Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG
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GREG

TIERRA DE NADI E

The Pine Lodge. Suena a retiro de montaña con chimenea y jacuzzi, pero la realidad es un edificio alargado de una sola planta.

Tiene diez puertas idénticas pintadas de verde oscuro, un aparcamiento de grava, máquinas de hielo y un letrero de neón que parpadea la palabra VACANTES como si tuviera hipo.

El tipo de sitio donde la gente para a dormir cuando ya no quiere seguir conduciendo y donde uno prefiere no mirar la colcha con luz ultravioleta.

Aun así, es perfecto. Perfecto en el sentido más deprimente.

Nadie de Shelter Creek vendrá aquí a buscarme.

Carol cree que voy camino de Seattle. Darlene cree que estoy en una conferencia de traumatología deportiva.

Gladys imaginará que estoy en un hotel elegante, con desayuno bufé y servilletas de tela.

Me registro en recepción. Es un mostrador de madera con el barniz desconchado, un timbre oxidado y un jarrón de flores de plástico.

La mujer que me atiende lleva el pelo recogido en un moño, una sudadera de la universidad de Calgary y unas ojeras que sugieren que lleva despierta desde las cuatro de la mañana, por lo menos.

—¿Nombre?

—David Hartfield.

El nombre me sale solo. David, como el marido de Sara. Hartfield, como el nombre de su bufete. Mi cerebro ha montado una identidad falsa con los materiales que tenía a mano, como un niño construyendo un fuerte con los cojines del sofá.

La mujer no levanta la vista.

—¿Cuántas noches?

—Una.

No llegaré a dormir aquí, pero es lo mínimo.

Pago en efectivo. Ella cuenta los billetes, me da una llave con un llavero de plástico verde y no pide documento de identidad.

La habitación es exactamente lo que espero: cama doble con una colcha de flores que ha visto tiempos mejores (y quizá peores), una mesita de noche con un cajón que no abre del todo, un cuadro de caballos compitiendo en una carrera colgado con un clavo torcido, y un televisor de tubo.

Es sintomático: cada vez que huyo, el espacio se encoge. De un ático en la avenida Míchigan a una casa rural en la Columbia Británica, a una habitación de motel. A este ritmo, el próximo refugio será el maletero de mi propio coche.

Son las seis y veintidós de la mañana. Tengo todo el día por delante.

Me doy una ducha. El agua tarda en salir caliente y, cuando por fin lo hace, cambia de temperatura cada treinta segundos de una manera hostil. Me apoyo con las dos manos en los azulejos y dejo que me golpee la nuca. Intento no pensar.

Fracaso .

Pienso en Carol.

En su cara cuando le hablé de Seattle.

En el temblor de su mentón.

Te quiero, Greg.

Yo también te quiero.

La única verdad en medio de una cadena de mentiras.

Apago el agua y salgo. Intento leer un rato, pero las palabras me bailan y releo el mismo párrafo una y otra vez.

Luego me siento a navegar por internet, sin rumbo fijo.

Noticias que no me importan. Artículos que no retengo.

La previsión meteorológica de Seattle, ciudad a la que no iré.

Una web de traumatología que cierro tras tres líneas, porque la palabra «hombro» me arrastra a un quirófano de Chicago al que no quiero ir ahora.

Me tumbo en la moqueta y hago unas flexiones y ejercicios de yoga.

Estiramientos de espalda y hombros. El cuerpo se mueve, pero la cabeza no se calla.

Me rindo. Me echo en la cama boca arriba, descalzo, con las manos en la nuca y los ojos clavados en los caballos del cuadro. Parecen galopar hacia ningún sitio, encerrados para siempre en un cuadro torcido. Una metáfora de mi vida que, aunque no necesito, se me presenta igualmente.

Trato de dormir, diciéndome que me esperan varias horas hasta el momento de actuar.

Pero mi cerebro se niega a desconectarse.

Repaso la secuencia una vez más. Las horas cuadran. La ruta cuadra. Lo único que no cuadra es la posibilidad de que esté equivocado y de que lo que encuentre esta noche sea exactamente nada.

Pero no voy a encontrar nada, ¿verdad? Voy a encontrar algo. El problema es que no sé qué, y no estoy seguro de querer saberlo.

