GREG
LA VERDAD ENTERRAD A
Me pego al tronco del abeto. La corteza me araña la mejilla. No respiro. No me muevo.
El grito ha sido breve, un sonido pequeño ahogado por mi propia mano contra la boca. Pero en este silencio ha resonado como si hubiera usado un megáfono para anunciar mi presencia a todos los árboles, a todas las piedras y, sobre todo, a Carol.
Cambio el apoyo muy despacio y las rodillas me crujen. Me sitúo en cuclillas, con las piernas muy flexionadas y las manos en los muslos. Me preparo para levantar el cuerpo a modo de pistón humano y echar un vistazo al saliente.
Asomo medio ojo por el lado derecho del tronco.
Carol está de pie. Tiene la linterna en la mano derecha y barre los árboles con el haz de luz, como un faro en la niebla. Recuerda a un animal que ha oído algo y no sabe de dónde viene.
El haz de luz sigue recorriendo los troncos, despacio. Izquierda. Derecha. Vuelve. La luz se acerca. Está a tres metros a mi izquierda. Dos, tal vez. Si barre cinco grados más a la derecha, me ilumina de lleno.
Me aplasto contra la corteza todo lo que puedo. El corazón me late con tanta fuerza que estoy convencido de que ella puede oírlo.
La luz pasa de largo.
Respiro.
Asomo el ojo otra vez. Mis pupilas van instintivamente al hoyo. ¿Dónde está lo blanco? ¿Lo ha vuelto a cubrir?
Parpadeo, confuso. El cerebro empieza a negociar, como siempre que la realidad le exige aceptar algo imposible.
¿De verdad era lo que creo que era?
Ha sido un flashazo de un segundo, quizá menos.
La luz de las velas, la distancia, la adrenalina, el frío, el duelo, las horas sin dormir.
Mi cerebro lleva semanas conectando puntos, viendo fantasmas en cada sombra.
¿Y si me han traicionado los sentidos? ¿Y si lo que he visto en ese hoyo era una raíz blanqueada por la humedad, o una piedra con forma caprichosa, o un trozo de madera vieja?
Pero mi cerebro de cirujano, ese miserable y eficiente que no se apaga ni cuando le suplico que se calle, opina que un cuello femoral, un trocánter mayor y esos dos cóndilos desiguales del extremo distal no se confunden con una raíz ni con una piedra.
Dice que lo que había en el fondo del hoyo era hueso.
Dice que no me engañe. Que lo supe en el mismo instante en que lo vi, antes de que el grito se escapara de mi garganta.
Dios mío, cómo quiero estar equivocado.
La linterna barre los árboles una última vez.
Luego Carol baja el brazo y se queda quieta unos segundos, con la mirada perdida en la oscuridad del bosque, como si esperara una respuesta.
Luego, se vuelve hacia el saliente, se agacha y apaga las velas de un soplido.
La luz anaranjada se desvanece y el pequeño altar se sumerge de nuevo en la oscuridad.
La roca vuelve a ser una boca negra en la ladera.
Carol se sacude la nieve y la tierra de las manos, recoge el pico y la pala, se echa la mochila al hombro y se aleja.
Emprende el camino de vuelta hacia el bosque. El punto amarillo de la linterna se debilita entre los troncos hasta desaparecer.
Yo me quedo detrás del árbol, temblando. No de frío, sino de algo parecido al vértigo, esa sensación de estar al borde de un precipicio y saber que voy a saltar.
Tengo dos opciones.
La primera es seguirla. Volver al motel.
Dormir. Despertar mañana y decidir que todo ha sido un episodio paranoico inducido por el insomnio, el alcohol y la pérdida de un perro.
No es una mala opción. Es la opción que me permite conducir de vuelta a Shelter Creek y decirle a Carol que el congreso de Seattle fue un aburrimiento pero que la echaba de menos, aceptar una cena, besarla, hacer el amor y no seguir por este camino destructivo en el que me estoy hundiendo como un idiota.
La segunda es acercarme a ese saliente y ver lo que hay.
