Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) CAROL
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CAROL

MAL MENOR

El sonido de la puerta de un coche me despierta. O quizás ha sido el silencio posterior. El dormitorio está a oscuras. El reloj de la mesilla marca las cinco y cuarenta y uno.

Me incorporo y me acerco a la ventana. Aparto la cortina lo justo.

El Tesla de Greg sale de su parcela. Los faros dibujan dos columnas de luz sobre la nieve mientras el vehículo se desliza como un animal silencioso. Gira hacia la carretera, pasa por delante de mi ventana sin detenerse y desaparece tras la curva que sale del pueblo.

Me quedo mirando la curva un momento, como si esperara que diera la vuelta y volviera. No lo hace. La carretera está vacía y Shelter Creek sigue dormido.

Greg se ha ido.

Estará tres días fuera.

Suelto la cortina y me siento en el borde de la cama con las manos en el regazo.

Mi casa siempre está en silencio, pero esta mañana tiene un matiz distinto, una ausencia palpable.

Mientras Greg estaba al otro lado del jardín, siempre existía la posibilidad de que llamara a la puerta con una excusa tonta para pasar el día.

Ahora esa posibilidad se ha ido a Seattle .

Y yo estoy sola con mis remordimientos por lo que hice.

Voy a la cocina, me sirvo un vaso de agua y lo bebo de pie, con la espalda contra la encimera y los pies descalzos sobre las frías baldosas.

Maté al perro de Greg mientras él estaba en el trabajo.

Acaricié la cabeza de Burbon y le dije «buen chico» antes de colmar su cuenco de carne picada mezclada con una buena dosis de benzodiacepinas machacadas.

Luego salí de la casa, me limpié las lágrimas y esperé a que pasara lo que tenía que pasar.

Cuando apago la luz, todavía puedo ver esos ojos castaños que no conocen la traición.

Es lo más difícil que he hecho en mi vida.

Más que aquello . Aquello, en comparación, no me costó nada. Fue una decisión meditada y planeada fríamente durante semanas. Cuando llegó el momento, solo tuve que seguir los pasos. Un, dos, tres. Hecho.

Lo del perro fue distinto. Me rompió de verdad. Porque Burbon no tenía la culpa de nada. Maldita sea, me lamió la mano antes de que yo lo matara. Era solo un perro precioso que no sabía que el mundo tiene lugares donde no debería meter el hocico.

Pero lo metió.

Primero trajo a Monsieur Lapin. Noah no se despegaba de aquel conejo gris: lo llevaba al colegio, al supermercado, a la bañera y dormía abrazado a él.

Tenía una oreja medio descosida y un ojo de botón que una tarde de lluvia le cosí con hilo verde porque no encontré gris.

Noah dijo que así le gustaba más; que ahora Monsieur Lapin tenía un ojo mágico.

Cuando Burbon apareció con el peluche en la boca, se me paró el corazón. El mundo se detuvo un segundo y luego volvió a girar, pero torcido, como un disco que salta una ranura.

Greg lo tiró al contenedor sin darle importancia. Para él era basura, claro. Pero para mí era un problema del que debía encargarme. Ese perro había encontrado el peluche en el único lugar del mundo donde nadie debería haber buscado. Y solo era cuestión de tiempo que encontrara más cosas.

Después vinieron las flores. El perro las trajo atadas con una cinta de raso. Cada vez que el animal salía al bosque, escarbaba o volvía con algo entre los dientes, yo dejaba de respirar.

Si Burbon hubiera seguido escarbando, habría traído a casa lo demás. Y entonces Greg habría hecho preguntas a las que yo no habría podido responder sin que mi castillo de naipes se viniera abajo.

Tuve que actuar. Y tuve que hacerlo rápido.

Ya no recordaba lo que era ponerse guapa para un hombre, mirarlo de soslayo para atraer su atención, reírme de sus bromas algo más de lo necesario para que se sintiera a gusto.

