GREG
SIN SALIDA
Bajo el tenue resplandor que la luna proyecta sobre la entrada del saliente, Carol parece tener ochenta años.
No es la luz; es el arma. La sostiene con ambas manos, pero el cañón oscila apenas, como si pesara más que todo el bosque. En sus ojos no queda ni rastro de aquel brillo de la mujer que me abrió la puerta con las mejillas manchadas de harina.
Esa mujer existe, no estoy tan loco.
La que tengo delante está demacrada, y su mirada hundida refleja puro terror. La voz, en cambio, le sale firme.
—Ojalá no hubieras visto eso.
Los restos de su hijo siguen entre mis manos. Ella los mira. Luego alza la vista hacia mí.
Con mucho cuidado, sin apartar la vista de ella ni de la pistola, deposito el cráneo de Noah sobre la tierra removida, junto con el resto de los huesos. Mis dedos tardan un segundo en soltarlo.
Carol sigue el gesto. Algo en su cara se contrae por un instante; una grieta mínima. Después, la máscara vuelve.
Me yergo despacio. Levanto ambas manos, con las palmas abiertas, y doy un paso hasta quedar fuera del saliente .
—No te muevas —ordena, levantando la voz. Su voz se rompe en la última palabra.
Pero el arma no. El cañón me apunta ahora a la cara.
Me detengo en seco.
Nunca me han apuntado con una pistola. Hay cosas que uno cree conocer por haberlas visto demasiadas veces en las películas: un disparo, un cuerpo que cae, música de tensión, corte a negro.
La realidad es más mezquina.
El cañón no parece un túnel negro que ocupa media pantalla. Es pequeño, un círculo oscuro, ridículo, del tamaño de una moneda. Y aun así, mi cuerpo entero se reorganiza alrededor de ese punto. Es lo único que ves. La saliva desaparece. La lengua se te pega al paladar.
El bosque se borra.
Solo quedan Carol y el agujero por el que puede acabarse mi vida.
—No querrás continuar con esto —digo.
Ella guarda silencio.
—Carol. —Su nombre me raspa la garganta—. ¿Qué está sucediendo?
Nuestros ojos se encuentran y el mundo estalla de mil formas diferentes. Incluso ahora, con una pistola apuntándome y los huesos de su hijo a mis pies, me siento extrañamente atado a ella. Como si un cable invisible nos conectara el pecho, tirando del mío hacia el suyo.
Por un brevísimo instante —una centésima de segundo, quizá dos—, ninguno de los dos se mueve. Nos quedamos mirando, atónitos, enamorados, horrorizados, sin saber muy bien qué pensar o decir.
—Tu hijo no se fue con tu exmarido —digo.
Niega con la cabeza.
—¿Qué pasó ?
La pistola baja un centímetro y sube al instante.
Doy un paso.
—¡Quieto, joder!
Me congelo. Levanto las manos un poco más. El frío me muerde las muñecas, justo donde las mangas del abrigo dejan piel al descubierto.
—Carol, baja el arma. Vamos a casa. Nos sentamos, nos servimos algo caliente y hablamos. Con sinceridad, por una vez. Tú y yo. Sin pistolas, mentiras ni secretos.
—Ya es tarde para eso.
—No lo es.
—Me has seguido.
—Sí.
Es absurdo negarlo y no hay forma elegante de decirlo.
—Y me has mentido —dice—. La convención de medicina de Seattle era…
—Una patraña. Sí.
Su dedo se tensa sobre el gatillo. Mi vista se va a ese dedo, a la uña cortada al ras, a la pequeña grieta en el esmalte transparente. Al tendón flexor. A todo lo que tendría que moverse para que el mundo cambiara de forma definitiva.
—¿Por qué?
—Necesitaba respuestas.
—Podrías haber preguntado.
Casi me río.
—¿Me habrías contestado?
No responde.
—Necesitaba saber por qué vienes al bosque todas las noches —continúo—. Por qué tu hijo no encaja en ninguna versión de tu vida. Por qué Burbon volvió con ese conejo y tú casi te desplomas al verlo…
Trago saliva. Me duele.
—Y por qué mataste a mi perro .
La cara de Carol se desarma un segundo.
El silencio que sigue es distinto a todos los anteriores. Somos dos personas que ya no tienen dónde esconderse.
—¿Para qué quieres saber por qué lo hice? —pregunta—. ¿Para poder decidir hasta qué punto soy un monstruo? —La pistola tiembla—. Vale, ahora lo sabrás todo. Y después…
Desvía la mirada y el resto de la frase se evapora antes de llegar a sus labios.
—Quiero la verdad —digo.
—La verdad no te va a servir de nada.
—Pruébame.
Carol mira los árboles. El viento arrastra nieve seca por el saliente, y algunas motas se adhieren a los huesos de Noah. La imagen es tan tétrica que tengo que apartar la vista.
—Richard me maltrataba.
No puedo decir que me pille desprevenido, y aún así, oírlo de su boca hace que el mundo se vuelva más estrecho.
—Lo sé —asiento despacio—. Las radiografías de tu brazo hablaban por sí mismas. Y tu mirada también.
El arma sigue apuntándome, pero sus ojos ya no están aquí, sino en otro lugar. En otro tiempo.
—Empezó el segundo año de matrimonio. Primero fue un empujón en mitad de una discusión. Luego una bofetada. Después los puños. El cinturón. Siempre lejos de la cara si al día siguiente había misa, cena o reunión del bufete. Siempre con método. Richard no era de los que pierden el control.
—¿Por qué no lo denunciaste?