Si elijo la primera, no podré volver a conciliar el sueño. No hasta regresar aquí y comprobar qué descansa dentro de ese montículo.
La linterna de Carol ya no se ve. Sus pasos aplastando la nieve ya no se oyen. El bosque la ha vuelto a tragar.
Silencio.
Me levanto. Las rodillas protestan de nuevo. Me apoyo en el tronco un segundo y luego lo suelto.
Camino hacia el saliente.
A cada paso, el terreno cruje bajo mis botas. Ya no me importa. Carol se ha ido. Estoy solo con lo que sea que hay ahí dentro.
El lugar parece más grande a medida que me acerco. El voladizo de piedra sobresale unos tres metros, creando un espacio cubierto del tamaño de una habitación pequeña. El techo natural protege el suelo de la nieve. Bajo la roca, la tierra está seca en algunos puntos y oscura en otros.
Me agacho y entro de rodillas.
Saco el móvil del bolsillo y enciendo la linterna. La luz blanca inunda el espacio con una contundencia obscena.
Lo primero que veo es la fotografía. Está apoyada contra una piedra, junto a la cabecera del montículo.
Es un marco pequeño de madera, con el cristal empañado por la humedad.
La foto está algo ondulada por los años, pero aún se distingue con claridad.
Es un niño de ojos claros, rubio, con el pelo cortado a lo casco.
Cinco o seis años. Tiene una sonrisa triste, como si alguien le hubiera dicho «sonríe» y él hubiera obedecido por inercia.
No lo he visto nunca. Y sin embargo, lo reconozco al instante.
Noah.
La luz desciende de la foto al montículo.
La tierra está removida donde Carol ha cavado.
Fresca, oscura, húmeda. Cavo con las manos y pronto empiezo a palpar objetos reconocibles.
Entre la tierra, las piedras y la maleza está el conejo del peluche.
Vuelve a estar embarrado, como cuando Burbon lo trajo a casa. Con él hay más cosas.
Huesos.
Joder.
Hay fragmentos dispersos por todas partes, producto de la excavación.
Algunos son pequeños e irreconocibles; otros no.
Hay uno curvo que podría ser una costilla, quizás de animal, como la clásica costilla de cerdo, o tal vez no.
Un fragmento largo con un extremo ensanchado parece un fémur.
Y entre ellos, separado del resto, el cráneo.
Me cuesta respirar.
Apoyo el móvil en la roca para tener las dos manos libres. La luz queda fija, inclinada. Todo parece quirúrgico y sacrílego al mismo tiempo.
Debería no tocar nada, fotografiarlo todo y llamar a la policía.
Lo pienso mientras mis manos hacen exactamente lo contrario.
Sostengo el cráneo frente a mis ojos. Es ligero y frío, manchado de tierra en las suturas.
No es tan pequeño como esperaba. Esa es la primera obscenidad: a los seis años, el cráneo ya casi ha terminado de crecer, y este cabe en mis manos con la misma naturalidad que el de un adulto.
Noto cómo se me van las manos, ese temblor fino que en un paciente llamaría ansiedad o síndrome de abstinencia.
Es el cráneo de un niño.
Oh, no.
Levanto la vista hacia la foto. El crío me mira desde detrás del cristal empañado. Bajo la vista al cráneo. La cuenca orbital izquierda me devuelve la mirada desde un lugar donde los ojos ya no existen.
Oigo de pronto las palabras de Carol en mi mente. «No me preguntes por mi hijo, Greg. Nunca.»
Me quedo inmóvil, con el cráneo entre las manos, incapaz de pensar en nada que no sea la absoluta indecencia de su tamaño.
Noah Copeland no se fue a Nueva York con su padre. No está en ningún colegio ni en ningún registro, por supuesto. Está aquí, debajo de mis rodillas, donde lleva los últimos cinco años.
Y su madre sale cada noche a visitarlo con flores y velas.
—No podías dejarlo estar —dice una voz a mis espaldas.
Me giro. Carol está en la entrada del saliente, apuntándome con una pistola.
Todavía tengo el cráneo de su hijo entre los dedos.