GREG
LA LÍNE A
Llevo ocho kilómetros caminando por el sendero que discurre paralelo a la carretera, lejos del asfalto y de los faros que, de vez en cuando, rasgan la noche como cuchilladas de luz.
Ocho kilómetros con la capucha puesta, las manos hundidas en los bolsillos y el aliento condensándose delante de mi cara en pequeñas nubes que el viento se lleva antes de que pueda verlas desaparecer.
Debería estar helado. El termómetro del móvil marcaba cinco bajo cero cuando salí del aparcamiento del Pine Lodge. Llevo abrigo de invierno, sí, pero no es suficiente para una caminata nocturna por un bosque canadiense a esta temperatura.
Sin embargo, algo me mantiene caliente. Algo que corre por dentro como un cable eléctrico conectado a un generador que no controlo. Adrenalina, supongo. O locura. A estas alturas de la noche, no creo que haya mucha diferencia.
El viento ruge sobre mi cabeza como un caudal invisible corriendo por el lecho del cielo. A veces oigo un chapoteo cerca del camino, quizá agua bajo una capa de hielo fino.
Pienso en el email de Sara mientras camino. En Linda, borracha en el rellano la noche antes del quirófano, con el rímel corrido, el pelo pegado a la cara y una confesión atragantada entre el vino y el llanto.
Pienso en Sara guardando silencio porque creyó que me estaba protegiendo. En todo lo que podría haber sido distinto si alguien hubiera descolgado un puto teléfono.
Es curioso que ahora, esta noche, aquel oscuro momento de mi vida —punto de inflexión, catástrofe, origen de la caída, elige tu etiqueta favorita— parece haber ocurrido en otra reencarnación.
Chicago está lejos. Linda es historia. Ray está muerto.
El juzgado, los flashes, los titulares…, todo eso pertenece a otro Greg Abbot.
Uno con traje arrugado, barba de tres días y una expresión que los periódicos llamaron fría porque la gente confunde el shock con la falta de alma.
Y yo estoy aquí, de madrugada, en un bosque de la Columbia Británica, acercándome al pueblo donde vive la mujer con quien prácticamente convivo y que envenenó a mi perro.
Sorbo y me enjugo una lágrima con el dorso del guante. No hay tiempo para eso ahora. Una cosa a la vez. Me lo quito de la cabeza y sigo avanzando.
Shelter Creek aparece entre los árboles como un puñado de luces dispersas en la oscuridad.
Desde esta distancia, el pueblo parece lo que es: un lugar remoto donde (casi) nunca pasa nada.
Donde la gente cierra las puertas a las nueve, apaga las luces a las diez y duerme el sueño limpio de los que no tienen secretos.
Excepto que sí los tienen. Todo el mundo los tiene. Darlene tiene los suyos. Ida Fenton tiene los suyos. Lyle tenía los suyos y se los llevó a la tumba. Y Carol… por supuesto, ella también tiene secretos, escondidos en algún lugar de este bosque por el que camino.
Me desvío del sendero principal y tomo la ruta que bordea el pueblo por el norte, entre los pinos. Conozco este camino; lo he recorrido con Burbon decenas de veces, cuando pasear por el bosque era un placer y no una misión de reconocimiento.
Sin su compañía, el bosque suena distinto: más vacío, más grande.
Los ruidos que antes quedaban sepultados bajo sus carreras y sus ladridos ahora llegan nítidos.
Una rama que cruje. El goteo de nieve derretida en algún lugar por encima de mi cabeza.
Algo que se mueve entre la maleza a mi izquierda.
Un animal, probablemente. Un zorro. O un mapache. O mi imaginación.
La ausencia de Burbon camina a mi lado con una fidelidad insoportable.
Por fin llego a la linde del bosque que da a nuestras dos casas. La mía está a oscuras. La de Carol tiene la ventana del salón encendida. Desde aquí, parece acogedora. Una postal de invierno. Una mujer sola leyendo junto a la ventana mientras fuera hace frío.
Me instalo detrás de un grupo de abetos jóvenes, lo bastante densos para ocultarme y lo suficientemente separados para tener visión directa. El suelo está cubierto de nieve y ramas de pino. Me agacho, apoyo la espalda contra un tronco y espero.
De pronto me acuerdo de algo: ¡El mensaje!
Me quito el guante de la mano derecha y saco el teléfono del bolsillo. La pantalla me ciega un segundo. Bajo el brillo al mínimo y abro la conversación con Carol.
Mis dedos están torpes por el frío. O por lo otro. Escribo:
Ya en el hotel. Menuda cena de bienvenida eterna, con barra libre y tipos aburridos hablando de prótesis de rodilla hasta las tantas. Entre el viaje y esto, me muero de sueño. Buenas noches. Bss.
Lo releo antes de enviar. Suena despreocupado, normal. Algo que escribiría un novio cansado desde un hotel de Seattle, después de un día largo y una cena aburrida. No algo que escribiría un hombre agazapado detrás de un árbol a treinta metros de la ventana de la destinataria del mensaje.
Lo envío.
Menos de un minuto después, la pantalla se ilumina. El pecho me da un vuelco absurdo, como si el teléfono pudiera delatarme. Tapo la luz con la mano.
Descansa, cariño. Te echo de menos. La casa está muy vacía sin ti. Mañana hablamos. Bss.
Miro la ventana con el pulso acelerado. Vale, estás despierta.
El mensaje me hiere de una forma ridícula. No es justo que una posible asesina escriba como una mujer enamorada. Debería existir un protocolo, un manual de estilo para el criminal emocionalmente peligroso.
