GREG #2
—Esa noche le lavé los dientes a Noah. Le leí lo de siempre, tres páginas. Cuando le entró el sueño, le dejé su peluche bajo el brazo y le di un beso en la frente. —Se le escapa un sonido corto, sin forma.
—Carol.
—No. Déjame terminar.
La voz se le acelera, como si necesitara expulsar las palabras antes de que la ahoguen.
—Luego me metí en la cama con mi marido y esperé.
—La pistola desciende hasta apuntarme al esternón, después al vientre—.
Estuve despierta toda la noche, escuchándolo respirar.
Esperando el instante en que se le entrecortara.
Pero no pasó nada. Respiraba como respira un hombre sano.
Y yo ahí, en la oscuridad, pensando que la había cagado, que había calculado mal la dosis, que no servía ni para eso.
Se le quiebra la voz y por primera vez no la recompone.
—Y ¿sabes lo que sentí al final? Sentí alivio, Greg. Alivio, porque de pronto ya no quería ser una mujer que envenena a su marido. —Se lleva el dorso de la mano libre a la boca. Habla contra sus propios dedos—. Así que me dormí.
Me apoyo contra la roca sin recordar haberme movido. La piedra me raspa el hombro.
—Me despertó Richard —prosigue—. Zarandeándome por el hombro. Nunca lo había visto así. Blanco como el papel. Decía «no se despierta», una y otra vez, «no se despierta, Carol». Yo no entendía de quién hablaba porque, en mi cabeza, el que no debía despertarse era él.
El viento se cuela por la entrada del saliente y hace bailar la cera muerta de las velas.
—Corrimos al cuarto de Noah.
Dos manos invisibles se hunden en mi pecho, me agarran el corazón por los lados y lo parten en dos con un chasquido.
—Estaba de lado, con las rodillas dobladas y la mejilla apoyada en el conejo, como dormía siempre. Y sus labios… —Aprieta los párpados—. Los tenía grises. Lo toqué y estaba helado. Le apreté el pecho con las dos manos. Era tan pequeño que me daba miedo romperle algo.
Un ruido le sale de la garganta y se lo tapa con la mano del arma, un gesto torpe, brutal. El cañón queda contra su propia mejilla durante un segundo entero.
Yo dejo de respirar en ese segundo.
Después la mano baja de nuevo y el arma vuelve a mí.
—Richard estaba en la puerta con el móvil en la mano. «Hay que llamar a una ambulancia», decía mientras marcaba. «Caroline, hay que llamar ahora mismo.» Yo estaba de rodillas junto a la cama, y de repente lo entendí. Así que lo detuve.
Mi cabeza se levanta sola.
—¿Lo detuviste?
—Noah ya estaba muerto, Greg. —Las lágrimas le resbalan por las mejillas—. Mi hijo ya no estaba.
Algo me sube por la garganta. No es vómito. Son palabras que llevo meses tragando y que ahora empujan con la fuerza de algo que pugna por salir.
Me las trago de vuelta. No aquí. No ahora.
—Fue por la sopa —digo.
Asiente muy despacio.
—Le pregunté a Richard si le había dado de su sopa a Noah. Me miró como se mira a una demente. «¿Qué?» «La sopa. Anoche. ¿Le diste tu sopa?»
Se pasa la lengua por los labios.
—Y me dijo que sí. Que no tenía hambre, que llevaba toda la tarde con el estómago revuelto, y que en esa casa no se tira la comida.
Que el niño tenía que comer de todo. —Cierra los ojos y los aprieta como una niña que quisiera ahuyentar la imagen de un monstruo.
La voz se le vuelve un hilo—. Que Noah lloró y que él le dijo que no se levantaba de la mesa hasta que se acabara el cuenco.
Y que se lo acabó, claro. Entero. Que tuvo que sujetarle la cuchara pero se lo acabó.
Se le doblan las piernas y se deja caer. Se queda de rodillas sobre la nieve, frente a los huesos de su hijo, con la pistola apoyada en el muslo y las dos manos todavía encima del metal.
—Una noche —dice al suelo—. Una sola noche en seis años se le ocurrió hacer de padre ejemplar. Esa puta noche.
—Carol…
—¡No! —Levanta la cara y la luna se le mete en las lágrimas—.
Yo lo único que quería… —dice, y se atasca—.
Yo solo quería que mi hijo creciera en una casa tranquila y feliz.
¿Lo entiendes? Nada más. En una casa en la que se le pudiera caer la leche en un papel sin que le pasara nada. Y por eso lo maté.
—No lo mataste tú.
—¡Yo puse las pastillas en el cuenco! —El eco vuelve del bosque y no consuela a nadie.
Se seca la cara con el antebrazo.
—Richard lo entendió al instante. Vio mi cara y ya no necesitó más. Me agarró de la blusa y me estampó contra la pared. Me llamó asesina. Me dijo que iba a pudrirme en la cárcel.
Se pone de pie. Tiene la nariz roja y los ojos hinchados, y el arma otra vez a la altura de mi pecho.
—Y tenía razón. Cuando le hicieran el análisis toxicológico a mi niño lo iban a encontrar hasta arriba de benzodiacepinas. Se lo dije yo misma. Se lo expliqué. Creí que me mataba allí mismo. Aún tenía el móvil en la mano cuando le lancé el órdago.
—¿Qué órdago?
—Que llamara. Que llamara y yo lo contaría todo.
Los golpes. Las fracturas. Las veces que me obligó a mentir delante de un médico.
El sistema judicial canadiense no entiende de favores baratos como los habitantes de este pueblo de mierda.
—Su voz se llena de veneno—. Yo iría a la cárcel por asesinato.
Pero él sería condenado por maltrato. Y su carrera, su dinero, su preciosa reputación, todo eso que quería más que a nosotros, se acabaría con la mía .
El bosque cruje a nuestra espalda. Un animal pequeño se mueve entre los arbustos y se aleja deprisa, como si incluso él supiera que este no es un lugar para quedarse.
—Así que hicisteis un pacto de silencio —digo.
—Se marchó a Nueva York. Sin divorcio. Sin custodia. Sin preguntas.
—Porque un divorcio habría obligado a un juez a preguntar por Noah.
—Sí.
—Y tú lo enterraste aquí.
Carol mira los huesos de su hijo.
—Con Monsieur Lapin, su peluche. —El nombre del conejo suena insoportable—. Lo envolví en una manta, lo enterré y me mudé a la casa de al lado. Tu casa.
Parpadeo. La imagen de Burbon olisqueando aquella esquina cobra ahora todo el sentido. No era una rata muerta al otro lado de la pared, sino el rastro de Carol que aún permanecía.
—Al principio pensé que yo también moriría —sigue—.
No de forma dramática. Solo… que dejaría de funcionar.
Como una radio vieja. Pero no morí. Aguanté un año al otro lado del seto.
Un año mirando por la ventana la casa donde estaba su cuarto.
Finalmente regresé a mi casa y empecé a venir aquí cada noche.
Le cambiaba las flores. Le hablaba. Le decía que mami estaba aquí.
Las lágrimas le bañan las mejillas. El arma baja otro poco.
—Mami —repite, casi sin voz—. Mami está aquí.
La palabra me deja la boca llena de ceniza.
Mami.
Nada en mi vida me ha preparado para esto.
El silencio se prolonga. Mis ojos recorren el suelo del saliente: los huesos, la foto, las velas apagadas. Todo cobra sentido ahora. El mapa se despliega con una claridad perfecta y horrible.