Suelta una risa breve, seca, sin humor.
—Por favor, Greg… Tú no conociste a Richard.
—¿Qué significa eso?
—Él pagó la renovación del tejado de la iglesia.
El reverendo McLean lo mencionaba en cada sermón como ejemplo de generosidad cristiana.
Cuando la escuela necesitó fondos para el laboratorio, Richard organizó la subasta benéfica.
Y cuando Lyle tuvo problemas con las facturas del taller, ¿sabes quién le prestó el dinero?
Lyle.
La camilla.
La sangre.
Ella miente.
—Richard —digo.
—Bingo. Sin intereses ni fecha de devolución. Solo un favor entre vecinos.
Carol aprieta la mandíbula.
—Denunciarlo habría sido como denunciar al mismo Papa en el Vaticano.
La policía y los vecinos lo adoraban. Si yo hubiera ido a comisaría con un ojo morado, habrían llamado a Richard para que viniera a buscarme.
Una taza de café, una mano en el hombro y para casa.
«Todas las parejas pasan por malas rachas, Caroline», habrían dicho. Y luego, en casa…
Se interrumpe. Mi cuerpo entiende la frase.
El metal de la pistola atrapa un reflejo frío.
—Me estoy desviando del tema —dice.
—Pensaste en matarlo.
No se ofende. Eso casi la delata.
—No soy una asesina —dice—. Nunca se me había pasado por la cabeza hacerle daño a alguien. Hasta…
—¿Hasta qué?
Carol parpadea. Una lágrima le cae sin que la voz se le mueva.
—Hasta que le hizo daño a Noah.
Se detiene para evaluar mi reacción. Como no digo nada, continúa.
—Conmigo podía hacer lo que quisiera. Yo ya había aprendido a calcular distancias. A no quedarme nunca entre él y la puerta. A ponerme de lado cuando venía el golpe, para que no me diera de lleno.
La pistola baja otro centímetro.
—Pero Noah…
Se le dobla la voz, pero la endereza a la fuerza.
—Mi hijo derramó un vaso de leche sobre unos documentos que Richard había dejado en la mesa del comedor. Contratos del bufete. Papeles que no deberían haber estado en una mesa donde cena un niño de seis años.
Su voz se ha vuelto más lenta, más cuidadosa, como alguien que camina descalzo sobre cristales rotos.
—Lo tiró de la silla de una bofetada y Noah se partió el labio contra el borde de la mesa.
—Se toca el labio inferior con dos dedos—.
Sangraba a borbotones. Y Richard ahí, de pie, gritándole que era un inútil.
A un niño de seis años, Greg. Mi hijo estaba en el suelo, con la boca abierta y sangre en los dientes, mirándome como si yo pudiera arreglarlo. No pude soportarlo.
La cabeza me da vueltas. Intento buscarle un sentido a sus palabras. No lo encuentro. Solo sé que a mis pies tengo el cadáver descompuesto de un niño.
—Carol… —titubeo—. ¿Mataste a tu hijo para protegerlo de tu marido?
Le cambia la cara. No hay tristeza en lo que viene, es algo animal.
—¿Qué? —Da un paso hacia mí y el cañón sube diez centímetros—. ¿Qué estás diciendo? ¿Qué monstruo crees que soy, Greg? —La voz se le astilla y sigue—. ¿De verdad me crees capaz de hacerle daño a mi propio hijo? Noah lo era todo para mí.
—No… Claro que no.
Lo pienso un segundo. Aprieto los dedos hasta que las uñas se clavan en la piel. Creo que ya lo entiendo.
—Tomaste una decisión respecto a Richard —añado.
Ella asiente.
—Lo planifiqué con mimo. Soy técnica de laboratorio. Sé de fármacos y de dosis. Y, debido a mi depresión e insomnio, tenía pastillas en casa para parar un tren. Iba a ser pan comido.
—Pero no lo mataste. Tu marido vive actualmente en Nueva York, ¿verdad, Carol? Da entrevistas. Va a cenas. Sonríe con senadores.
—Sí.
—Entonces…
—Trituré las pastillas y lo mezclé todo en la sopa de Richard.
Una cantidad generosa —dice. El viento golpea la entrada del saliente.
Las velas apagadas huelen todavía a cera caliente—.
Noah tenía sus macarrones. Con tomate, como a él le gustaban.
Era imposible que probara la sopa. Noah odiaba la sopa de pollo.
La odiaba desde bebé. Se tapaba la nariz solo con verla. Nunca la comía. Nunca, maldita sea.
La palabra «nunca» rebota entre las rocas.
—Serví los platos y salí afuera con la excusa de tomar el aire. Me sentía indispuesta. A pesar de lo mucho que lo odiaba, no tenía estómago para presenciar cómo mi marido se tomaba las pastillas sin darse cuenta. Así que me senté en las escaleras y conté estrellas.
Se detiene. El pulgar le acaricia el metal, un tic diminuto.
—Cuando volví, Richard seguía vivo —continúa—.
Y yo pensé: no ha hecho efecto todavía. Solo eso.
Por supuesto. ¿Qué esperaba? Esas cosas no funcionan tan rápido.
Estaba de pie junto al fregadero, aclarando su cuenco.
Y muy pálido, con esa cara suya de mártir cuando algo no le sentaba bien.
Supuse que estaba empezando a notar los efectos de las pastillas.
Noah estaba en su silla, terminando los macarrones.
Le tiembla la barbilla.
Miro el arma sin verla. Empiezo a hacer cuentas que no quiero hacer.