Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG
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GREG

AMOR CIEG O

Estoy lijando el marco de la ventana cuando Jack me trae la zapatilla.

Es un setter de cuatro meses. Tiene el pelaje cobrizo, las orejas demasiado grandes para su cabeza y unas patas anchas que aún no han aprendido a calcular distancias. Lo llamé Jack por Jack Daniels.

No aprendo.

Me mira desde el otro lado de la cocina con la zapatilla en la boca; la sujeta con tanta solemnidad que casi da pena quitársela.

—No —digo.

Jack mueve el rabo.

—No significa no.

El rabo acelera.

Le quito la zapatilla tras un tira y afloja desigual que a él le vuelve loco y la dejo en la encimera, fuera de su alcance.

Jack se sienta y me mira con la expresión de un niño al que le han quitado el postre. La injusticia del mundo, condensada en un cachorro. Le rasco detrás de la oreja y vuelvo a la ventana.

El marco necesita dos capas más de lija antes del barniz.

La madera está hinchada por la humedad del invierno y hay zonas donde la pintura vieja se levanta en escamas que caen sobre el alféizar como una caspa fina.

Es un trabajo mecánico, repetitivo, perfecto para las mañanas en las que la cabeza necesita ocupar las manos para dejar de dar vueltas.

Al otro lado del cristal, unas rapaces se recortan contra un paisaje de nubes oscuras que amenazan lluvia.

El bosque está verde. Los abedules han echado hojas nuevas y los helechos del suelo forman una alfombra densa sobre la tierra húmeda.

La nieve ha desaparecido. Es difícil creer que hace dos meses todo era blanco y frío, y que yo caminaba por ese mismo bosque de noche, siguiendo una linterna que se movía entre los troncos.

Dos meses. Parece otra vida.

Paso la lija por una esquina del marco. La madera se suaviza bajo mis dedos. Jack se tumba a mis pies con la cabeza entre las patas, mirándome con un ojo abierto y otro cerrado, como un pirata que evalúa si merece la pena abordar el barco.

Miro hacia la casa de Carol. Las cortinas están abiertas. La hierba crece en el jardín donde antes había un grueso manto de nieve.

Sigo lijando, aplicando más fuerza hasta que siento hormigueo en los dedos.

Un coche se acerca por el camino de tierra. Es un SUV gris con matrícula de Illinois, de aspecto familiar y pequeñas abolladuras en la puerta del copiloto. Se detiene delante de mi casa.

Jack levanta la cabeza y ladra una vez. Un ladrido agudo, valiente y ridículo. La autoridad de un cachorro convencido de que los intrusos tiemblan ante él.

La puerta del conductor se abre y baja una mujer de mediana edad. Lleva el pelo castaño recogido en una coleta práctica, abrigo de paño y botas de ciudad. Su expresión dice que ha atravesado demasiados kilómetros.

Sara .

Se queda de pie junto al coche un momento, tomando aire.

Mira la casa y el bosque, como evaluando el entorno.

Luego la casa de Carol. Después camina hacia mi puerta.

Tiene un modo de andar firme. Siempre lo ha tenido, incluso de niña caminaba como si llegara tarde a una reunión importante.

Sube los escalones del porche y llama al timbre.

Jack acude antes que yo, entre ladridos agudos y saltos de emoción. Dejo la lija, me limpio las palmas en los pantalones y voy a abrir.

Cuando la veo de cerca, me invade una oleada de nostalgia tan fuerte que casi doy un paso atrás.

—Lo que me ha costado encontrarte, hermanito —dice, haciendo esfuerzos para no sonreír.

Hago una mueca. Nunca me ha gustado que me llame hermanito, supongo que por eso mismo lo hace.

No veo grandes cambios en ella, salvo que está más delgada. Tiene los mismos ojos azul grisáceo que yo y las mismas arrugas prematuras en las comisuras, herencia de nuestra madre, que sonreía mucho y se preocupaba más.

La atraigo hacia mí y la envuelvo en un achuchón.

De inmediato recuerdo la última vez que nos vimos, después del juicio.

Un abrazo en una acera de Chicago. Ella diciéndome que descansara.

Yo prometiendo que nos veríamos pronto. Y, joder, ese «pronto» ha resultado ser varios meses después y en el culo del mundo.

Me aprieta fuerte, con las manos en mi espalda y la cara contra mi hombro. Huele a jabón caro y a café de área de servicio. Es como una bocanada de aire fresco.

Jack nos interrumpe metiéndose entre nuestras piernas con la zapatilla en la boca.

Sara se separa, mira al cachorro y se agacha.

—¿Y tú quién eres? —pregunta, haciéndole una carantoña .

—Se llama Jack —digo—. Y tiene un problema con las zapatillas.

—¿Jack?

Sara me mira desde abajo.

—Dime que no es por el bourbon.

Me encojo de hombros.

—Tienes un problema, Greg.

—Eso dicen.

Dentro, le sirvo un té que no tiene muy buena pinta. La bolsita es de marca blanca del supermercado y el agua ha tardado demasiado en hervir. Sara lo acepta sin quejarse; no está aquí para criticar mi despensa.

Se sienta en la silla de la cocina y mira a su alrededor. Las paredes, los muebles, la ventana a medio lijar. Jack se pone a dos patas y se apoya en su rodilla. Sara le rasca detrás de la oreja exactamente como hacía yo con Burbon.

—Bonito pueblo —dice, sin convicción.

