GREG
COMO TODO LO DEMÁS
—La comida está lista. Espero que tengáis hambre.
Parpadeo.
Estoy en el salón. Veo la ventana, el viento agitando los abedules al otro lado del cristal. Jack mordisquea una zapatilla bajo la mesa. Sara está sentada frente a mí, con una cerveza entre las manos y una sonrisa ladeada que me advierte que llevo demasiado tiempo en silencio.
Mis dedos, antes cerrados alrededor de la cuchara, se abren. Estoy aquí. No en Chicago. Aquí.
—¿Estás bien? —pregunta Sara.
—Sí. —Me aclaro la garganta—. Solo pensaba.
—Eso es peligroso en ti.
—Lo sé. Intento hacerlo poco.
Carol entra desde la cocina con la olla en las manos y la deposita en el centro de la mesa sobre un salvamanteles de corcho. El vapor sube en una columna blanca y lenta, llenando la casa de olor a caldo y tomillo.
—Qué buena pinta… —digo. Algo se me traba en la garganta.
Es sopa de pollo.
—Huele de maravilla, Carol —dice Sara, inclinándose hacia la olla con entusiasmo genuino—. En serio. Si cocinas así siempre, empiezo a entender por qué mi hermano no quiere volver a Chicago.
Carol sonríe mientras llena el cazo.
—El invitado primero, por ruin que sea —dice, colmando el plato hondo de Sara.
Sara levanta una ceja.
—¿Perdona?
—Una frase de mi padre. La decía siempre que alguien volvía de visita después de mucho tiempo.
—Me gusta tu padre.
—A todo el mundo le gustaba mi padre.
Sara prueba una cucharada. Cierra los ojos.
—Dios mío. Esto está increíble.
Jack aprovecha la distracción general para salir de debajo de la mesa con la zapatilla en la boca y lanzársela a Sara en el regazo.
Mi hermana la coge y se la tira hacia el salón.
Jack sale disparado, derrapa en el suelo de madera y se lleva por delante la alfombra.
Vuelve en tres segundos con la zapatilla y los ojos brillantes.
—Es igual que Burbon —dice Sara, haciéndole una carantoña—. La misma energía suicida.
—Peor —digo—. Burbon al menos esperaba a que te levantaras de la mesa. Este es el diablo con cuatro patas y mirada irresistible.
—Igualito que tú de pequeño.
Carol se ríe. La miro sin querer. Ella también me mira. Durante un segundo estamos otra vez en el bosque, junto al saliente de roca, con una pistola entre nosotros y cinco años de muerte bajo las rodillas.
Luego Jack ladra, Sara se queja por tener babas en el pantalón, y el mundo vuelve a colocarse en su sitio.
—Por cierto —dice Sara, rebuscando en el bolso que cuelga del respaldo de la silla—. Te he traído algo de parte de Emma. Me hizo jurar que te lo daría en mano.
Saca un sobre pequeño. El papel está arrugado por el viaje. Dentro hay un dibujo y una pulsera de hilo. El dibujo es un gato con bata de médico. Hay que echarle imaginación, por eso me encanta. El gato parece más bien una patata con bigotes y estetoscopio.
La pulsera es de hilo trenzado, verde y azul, con un nudo torpe en el cierre. Hecha a mano.
—Dice que es para que no te olvides de ella. Y David te manda un abrazo, pero alguien tenía que quedarse con la fiera.
Me pongo la pulsera en la muñeca. Me queda ridícula. Perfecta.
—Dile que no me la quitaré.
—¿Aunque parezcas un monitor de campamento? —bromea Carol.
—Aunque parezca un monitor de campamento.
Carol me sirve un cuenco. Luego otro para ella. Se sienta a mi lado y apoya la mano en mi antebrazo al dejar la cuchara junto a mi plato. Sus dedos se demoran un segundo sobre mi piel. Después retira la mano y se la lleva a la ceja. A la cicatriz. El gesto de siempre.
—¿Qué pasa? —pregunta, mirándome—. ¿No tienes hambre?
Miro el cuenco. La sopa humea. El caldo es dorado, denso, con trozos de pollo y verdura flotando como pequeñas islas. Tiene el mismo aspecto que tendría cualquier sopa de pollo preparada por cualquier mujer en cualquier cocina de cualquier pueblo del mundo.
Cojo la cuchara, la meto en el caldo y me la llevo a la boca.
Carol me observa comer. Tiene la barbilla apoyada en la mano y los ojos fijos en mí. Una expresión que podría ser amor. O podría ser cualquier otra cosa .
La sopa está buena. Claro que está buena. Sabe exactamente como debió de saberle al pequeño Noah aquella noche, sentado en una silla demasiado alta para él, con Monsieur Lapin en el regazo, los pies colgando y su padre inclinándose hacia él con autoridad.
—Vamos, come. Un campeón tiene que comer de todo.
Una cucharada que su madre había preparado para matar a su padre.
El pensamiento me cruza la cabeza como el parpadeo de un bisturí bajo la luz de un quirófano. Rápido. Frío. Preciso.
Pero me lo trago. Como el resto de la sopa.
Como todo lo demás.