Al principio, todo fue premeditado y fingido; lo último que buscaba era una relación con otro hombre, y menos si se trataba de mi vecino.

Ya había tenido bastante con el pesado de Lyle —que Dios lo tenga en su gloria—.

Pero reconozco que, con el paso de los días, fingir dejó de ser necesario.

Hubo momentos buenos, como el de la carrera por la nieve en la que acabamos uno encima del otro.

¿Por qué corrí tras él? Supongo que me apetecía.

Fue toda una sorpresa comprobar que ese hombre me atraía de verdad.

Y al mismo tiempo, un castigo, pues sabía que el fin de todo aquello era acercarme a él lo suficiente para tener la oportunidad de deshacerme del perro.

¿Qué otra opción tenía?

No estaba en mis planes enamorarme de Greg ni encariñarme con su perro. Eso lo hacía todo mil veces más difícil.

Pero debía ser fuerte y acabar lo que había empezado. No tenía alternativa .

Vi que había llegado el momento cuando Greg me dio una copia de sus llaves. Sin él saberlo, me estaba despejando el camino a su casa, sus efectos personales… y Burbon.

Muerto el perro, se acabó la rabia. O, en este caso, la posibilidad de ser descubierta.

Desde que lo hice, cada segundo con Greg ha sido una tortura.

Consolarlo sabiendo que yo era la causa.

Llorar con él mientras cargaba con el perro envuelto en una manta.

Prepararle la cena, servirle vino, masajearle el cuello con las mismas manos que habían envenenado a su perro.

«Vamos a estar bien», le dije, aunque por dentro me consumía la certeza de que nada estaba bien y yo era la razón.

¿Soy un monstruo?

Cuando Greg me abrazó, quise morirme. No es una frase hecha. Quise morirme de verdad. Que la nieve me tragara y no tener que seguir fingiendo que el dolor que veía en sus ojos no era obra mía.

Pero morir sería un lujo que la gente como yo no se puede permitir. La gente como yo sigue adelante.

¿Qué otra opción tenía?

La historia se repite. Esa frase ya la he pronunciado antes, hace cinco años, en esta misma casa, mirando las mismas paredes. Con la misma certeza helada de que no había otro camino.

Y aquello no terminó bien.

Hago la cama. Estiro la sábana, aliso las arrugas, coloco la almohada. Son gestos mecánicos que mi cuerpo ejecuta en automático. Mientras mis manos trabajan, mi memoria retrocede algunos años.

Richard se había traído a casa documentos del bufete.

Contratos, creo. Algo que tenía que revisar antes de una reunión al día siguiente.

Los extendió sobre la mesa del comedor, ocupando toda la superficie con sus carpetas, sus folios y sus post-its de colores.

La misma mesa donde cenábamos cada noche.

Sugerí que cenáramos en la cocina para que no tuviera que recoger sus cosas. Me miró como a un perro que se estaba orinando en el felpudo.

—Cenamos aquí. Se come con cuidado y punto.

Noah tenía seis años. Los niños de esa edad no comen con cuidado. Derraman líquidos, manchan, mueven los brazos cuando hablan y ponen los codos donde no deben. Es lo que hacen.

El vaso de leche cayó despacio, como a cámara lenta.

Lo vi inclinarse, el borde tocar el folio y el líquido blanco extenderse sin prisa sobre los documentos.

Noah se quedó petrificado, con la mano todavía en el aire, mirando la leche empapar los papeles de su padre. Palideció en el acto. Pobrecito mío.

—¡Joder!

La silla chirrió contra el suelo cuando Richard se levantó de golpe. Con un movimiento rápido, apartó los documentos del charco de leche y los sostuvo en el aire, goteando, mientras la mancha blanca se extendía por la mesa.

Se quedó de pie con los ojos inyectados en sangre y clavados en Noah, que seguía inmóvil en su silla.