—¿A qué has venido, Sara?

Sara sonríe como si esperase la pregunta y tuviera la respuesta preparada en una carpeta con pestañas de colores.

—El hospital quiere recuperarte.

Levanto las cejas.

—¿Perdón?

—El caso está cerrado, como te dije por email. La novedad es que el comité médico ha revisado tu historial y quiere ofrecerte la reincorporación. Mismo puesto. Mismo sueldo. Seguro médico completo.

—¿Así sin más?

—No es «así sin más». Es después de meses de investigación, presión pública, titulares horribles y gente intentando salvar su reputación institucional.

—Suena precioso.

—Legalmente, eres un hombre libre, Greg. Siempre lo fuiste, pero ahora también lo eres sobre el papel. Y, lo que es casi tan importante, de cara al público y los medios.

Miro a Jack. Y el bosque, a través de la ventana. Los abedules con sus hojas nuevas. Los helechos. El sendero que se pierde entre los pinos.

—Mi respuesta sigue siendo no.

Sara no parece sorprendida. Decepcionada, quizá, pero no sorprendida. Me conoce demasiado bien.

—¿Puedo preguntar por qué?

Juego con el cordón de la sudadera para evitar mirarla a los ojos.

—Estoy bien aquí.

—Vamos, Greg. Esto es un pueblo de doscientos habitantes en mitad de la nada. Eres un cirujano traumatólogo de prestigio y te dedicas a atender esguinces y gripes en una clínica rural.

—Me gusta lo que hago.

—Es un desperdicio.

—Es tu punto de vista.

Sara me mira un momento largo. Luego bebe un sorbo de té. Hace una mueca. Esta vez sí tiene que ver con el sabor.

—Eso es terrible.

—Te advertí que no era bueno.

—No, me has ofrecido té. Esto es agua sucia.

Sonrío.

Sara deja la taza sobre la mesa y la broma se apaga.

—Greg, yo… lo siento.

—No lo sientas. No tiene nada que ver contigo.

—No estoy hablando de eso. —Baja un instante la vista—. Siento haber dudado de ti por lo de Ray. Eres mi hermano. Debería haber sido la primera en creerte.

No digo nada, pero algo dentro de mí se retuerce. Es una sensación visceral, como el estúpido recuerdo de cuando, a los catorce años, tocaste el timbre del vecino y saliste corriendo, solo que multiplicado por mil.

—No te preocupes por eso —digo—. Olvidémoslo.

Sara pasea la mirada por el salón y se detiene en la repisa de la chimenea. En las dos fotos.

—¿Quién es el niño?

Me pilla desprevenido.

La foto de Noah lleva semanas ahí y ya forma parte del paisaje.

—Es una larga historia.

Sara me mira con esos ojos de abogada que lo almacenan todo.

—Greg, ¿tiene algo que ver con lo que me pediste que investigara? ¿Con la mujer de al lado y el niño que no aparecía en ningún registro?

Podría mentir. Sería fácil; he mejorado mucho. Decido que cualquier respuesta me metería de lleno en una conversación de varias horas para la que no sé si estoy preparado, así que guardo silencio.

Sara juega con la etiqueta de la bolsa del té que cuelga de la taza.

—En serio —dice—. Entiendo que no quieras volver a Chicago. Allí tienes demasiados recuerdos, vivencias desagradables. Pero ¿qué te retiene aquí? ¿Qué hay en este sitio tan alejado de todo? Tiene que ver con el niño de la foto y su madre, ¿verdad?

No me da tiempo a cambiar de tema. La puerta se abre antes de que pueda abrir la boca.

Carol aparece cargando con dos bolsas del supermercado.

Mira a Sara. Sara la mira a ella. Un segundo en el que las dos mujeres se evalúan en silencio.

—Carol —digo—, esta es mi hermana Sara. Sara, Carol. Mi… vecina .

La palabra «vecina» es técnicamente correcta e insuficiente a partes iguales.

Carol deja las bolsas en la encimera.

—Encantada —dice.

—Igualmente —responde Sara.

Las dos mujeres más importantes de mi vida, cara a cara en mi cocina. Las dos me mintieron. Las dos tenían motivos para hacerlo.

Sara detiene la mirada en las bolsas del supermercado. En la zapatilla mordida. En Jack, que ha decidido que ella es su nueva persona favorita. Y en mí.

En sus ojos leo la respuesta a su propia pregunta.

¿Qué me retiene aquí?

Menos de un segundo tiene la culpa de que Carol esté hoy aquí, entrando en casa con la compra y saludando a mi hermana con incomodidad.

Mi mano alcanzó la pistola justo cuando su dedo apretaba el gatillo.

Desvié el cañón lo suficiente para que el disparo se perdiera en el aire.

El retroceso me arrancó el arma de los dedos y la pistola cayó sobre la nieve, entre nuestros pies.

El eco rebotó contra las rocas, atravesó los árboles y levantó pájaros dormidos de las ramas. El bosque entero dio un respingo.

Nuestras respiraciones se mezclaron. Carol se derrumbó contra mí como un edificio al que le quitan los cimientos. La rodeé con un brazo por la cintura y la sujeté antes de que tocara el suelo. Aparté la pistola de una patada; fue a parar entre los helechos.

Luego me arrodillé en la nieve y le agarré la cara con las dos manos, obligándola a mirarme.

—No te atrevas —le supliqué—. No me dejes solo otra vez.