me encogí de hombros.

—Porque te quiero. Dicen que el amor es ciego, ¿no?

Carol no sonrió. Sus pupilas eran como alfileres.

—Yo no sé si te hubiera perdonado.

—Bueno, no tienes perro .

—Hablo en serio.

—Yo también.

—No. No lo haces. Te escondes detrás de una frase bonita porque no quieres contestar.

Jack volvió corriendo con una piña en la boca. Se la quité y la lancé lejos. Salió disparado tras ella.

—¿Cómo es posible, Greg? —insistió Carol—. ¿Cómo puedes no juzgarme por lo que hice?

El sendero se abría delante de nosotros, verde y húmedo, lleno de luz.

No respondí. No podía. Carol tenía razón. Cualquiera habría cuestionado mi comportamiento en estos dos últimos meses. Cualquiera se habría preguntado cómo es posible que un hombre siga durmiendo con la mujer que envenenó a su perro y enterró los huesos de su propio hijo en el bosque.

Carol también se lo pregunta. Lo veo en sus ojos a diario. Y es posible que ese brillo de duda nunca desaparezca del todo.

Pero es que Carol no sabe lo que hice.

Nadie lo sabe.

Ni Sara.

Ni Linda.

Ni el comité médico.

Nadie sabe qué ocurrió exactamente en aquel quirófano de Chicago.

Y así debe seguir siendo.