Su expresión era un libro abierto: sabía que había cometido un grave e irreparable error.

Temblaba esperando lo que venía; ya había visto a su padre pegarme a mí las veces suficientes como para reconocer las señales.

La bofetada fue rápida. La dio con la mano abierta y del revés, como quien aparta una mosca.

Todavía puedo oír el sonido seco. Lo conocía bien: el mismo aplauso con una sola mano que me había propinado a mí decenas de veces. Pero esta vez, la víctima era mi hijo .

Me dan ganas de vomitar.

Noah se golpeó la barbilla contra el borde de la mesa al caer de la silla. El labio inferior se le abrió contra los dientes, y pronto su barbilla y su camiseta estaban bañadas de rojo.

—¡Eres un inútil! —le gritó Richard, como si la bofetada hubiera abierto una compuerta de odio—. ¡Un maldito inútil, igual que tu madre! No sirves ni para sentarte a una mesa sin destrozarlo todo.

Me lancé al suelo y cogí a mi hijo en brazos. Noah lloraba, pero no con el llanto escandaloso de un niño que se ha hecho daño jugando. Lo hacía en silencio, con la boca abierta y los ojos cerrados, el cuerpo temblando contra el mío, como un animal pequeño que no entiende lo sucedido.

—Shhh. Estoy aquí. Mami está aquí.

Le limpié la sangre con la manga de mi camiseta y lo apreté contra mi pecho. Él me agarró del cuello con ambas manos, con esa fuerza desesperada que tienen los niños cuando el mundo se vuelve demasiado grande, peligroso y confuso.

Richard nos miró desde lo alto, con la mano aún abierta. Luego miró los documentos arruinados. Cogió las carpetas, las sacudió con cuidado y se fue al dormitorio sin decir una palabra.

Regresó al cabo de un minuto. No se disculpó, ni preguntó si Noah estaba bien. Solo se sentó en el sofá y encendió el televisor.

En ese momento, tirada en el suelo con mi hijo sangrando contra mi pecho, tomé la decisión.

Entro en el baño para hacer mis cosas y lavarme los dientes. Mientras el cepillo va y viene, mecánico, mi cabeza vuelve allí. A la leche derramada. A los papeles mojados. Al sonido de la bofetada, que todavía oigo en las noches malas como un eco que no se apaga.

Enjuago. Escupo. Me paso el hilo dental sin pensar en lo que hago, porque mis ojos están aquí, pero el resto de mí está sentado en el suelo del comedor, limpiando sangre de la barbilla de un niño de seis años con la manga de una camiseta.

Me lavo la cara. El agua fría me pica en los párpados.

Richard me pegó dos veces más después de aquello.

Una por preguntarle de dónde venía. Otra en el pasillo, sin motivo.

Las dos veces me quedé quieta, con los ojos abiertos y la mandíbula apretada, absorbiendo los golpes como un saco de boxeo.

Porque cada bofetada que me daba era un día menos para que llegara el momento.

Y entonces, Noah y yo ya no tendríamos que preocuparnos nunca más.

Lo planifiqué minuciosamente. No recuerdo con exactitud cuánto tiempo transcurrió entre la agresión a Noah y la noche de la sopa, porque esos días se confunden en mi memoria como las páginas de un libro mojado.

Lo que sí recuerdo es la calma. Extraña, impropia, como la que precede a las tormentas o a las decisiones sin retorno.

Como técnica de laboratorio, conozco fármacos y dosis. Sé que las benzodiacepinas en cantidad suficiente provocan depresión respiratoria, coma y muerte. Lo aprendí en el hospital de Vancouver, hace una eternidad, cuando mis manos analizaban muestras de sangre y no trituraban pastillas.

En ese tiempo, Richard no sospechó nada. Yo me aseguré de ello. Le preparaba la cena cada noche, le planchaba las camisas y le servía el café por las mañanas. Le daba las buenas noches cada vez que se metía en la cama e incluso le hacía el amor cuando estaba de humor.