Apago la pantalla y guardo el teléfono. La oscuridad vuelve a cerrarse a mi alrededor como un puño.
Ahora solo queda esperar.
No sabría decir cuánto tiempo pasa. Media hora, una hora tal vez. El frío empieza a hacer su trabajo. La adrenalina se retira un poco. Los dedos de las manos se me entumecen dentro de los bolsillos.
El bosque permanece en silencio. No, eso no es verdad.
El bosque nunca está en silencio. Es lo primero que aprendes cuando te quedas quieto el tiempo suficiente: el silencio no existe.
Solo espera a que tú dejes de hacer ruido para enseñarte todo lo que vive dentro.
Hay capas. La primera es el viento, que silba entre las copas de los pinos con un sonido grave y constante, como un órgano tocado por alguien que solo conoce una nota.
La segunda son las ramas: crujen, se rozan, se quejan.
La tercera son los animales invisibles: algo que escarba, algo que corre, algo que se detiene a escuchar igual que yo .
La ventana de Carol sigue encendida. La cortina está echada, pero de vez en cuando veo una sombra que se mueve detrás de la tela: Carol levantándose del sofá, caminando hacia la cocina, volviendo.
Los gestos de una mujer que no puede dormir.
La duda me asalta cuando el frío empieza a ganar la batalla.
¿Y si me equivoco?
¿Y si Carol es solo una mujer traumatizada que sale a caminar de noche porque no puede dormir?
Hay quienes lo hacen. Hay quienes necesitan moverse cuando la mente no descansa, quienes salen a la calle a las tres de la mañana porque las paredes se estrechan y el techo desciende, y la única forma de respirar es poner un pie delante del otro.
¿Y si el peluche es solo un recuerdo de su hijo? ¿Y si las benzodiacepinas del armario son para ella, para las noches en que la ansiedad le muerde los huesos, y Burbon fue envenenado por otra persona?
¿Y si Beaulieu se equivocó?
¿Y si estoy aquí, helándome detrás de un árbol, espiando a una mujer inocente porque mi mente paranoica ha conectado puntos que no existen?
Sería maravilloso, un alivio inmenso. Me levantaría, regresaría al motel, dormiría ocho horas y mañana volvería a Shelter Creek. Le diría a Carol que el congreso se ha suspendido y que la echaba de menos. Cenaríamos juntos. Haríamos el amor. Y todo seguiría como antes.
Sí, sería maravilloso.
Pero entonces me viene el recuerdo de aquella tarde en la clínica, cuando Lyle murió en mis brazos.
Ella miente.
Lo dijo con los ojos clavados en los míos y la mano aferrándome la muñeca con fuerza .
Lyle conocía a Carol. Vivía en este pueblo desde hacía décadas. Veía cosas. Y, en su último aliento, eligió advertirme.
A la una y cuarenta y dos, la luz del salón de Carol se apaga y la casa queda sumida en la oscuridad.
Yo espero. Los minutos se arrastran: cinco, diez, quince.
Empiezo a pensar que Carol se ha ido a dormir, que esta noche no saldrá.
Que he caminado ocho kilómetros, esperado dos horas, y que volveré al motel con las manos vacías, las rodillas destrozadas y la sensación de ser el idiota más grande del hemisferio norte.
Pero entonces, en el porche de Carol, parpadea una luz.
Oscila, se acerca a la puerta y desciende las escaleras.
Es una linterna. Carol sale del porche sin hacer ruido.
Lleva botas de montaña, un abrigo oscuro y una mochila al hombro.
En una mano sostiene la linterna. En la otra, apoyado contra el hombro derecho, lleva algo que al principio me parece una X grande.
¿Una cruz? Pero luego el ángulo cambia y veo que es un pico y una pala.
Me quedo inmóvil.
Empiezo a tiritar de pies a cabeza. La piel se me eriza. Una sensación visceral y primitiva me recorre el abdomen. La boca se me seca por completo, sin una gota de saliva. Y aun así, debajo del miedo, persiste esa euforia demencial.
Sacudo la cabeza, tratando de encontrar una explicación a lo que veo, pero no hallo motivos. Las ideas que se me ocurren parecen carentes de sentido en medio del ulular del viento y bajo el manto de estrellas centelleantes.
Un pico y una pala a la una y cuarenta y dos de la madrugada. Con mochila. Dirigiéndose al bosque.
¿Podría…?
No.
No hay forma elegante de terminar esa frase .
La linterna proyecta un cono de luz que rebota en la nieve y en las paredes de la casa. Carol cruza el jardín con seguridad. Ya ha hecho esto antes, muchas veces. Conoce el camino de memoria: la diagonal del jardín y el hueco entre los dos pinos grandes que marcan la entrada al sendero.
Entra en el bosque y los árboles la tragan.
Me quedo quieto y cuento hasta treinta mientras me debato sobre qué hacer a continuación.
En realidad, lo que espero es una señal.
Tal vez el graznido de un cuervo, la aparición de un caballo blanco o un SMS de Dios: «¿Quieres saber de qué va todo esto, Greg?
Sigue a esa mujer para más información».
Me levanto. La espalda protesta después de casi dos horas apoyada contra el tronco. Las rodillas crujen. Los pies son dos bloques de hielo dentro de las botas.
El corazón me late en la garganta, en las sienes, en las muñecas. Todo el frío de las últimas dos horas desaparece de golpe, sustituido por esa corriente eléctrica que me ha traído hasta aquí y que ahora me empuja hacia delante con una fuerza que no puedo ni quiero detener.
¿Realmente voy a cruzar esa línea? ¿De verdad voy a seguir a mi amante por el bosque en mitad de la noche?
Ya lo creo.