GREG #3
Burbon encontró el peluche el día que se escapó. Siguió el sendero de la izquierda y llegó hasta aquí. Desenterró a Monsieur Lapin y lo llevó a casa. Después encontró las flores que Carol le había llevado a su hijo. Las ofrendas de una madre.
—Por eso recuperaste el conejo del contenedor —digo.
Carol no contesta.
—Lo lavaste y lo guardaste en el armario del baño porque era el mejor recuerdo de tu hijo —digo—. Y hoy has vuelto aquí para devolverlo a su sitio.
Baja la cabeza, sin atreverse a mirarme.
—Era lo único que me quedaba de él. El conejo debe estar con mi hijo. Ese es su lugar.
De pronto caigo en la cuenta. Siento el veneno de la traición.
—Por eso te acercaste a mí.
Levanta la cabeza.
—¿Qué?
—Para mantenerme vigilado.
—No.
—Sí, Carol. Me preparaste comida. Te hiciste la vecina atenta. Te convertiste en una mujer encantadora en todos los sentidos posibles, de la noche a la mañana. Entraste en mi casa. En mi vida. En mi cama. Y yo pensando que era por amor.
—Lo era. Greg, déjame explicarlo.
Mis dientes se cierran contra la lengua. Un sabor metálico me llena la boca.
—Yo era el dueño del perro que había encontrado el cadáver de tu hijo.
—No lo digas así.
—¿Cómo quieres que lo diga?
—Eso cambió.
Una risa me sale por la nariz. No tiene nada de graciosa .
—¿Antes o después de acostarte conmigo?
La pistola sube otra vez. No me importa.
—Solo querías controlarme —digo—. A mí y a mi perro. Atarme en corto. Saber qué había visto Burbon. Qué había visto yo. Cuándo salíamos. Por dónde caminábamos. Qué podía traer de vuelta. Asegurarte de que no viniera aquí otra vez.
—Eso no es verdad.
—Burbon encontró el conejo. Luego las flores. ¿Qué iba a encontrar después? ¿Una costilla? ¿Una mano?
Carol palidece.
—Para, por favor.
—Desde el principio pensaste en matarlo.
—¡No! —El arma se agita en su mano—. Al principio sí tenía miedo, de acuerdo. Me acerqué porque estaba aterrada. Necesitaba saber qué había visto Burbon, qué habías visto tú, qué podías encontrar. Lo reconozco. —Su respiración se acelera—. Pero luego te conocí.
—Qué suerte la mía.
—No seas cruel.
—¿Cruel? —La palabra me revienta en la boca—. Mi perro murió en el suelo de mi puta cocina.
—¡Y me pasé la noche siguiente vomitando! —Se golpea el esternón con la mano libre, dos veces, fuerte—. ¿Crees que hay una parte de mí que no lo sabe? Llevo la cuenta de lo que destruyo, Greg.
Se le van las manos y el cañón dibuja un arco temblón antes de volver a encontrarme.
—Me enamoré de ti, Greg.
Eso duele más que si hubiera disparado.
—Te juro que lo que pasó entre nosotros fue real —añade—. No lo planeé. No lo quería. Pero sucedió. Y eso lo hizo todo mil veces más difícil.
La miro. Quiero creerle. Con cada célula de mi cuerpo, quiero creer que no todo fue una estrategia. Que alguna noche, cuando apoyaba la frente en mi pecho, no estaba calculando.
—Y aun así lo mataste.
Carol traga saliva.
—Burbon iba a volver aquí .
—Eso no lo sabes.
—Sí lo sé. Ya lo había hecho dos veces. Habría seguido el olor y habría sacado más huesos. Una mano, una costilla, cualquier cosa. Y tú habrías llamado a la policía.
—Por supuesto que habría llamado.
—Mi vida se habría acabado.
Me quedo mirándola.
—Tu vida.
—Sí.
Miro la pistola.
—Y ahora tienes que matarme a mí.
No responde. El silencio es respuesta suficiente.
—Vamos a comisaría —digo—. Juntos. Les contamos todo. Lo de Richard. Los maltratos. Lo de Noah. Mi hermana es abogada. Puede ayudarnos. Tiene contactos. Podemos demostrar que Richard…
Carol niega con la cabeza antes de que termine.
—No lo entiendes. No hay salida.
—Carol…
—No pienso pasar el resto de mi vida en una celda mientras Richard vive en un ático de Manhattan con vistas a Central Park.
No seré la loca asesina de Shelter Creek.
La gente no pronunciará el nombre de mi hijo como si fuera una noticia vieja.
No permitiré que lo saquen de aquí en una bolsa y lo conviertan en expediente.
El viento le mueve un mechón de pelo contra la mejilla. Se lo aparta con el dorso de la mano que sostiene el arma. El gesto es torpe, casi infantil.
—Estoy cansada, Greg. —Le tiembla todo menos el cañón—. Ya no tengo nada más que decir.
Me muestra una expresión de súplica y arrepentimiento tan profunda que me llega al pecho y lo aplasta como una cáscara de huevo .
Mueve el pulgar para amartillar el arma, que emite un pequeño clic. El sonido me sube por la columna como hielo.
—Acabará por saberse —digo, y mi voz suena firme aunque por dentro todo tiembla—.
Incluso si me matas, alguien acabará encontrándome.
A mí y a Noah. Vendrá otro vecino, tal vez con otro perro.
O con un niño jugando donde no debe. ¿Y qué harás?
¿Follártelo también? ¿Matar a su perro? ¿Al niño? No podrás taparlo todo para siempre.
Carol asiente.
—Lo sé.
No baja el arma.
—Lo siento mucho, Greg. De verdad. Ojalá hubiera conocido primero al hombre del perro.
No entiendo la frase hasta que veo cómo gira la muñeca.
La pistola deja de apuntarme.
Durante medio segundo, mi cuerpo celebra la noticia.
Medio segundo.
Después el cañón sube hacia la parte inferior de su mandíbula, apuntando hacia arriba.
Cierra los ojos.
—¡No!
Me lanzo hacia ella.