El tiempo pasa con la lentitud viscosa de un reloj al que le han puesto miel en los engranajes. A ratos duermo. A ratos miro el techo. A ratos pienso.

Como tantas veces, mi mente empieza a desgranar recuerdos, como quien hojea un viejo álbum de fotos. Paso una o dos horas revisando mentalmente páginas de historias viejas, y aunque por un lado me corroe la nostalgia, por otro consigo no pensar en lo que voy a hacer.

Como siempre en estos casos, las sorpresas son bienvenidas.

Estoy tranquilo, inmerso en mis pensamientos, mirando al techo, y de pronto me viene un recuerdo de hace tanto tiempo, de cuando era libre y tenía el pelo largo y jugaba a baloncesto y recorría con mi grupo de amigos de la universidad todos los bares de la calle hasta encontrar una chica.

Así fue como conocí a Linda. Yo la vi primero, pero ella fue la que se acercó a hablar; siempre he sido pésimo para dar el primer paso.

Y ella, demasiado lanzada. La gente cree que los cirujanos somos seguros, decididos, arrogantes.

Y lo somos. Con un bisturí en la mano. Frente a una mujer que te gusta, la mayoría somos como cualquier adolescente.

Linda me dijo que parecía un jugador de baloncesto que se había perdido buscando la biblioteca. Yo le dije que era exactamente eso.

La universidad, qué tiempos. Segundo año.

Linda y yo nos escapamos para ir a ver a Bon Jovi en el United Center.

No teníamos entradas ni dinero. Lo que sí teníamos era un coche con medio depósito de gasolina, dos cervezas robadas de la nevera comunitaria y la certeza absoluta de que nada malo podía pasarnos.

Acabamos sentados en el capó, en el aparcamiento del estadio, escuchando el concierto a través de las paredes.

La música llegaba amortiguada, como si alguien la hubiera envuelto en algodón.

Linda dijo que se oía mejor así, que las canciones buenas mejoran cuando las escuchas desde lejos, porque tu imaginación completa lo que falta.

Yo le dije que eso era la mayor chorrada que había oído en mi vida.

Ella se rio. Nos besamos. Su boca sabía a cerveza barata y a viento frío de noviembre.

Esa noche decidí que me casaría con ella. No se lo dije, claro. Uno no dice esas cosas a los veinte años. Pero me hice esa promesa. Y la cumplí. Fue el peor error de mi vida, o el mejor, dependiendo de cómo se miren las cosas.

Del Livin’ on a prayer a este cuadro de caballos. De Linda a Carol. De la certeza de que nada malo podía pasarme a la sospecha de que ya me ha pasado todo.

Me siento totalmente desconectado del mundo, de mi entorno habitual y hasta de mi trabajo.

El Pine Lodge bien podría estar en cualquier parte.

Es una especie de tierra de nadie con televisión por cable.

De vez en cuando cruza por mi mente un pensamiento tétrico: ahora que Burbon se ha ido, estoy completamente solo.

Hago inventario: ¿cuántas personas llamarían a la policía si desapareciera de repente? Sara, después de dos emails sin respuesta. Darlene, supongo, después de tres días sin ir al trabajo. Y Carol, por razones que ya no quiero analizar.

Tres personas.

Si sigo autocompadeciéndome, acabaré colgándome del ventilador del techo, así que repaso el plan una vez más.

Lo examino desde todos los ángulos, buscando posibles fallos y puntos débiles, pero siempre vuelvo a la misma imagen: la cara de Carol mientras le explicaba mi viaje falso a Seattle, mintiéndole como un cobarde, tal vez rompiéndole el corazón.

Y aquí surge la pregunta que no debería hacerme: ¿por qué me preocupan más sus sentimientos que lo que sospecho que hizo?

Ella envenenó a mi perro, maldita sea. ¿No debería odiarla, desearle todo el mal, e incluso querer hacerle daño ?

La respuesta correcta es sí. La verdadera es no.

Me doy cuenta de que, al repasar los detalles del plan, camino por el filo de la razón.

Cuando oscurece, pido comida por teléfono. Doy el número de la habitación y pago al repartidor en efectivo, por si acaso.

