Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) CAROL
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CAROL

EL ÚLTIMO CAJÓN

Nada más poner un pie en la habitación, mis ojos van directamente a la cama.

Es pequeña, cubierta con una colcha de estrellas azules.

A un lado, la mesilla de noche con la lámpara en forma de cohete espacial.

Y en el suelo, una alfombra redonda con un mapamundi que Noah usaba para señalar los países que quería visitar de mayor.

Australia está marcada con un círculo de rotulador rojo.

Japón con otro. Y Canadá, donde ya vivía, tiene una carita sonriente.

La luz apagada del día llena la estancia en un azul tenue e irreal, como de acuario. No enciendo la lámpara; la penumbra me permite estar aquí sin que el dolor sea absoluto.

Doy otro paso. El suelo cruje bajo mi pie.

Huele a cerrado y a polvo. Y, debajo de todo, un aroma dulce que reconozco al instante: el champú de Noah, con matices de fresa.

Se lo ponía en el pelo cada noche mientras él inventaba canciones en la bañera.

Después de cinco años, la almohada aún lo conserva.

Aunque seguramente sea una trampa de mi imaginación.

Cinco años de polvo se han acumulado sobre cada superficie. Paso el dedo por la mesilla, dejando una línea limpia en la madera .

La cama está hecha. La hice yo misma después de aquella noche. Después de lo ocurrido, vine aquí, estiré la sábana, alisé la colcha, y mullí y coloqué la almohada. Como si hacer la cama pudiera deshacer lo que había pasado.

Luego cerré la puerta y no volví a abrirla hasta ahora.

En la mesilla hay un libro. El conejito andarín . Está abierto por la última página que le leí. El marcapáginas es un dibujo suyo: un conejo con orejas enormes y un solo ojo. Monsieur Lapin, dibujado con rotulador sobre un trozo de cartulina recortada con tijeras de punta redonda.

No me atrevo a tocarlo.

«Mami, ¿me lees el del conejo que se escapó de casa y su mamá lo encontró?»

Junto a la cama hay un par de calcetines con estampado de dinosaurios. Noah se los quitaba siempre antes de dormir porque le daban calor en los pies. Todas las noches la misma negociación:

—Noah, ponte los calcetines.

—No quiero, mami. Me pican.

—No te pican. Te dan calor.

—Pues por eso.

Los recojo. Son diminutos en mis manos. Pesan menos que nada.

Los dejo sobre la cama, al lado de la almohada.

Debajo de la cama hay una caja de plástico transparente. La saco, arrastrándola por el parqué. Dentro encuentro coches de juguete, un dinosaurio verde al que le falta una pata, unas canicas y un walkie-talkie que nunca funcionó del todo. Los tesoros de un niño de seis años.

—Mami, ¿los dinosaurios tenían frío?

—No lo sé, cariño. Creo que sí.

—Entonces necesitaban calcetines .

Devuelvo la caja a su sitio. Mis manos no tiemblan. Mis ojos no lloran. Estoy aquí, de pie, respirando el aire que mi hijo respiró hace cinco años, y no lloro. No porque no quiera, sino porque si empiezo, no podré parar. Y necesito hacer lo que he venido a hacer.

El armario de Noah es pequeño. Tiene pegatinas de estrellas en la puerta, algunas ya medio despegadas por el tiempo.

Lo abro.

Encuentro ropa doblada que nadie volverá a usar. Camisetas con dibujos de animales. Un jersey de lana con un reno bordado que le regaló la abuela de Montreal y que Noah odiaba porque picaba. Una caja de zapatos con cromos de hockey; los coleccionaba sin entender las reglas.

Voy directamente al cajón inferior. Debajo de una manta de lana azul, hay una pistola.

La compré tres días después de que Richard se fuera.

La pagué en efectivo a un tipo en un aparcamiento de Williams Lake que no me pidió el nombre ni me miró a los ojos.

Richard se había ido a Nueva York, pero seguía llamando.

Solo quería asegurarse. Pero el mensaje era claro: la distancia no significaba seguridad.

No podía conciliar el sueño; cada crujido de la casa era Richard volviendo. Cada sombra en la ventana era Richard mirando. Así que compré el arma para poder cerrar los ojos por las noches.

Y luego la escondí aquí, en el último cajón del armario de Noah. Debajo de su manta favorita. Porque sabía que este era el único lugar de la casa al que yo no vendría a buscarla.

Si la hubiera dejado en mi mesilla de noche, o en el cajón de la cocina, o debajo del cojín del sofá, probablemente yo ya no estaría aquí.

Hay noches en las que la distancia entre mi dormitorio y esta habitación es lo único que me ha mantenido con vida.

El esfuerzo de levantarme, caminar por el pasillo, abrir la puerta y enfrentarme a los calcetines de dinosaurios, al olor a champú de fresa y al cuento de Noah.

La pistola pesa en mi mano más de lo que recordaba. O quizá soy yo la que pesa menos.

La guardo en el bolsillo del abrigo, salgo de la habitación y cierro la puerta.