CAROL
DETRÁS DE MÍ
Sigo caminando por el sendero que conozco de memoria, pero algo no va bien.
Es un cosquilleo en la nuca, como si alguien hubiera puesto un dedo frío sobre mi piel. Es esa intuición animal de ser observada que no se puede explicar ni ignorar.
Miro atrás.
Nada. Solo oscuridad.
Continúo. La pala y el pico cargan mi hombro derecho. La linterna oscila en mi mano izquierda. La pistola, en el bolsillo del abrigo, pesa más a cada paso.
Vuelvo a mirar atrás. Solo árboles, nieve y viento.
¿Greg? No. Está en Seattle. Me ha enviado un mensaje. Está en su hotel, muerto de sueño después de una cena interminable. Es imposible que esté aquí.
Pero la sensación persiste. Algo, o alguien, me sigue.
Reprimo el impulso de sacar la pistola y acelero el paso. No estoy cómoda esta noche.
Aquí apenas hay nieve. Se agradece; el mes pasado hubo noches en las que la acumulación era tal, que casi impedía el paso .
Noto cómo mi cuerpo se relaja a medida que me acerco al lugar. Siempre me pasa. Es lo más parecido a la paz que conozco desde hace cinco años.
Ya falta poco.