GREG
BAJO TIERR A
Carol sube por una pendiente rocosa, entre árboles más viejos y espaciados. La linterna oscila con el esfuerzo de la subida, y cada movimiento proyecta sombras largas sobre los troncos que se estiran, se rompen y vuelven a unirse. Por momentos, parece que el bosque entero respira a su alrededor.
La sigo a mayor distancia. La suficiente para no perderla y, con suerte, para que no me oiga si piso mal, si respiro demasiado fuerte o si mi corazón decide salirse del pecho y caer sobre la nieve con un ruido húmedo y delator.
La travesía tiene algo de fantástico, como de Alicia en el País de las Maravillas .
Es como si estuviera dejando el mundo real para adentrarme en un sueño con reglas propias.
La diferencia es que Alicia seguía a un conejo blanco con chaleco, y yo a una mujer traumatizada con pico y pala.
Aunque, ahora que lo pienso, también hay un conejo en esta historia.
Dios, estoy empezando a desvariar.
La pendiente se inclina. El terreno es más abierto y la nieve más fina, lo que me hace más visible. Me oculto tras troncos gruesos y bloques de piedra, avanzando despacio y midiendo cada paso como un soldado de reconocimiento.
De pronto, Carol se detiene frente a una formación rocosa .
Yo también. Me agacho detrás de un abeto ancho y observo.
La roca sobresale de la ladera como una mandíbula inferior, creando un hueco debajo: algo entre cueva poco profunda y voladizo natural. La roca forma un techo de piedra que protege el interior de la lluvia y la nieve. Es un lugar que podría pasar desapercibido si no supieras que está ahí.
Carol se agacha y entra sin vacilar.
Me acerco lo justo para ocultarme detrás de otro árbol, a unos quince metros. Desde aquí tengo visión directa del interior del saliente, aunque todo está demasiado oscuro para distinguir algo que no sea el haz de la linterna.
Apoyo una mano en el tronco y contengo la respiración. Observo.
Carol deja la mochila en el suelo. Apoya la pala y el pico contra la pared de roca. Se arrodilla. Y empieza a encender velas.
Me quedo mirando, sin entender.
Una. Dos. Tres. Cuatro. Cinco velas dispuestas en semicírculo. Las llamas crecen, se estabilizan, y la luz anaranjada se expande dentro del saliente como un amanecer en miniatura. Las sombras retroceden. Lo oculto deja de estarlo.
Joder. ¿De qué va esto?
Veo un montículo de tierra, pequeño y alargado, con piedras cuidadosamente colocadas formando un perímetro ovalado.
A un lado hay flores, algunas secas y marchitas, reducidas casi a tallos marrones y pétalos arrugados.
Vestigios de visitas anteriores, de semanas, meses, quizá años.
Otras son frescas, las que Carol ha traído esta noche en la mochila.
Flores. Con cintas. Las mismas que Burbon encontraba en el bosque y traía a casa, sin saber que estaba arrancando piezas de un duelo privado.
Era esto. Burbon venía aquí, encontraba las flores y las arrastraba de vuelta. No eran basura tirada por algún excursionista, como yo creí. Eran esto.
Junto al extremo del montículo, algo sobresale de la tierra: un marco pequeño y ligeramente torcido. Parece contener una fotografía. Desde aquí solo distingo un rectángulo con algo de color dentro. No alcanzo a ver la imagen.
Las rodillas me ceden sin aviso. Es el cuerpo cortocircuitando. Me agarro al tronco del árbol con las dos manos para no caer, y la corteza se me engancha en la lana de los guantes. El movimiento desplaza mi bota izquierda, que resbala sobre una raíz helada y golpea una piedra suelta.
El chasquido seco es tenue y breve, pero a mí me suena como un disparo.
Me quedo inmóvil. No respiro. Miro hacia el saliente.
Carol sigue arrodillada, de espaldas a mí, con la cabeza inclinada hacia el montículo.