Cuando me pegaba o me insultaba, contaba hasta diez.

Sucedió en la cocina, la misma donde Greg y yo hemos cenado, nos hemos besado y hemos bailado descalzos al ritmo de Springsteen. La misma encimera donde corté las verduras para la sopa de Greg. La misma tabla de madera. El mismo cuchillo.

Resulta irónico. Y macabro.

Todavía miro hacia ese rincón y es como si lo viera en directo.

Noah está sentado a la mesa con Monsieur Lapin en el regazo.

Sostiene un rotulador verde en una mano y un trozo de papel en la otra.

Está dibujando algo que parece un barco o una casa, aunque lo más probable es que acabe siendo un dinosaurio.

Con los niños de seis años nunca sabes, a menos que preguntes.

Richard está al otro lado de la mesa, leyendo las noticias en la tablet. No ha levantado la vista desde que se ha sentado. Podría haber una orquesta sinfónica tocando en la cocina y él no la oiría.

Yo estoy frente a la vitrocerámica, de espaldas a los dos, preparando la sopa de pollo. A Richard le encanta mi sopa de pollo. Dice que es lo único que hago bien. Noah la odia. Prefiere los macarrones con tomate, que es lo que tiene delante.

Sirvo la sopa en dos cuencos. El de Richard, bien colmado.

—Mami.

—Dime, cariño.

—¿Puedo llevarme a Monsieur Lapin al cole mañana?

—Claro.

—La profesora dice que no puede sentarse en la silla porque no es un alumno. Pero Monsieur Lapin sabe más que Dylan, y a Dylan le dejan sentarse.

—A lo mejor puedes dejarlo en tu mochila.

—Pero se asfixia si lo meto en la mochila.

—Los conejos de peluche no se asfixian, Noah.

—Monsieur Lapin sí. Él me lo ha dicho.

Mientras mi hijo habla, me aseguro de que Richard sigue absorto en sus cosas y saco las pastillas del bolsillo del delantal.

Diez, para que sea rápido y no haya dudas.

Las pongo en la tabla de cortar, cojo el cuchillo de la carne y las aplasto con el filo, rápido, con un gesto que he ensayado mentalmente tantas veces que mis manos lo ejecutan solas.

Se desintegran con un crujido seco. Como pisar una galleta.

—Mami.

—¿Sí?

—¿Monsieur Lapin puede comer macarrones?

—No, cariño. Se mancharía de salsa de tomate.

Se queda pensando un instante. Luego dice:

—¿Y sopa?

Barro el polvo blanco con el filo del cuchillo y lo vierto en el cuenco de Richard. Remuevo con la cuchara y el polvo se diluye en el caldo.

—Los conejos no comen sopa, hijo. Cómete los macarrones.

—¿Y si le pongo un poquito en la boca? Solo para probar.

—Mejor que no, cielo.

Llevo los cuencos a la mesa. El de Richard a su sitio. El mío, a su lado. Noah tiene sus macarrones. Monsieur Lapin descansa en su regazo, con su ojo mágico mirando al techo. Todo está dispuesto.

Richard no levanta la vista de la tablet.

—Huele bien —dice.

Salgo del baño. La luz de la mañana, gris y tímida, entra por la ventana del fondo, iluminando apenas las paredes del pasillo, el suelo de madera…

… y la puerta.

Camino hacia ella. Cada paso es un latido.

No he entrado en esta habitación desde aquella noche.

Cinco años. Mil ochocientas veinticinco noches sin abrir esta puerta.

Mil ochocientas veinticinco mañanas pasando por delante, con la mano rozando el pomo sin llegar a tocarlo, como quien palpa una herida para comprobar si todavía duele .

Siempre duele.

Levanto la mano. Mis dedos se cierran alrededor del pomo. El metal está frío.

Mi mano tiembla.

Giro y la puerta se abre.

Entro.