¿Por si acaso qué, Greg? ¿Por si la CIA revisa los movimientos de tu tarjeta porque un traumatólogo deprimido ha pedido una hamburguesa en un motel de carretera?

¿En qué momento me convertí en este tipo?

Ahora consumo una saciante y poco nutritiva hamburguesa de franquicia, con extra de carne, queso y pepinillos. Es exactamente lo que mi cuerpo me pide: carbohidratos, grasa y sal.

Engullo sin saborear, sentado a la mesa de la habitación, junto a la ventana que da al aparcamiento.

Ya ha oscurecido del todo. Los faros de los coches que entran y salen parecen dedos fantasmales que palpan las sombras en la noche.

No son muchos. The Pine Lodge no es exactamente un destino turístico.

Observo a los que llegan mientras me llevo una patata frita a la boca.

Un hombre con una maleta que camina con la prisa de quien no quiere ser visto.

Una pareja con suerte que se ríe demasiado alto para las once de la noche.

Un camionero que aparca un tráiler y desaparece en la habitación número siete sin mirar atrás.

Me pregunto si alguno de ellos tiene un plan tan absurdo como el mío.

Probablemente no. Probablemente están aquí por razones mundanas: un viaje largo, una cana al aire, una noche que no querían pasar en casa.

Ninguno de ellos está aquí porque la mujer de la que se ha enamorado envenenó a su perro con benzodiacepinas y esconde un peluche debajo del lavabo.

Tal vez vea a algún conocido. En el fondo, casi lo deseo. Me haría preguntas: «¿Y Carol? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo estás? Me he enterado de lo de tu perro». Quizá las preguntas traerían complicaciones. Tal vez son complicaciones lo que deseo en el fondo.

Una escapatoria.

Una excusa para no hacer lo que voy a hacer.

Enciendo el televisor. Publicidad para tarados, realities y una reposición de Cómo conocí a vuestra madre mil veces vista.

El personaje de Barney Stinson, interpretado por Neil Patrick Harris, sigue haciéndome gracia.

« Suit up! » Sonrío. El acto reflejo dura medio segundo y se apaga solo, como un mechero al que se le acaba el gas.

Apago la tele y compruebo el reloj: las diez y cuatro.

¿Estoy listo?

No lo sé. Pero sé que si no lo hago esta noche, no lo haré nunca. Mañana encontraré una excusa. Pasado encontraré otra. La cobardía tiene un repertorio inagotable de justificaciones.

Abro el email en el móvil por inercia. Spam. Publicidad del Colegio Médico. Y un email nuevo de Sara.

Lo leo hasta tres veces. Joder, no necesitaba saber eso justo ahora.

Luego me pongo el abrigo, los guantes, cojo las llaves del coche y apago la luz.

Salgo a hacer lo que tenía decidido. Quizás desde el momento en que Beaulieu me comunicó los resultados de la necropsia; o desde que encontré a Burbon agonizando en el suelo de la cocina; o tal vez desde que descubrí el peluche del bosque —limpio, sin manchas de sangre (porque sí, ahora estoy casi seguro de que era sangre)— en el armario del lavabo de Carol.

O quizá desde antes.

Ahora vuelvo a sentir esa frialdad, aún más intensamente, pero debajo hay un rescoldo de ansia, o de venganza, o de ira. No importa.

Fuera sopla un viento que hace zumbar los cables de la electricidad. Las nubes desfilan en lo alto a gran velocidad, tapando y destapando la luna como un párpado enorme. Alguien supersticioso habría captado la señal.

Yo lo fui en su día, pero ya no creo en señales.

Dejo el Tesla en el aparcamiento y avanzo por el camino paralelo a la carretera en dirección a Shelter Creek. Cada cierto tiempo, dos faros iluminan la carretera vacía y pasan de largo, sin reparar en la sombra que avanza entre los árboles.

Soy un traumatólogo de cuarenta y cinco años con una identidad falsa en un motel barato y una teoría que podría destruir la única cosa parecida al amor que he encontrado desde Chicago.

Excelente momento vital.

El bosque me espera al final de la recta, negro, denso e inmóvil.

Como una boca que no quiere abrirse.