Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG
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GREG

TREINTA METROS

La sigo a unos treinta metros de distancia. En una calle iluminada, treinta metros no son nada: la distancia entre una cafetería y una farmacia, entre dos pasos de cebra, o entre tú y alguien a quien todavía puedes llamar por su nombre sin parecer un lunático.

Aquí, en medio de un bosque de noche, treinta metros son otro país.

La linterna de Carol es un punto amarillo que se mueve entre los troncos como una luciérnaga: parpadea, desaparece un segundo detrás de un pino y vuelve a aparecer. Es lo único que veo con claridad; todo lo demás es negro.

El sendero parece interminable. En algunos tramos se siente ancho, aunque en esta oscuridad no se distinga bien, más bien una sensación de espacio, la impresión de que los árboles retroceden. Levanto la mirada y veo parpadear las estrellas entre las copas oscuras de los pinos.

En otros puntos, el sendero se estrecha y los matorrales arañan la tela de mi abrigo. Una rama me golpea la mejilla, dejando un escozor fino.

Camino pisando en las huellas que Carol deja en la nieve. Es la forma más segura de no hacer ruido, ya que la nieve compactada cruje menos que la virgen. No recuerdo dónde lo aprendí, quizá en una película.

El bosque de noche lo amplifica todo. Cada rama que cruje bajo mi bota es una granada; cada respiración que suelto es un megáfono.

Soy hiperconsciente de mi propio cuerpo: el roce de la tela del abrigo al mover los brazos, el chirrido de las suelas contra la corteza helada, el aire entrando por la nariz y saliendo por la boca, el latido de mi corazón, que juro que se oye a diez metros.

Ella camina sin detenerse, como si hubiera recorrido este camino cientos de veces. Seguramente sea así.

En un momento dado, el sendero se bifurca.

Carol toma la ruta de la izquierda sin vacilar.

Yo me detengo un segundo. Conozco esta bifurcación.

He venido hasta aquí decenas de veces con Burbon; siempre tomábamos el camino de la derecha, que baja hacia el arroyo y el claro donde el muy idiota perseguía ardillas. Nunca fuimos por la izquierda.

Entonces recuerdo aquella mañana, a los pocos días de llegar al pueblo. Burbon se detuvo justo aquí, en este mismo punto, y quiso subir por el camino empedrado de la izquierda.

Ahora me asalta una duda repentina. ¿Tomó Burbon ese camino el día que se escapó?

El día que volvió embarrado, feliz, con el conejo gris entre los dientes, como si hubiera encontrado un tesoro y no una grieta abierta en la historia de Carol.

Quizá sí. Quizá ese día Burbon hizo lo que hacen los perros cuando los dejas libres: seguir el olor. Y el olor lo trajo por aquí.

Miro la bifurcación de la izquierda. La linterna ya se aleja entre los árboles.

A partir de este punto, el terreno es desconocido para mí.

El bosque cambia. Los pinos son más viejos y más gruesos.

El suelo tiene menos nieve y más roca. Las raíces sobresalen como tendones bajo una piel demasiado fina.

La oscuridad también es distinta. No es la densa de la vegetación cerrada, sino la de un espacio más abierto, una oscuridad que respira.

Mis ojos se han acostumbrado lo suficiente para distinguir las formas de los troncos y las rocas, pero los detalles se pierden en una niebla gris que lo aplana todo.

No tengo mapa mental de esta zona. Solo cuento con la linterna de Carol. Si la pierdo, estoy jodido.

Mientras camino, me asalta un recuerdo absurdo.

Segundo año de universidad, una noche de octubre.

Tres amigos y yo nos colamos en el depósito de cadáveres de la facultad de medicina.

Una apuesta estúpida, una bravuconada estudiantil para demostrar que nada de lo que veríamos en los próximos seis años de carrera nos asustaría.

Entramos por una ventana del sótano que alguien había dejado entreabierta.

El depósito estaba a oscuras y olía a formol.

Y debajo del formol, a algo que ninguno quiso nombrar.

Mi amigo Ross encendió un mechero, y la llama iluminó las mesas de acero inoxidable, con las formas cubiertas por sábanas verdes. Ocho mesas. Ocho formas.

No tuve miedo de lo que había debajo de las sábanas. Los muertos no me impresionaban. Al principio, los estudiantes de medicina tenemos una relación arrogante con la muerte. Creemos que diseccionarla equivale a entenderla. Pobres idiotas con batas nuevas.

Lo que sí me dio miedo fue el silencio. Un silencio industrial, sin eco, que se podía sentir y casi tocar, diseñado para que nada resonara. El silencio de un lugar donde las cosas que entran ya no salen.

Nos fuimos a los tres minutos. Ninguno de nosotros volvió a hablar de ello.

Ahora camino por un bosque que tiene ese mismo silencio.

Los árboles se cierran de golpe. La luz desaparece. Oscuridad total .

Me detengo. Muerdo el interior de la mejilla. ¿Se ha desviado? ¿Ha apagado la linterna? ¿Me ha oído y está quieta en algún punto delante de mí, esperando en la negrura con la pala en la mano?

Cuento diez segundos.

Quince.

Veinte.

Cada instante es una hora. Cada crujido del bosque es Carol acercándose. Cada sombra es una silueta que me mira.

Entonces, a la derecha, entre los troncos, un parpadeo amarillo. La linterna. Carol ha girado.

Suelto el aire muy despacio.

Corrijo el rumbo y la sigo. Las manos me tiemblan, pero no es del frío.

Ella se detiene de pronto. Se queda inmóvil en mitad del sendero, con la linterna apuntando al suelo y la cabeza girada hacia atrás.

Hacia mí.