Suelto el aire muy despacio por la nariz, sin abrir la boca. Me recoloco detrás del tronco.
¿Qué haces, Carol?
No sé si reza o si habla. No sé qué hace una mujer arrodillada en una cueva a las tres de la madrugada frente a un montículo de tierra rodeado de velas. Nunca he visto nada parecido. Mi cerebro se niega a formular la conclusión que todas las piezas llevan señalando desde hace semanas.
Carol inclina la cabeza. No oigo lo que dice, si dice algo. Su boca se mueve. Las llamas le iluminan el perfil de abajo arriba, deformándole la cara en una máscara antigua.
Empiezo a pensar que quizá, al fin y al cabo, esto es realmente un sueño. Que sigo en el Pine Lodge, he caído rendido al fin y aún no he despertado de la siesta.
Pero no estoy dormido. El frío me lo confirma. Y las velas. Y la mujer de rodillas. Y el montículo que tiene exactamente la forma que tiene.
Carol por fin se mueve. Coge el pico y empieza a cavar.
El primer golpe resuena en el silencio del bosque como un latido seco. Metal contra tierra congelada.
Otro.
Y otro.
La roca amplifica el sonido bajo el saliente. Cada impacto parece rebotar contra los troncos y volver a mí con un pequeño retraso. Carol cava con determinación.
El montículo empieza a abrirse. La tierra, congelada en la superficie, cede por capas.
Carol se detiene de vez en cuando para apartar los fragmentos con la mano enguantada.
Luego vuelve a golpear. Las velas tiemblan con cada movimiento, y las sombras de su cuerpo crecen y encogen sobre la pared de roca como algo vivo.
Yo sigo detrás del árbol, inmóvil. Testigo. Qué palabra tan cómoda para no decir cobarde.
Al cabo de unos minutos, Carol deja el pico a un lado.
Se queda de rodillas, respirando con dificultad.
El vaho le sale de la boca en bocanadas cortas que las velas tiñen de naranja.
Tiene la frente brillante de sudor pese a que estamos a doce bajo cero.
Se pasa el antebrazo por la cara y deja una mancha oscura de tierra en la sien.
Luego se vuelve hacia la mochila. Rebusca dentro con el brazo hundido hasta el codo. Saca una bolsa de plástico y la deja sobre sus rodillas.
Entrecierro los ojos. ¿Eso es…?
La boca se me llena de esa saliva espesa que precede a las náuseas. Trago.
Carol abre la bolsa, mete la mano y saca el conejo. El ojo de botón devuelve un destello mínimo cuando pasa por delante de una vela.
Carol sostiene el peluche con las dos manos, a la altura del pecho. Le pasa un pulgar por la oreja deshilachada, hacia abajo, dos veces. Como quien peina a un niño antes de una foto.
Se lo acerca a la cara. Apoya los labios en la cabeza del conejo y se queda así, más tiempo del que dura un beso.
No oigo nada. Ni el viento, ni la nieve al asentarse, ni un pájaro. Solo el crepitar de las mechas.
Carol se inclina sobre el pequeño hoyo que ha abierto y deja el peluche en el fondo. Y en ese momento, mientras su mano se retira y su cuerpo se aparta un palmo hacia la izquierda, las velas alcanzan el interior del agujero y veo el fondo.
Hay más cosas, formas apelmazadas por la tierra que no sé nombrar. Y hay algo blanco. Alargado. Curvo. Con un extremo más ancho que el otro, ensanchado en dos lóbulos desiguales.
Mi cuerpo entiende antes que mi cabeza. No quiero mirar. No puedo dejar de mirar.
He tenido cientos de esos en las manos. He puesto tornillos en ellos, los he alineado bajo un intensificador de imágenes y he explicado a padres aterrados en pasillos de urgencias que suelda rápido, que a esa edad todo va más rápido, y que en seis semanas estará otra vez subiéndose a los árboles.
Se me escapa un grito ahogado.
¿Es una tumba?