GREG
COARTADA
—¿Que te vas adónde?
Carol se detiene a mitad del sendero. Una rama baja le roza el hombro y ella la aparta sin mirarla. No desvía los ojos de mí, atónita.
Está atardeciendo. El bosque se tiñe de esa luz gris azulada. Ayer, cuando llamó a mi puerta, no abrí. Carol no insistió. Por primera vez desde que nos acostamos, el día terminó sin que nos viéramos: ni una cena, ni un beso, ni un mensaje.
Hoy, al volver del trabajo, he sido yo quien ha llamado a su puerta. Le he propuesto salir a caminar, aprovechando que ha dejado de nevar. Ha aceptado, aunque a regañadientes. Es evidente que el desplante de ayer le molestó.
Durante todo el paseo se ha mostrado callada, distante, respondiendo con monosílabos a mis comentarios sobre el tiempo, la clínica y el estado del sendero.
Pero esto la ha hecho reaccionar.
—A Seattle —repito—. Tres días. Congreso de traumatología deportiva. El NWOTC de cada año. Llevo meses apuntado y, con todo lo que ha pasado, se me había ido de la cabeza. Me llegó el recordatorio al email esta mañana.
Me oigo hablar con un desparpajo insólito, y admito que una parte de mí se excita. Me siento como el tipo inteligente y embaucador de esas películas de abogados en las que todo el mundo sabe que es culpable y, aun así, no puede evitar pensar: «Qué listo es el cabrón».
Nunca se me ha dado bien mentir y no he preparado la conversación, pero ahora brota de mi boca todo un rosario de mentiras plausibles, medias verdades e inspiradas justificaciones.
—¿Cuándo? —pregunta Carol.
—Mañana por la mañana. Salgo temprano. Hay unas diez horas de carretera y quiero llegar para la sesión de apertura. Es a las seis de la tarde.
—¿Diez horas?
—Si no nieva. Once o doce si nieva como la semana pasada o hay retenciones en la frontera.
Carol retoma la marcha. Camina a mi lado, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y la mirada al frente. No parece convencida.
—¿Y cuánto dura?
—Tres días. Vuelvo el miércoles por la noche. O el jueves a primera hora, si estoy muy cansado para conducir de noche.
—¿Dónde te alojas?
—En el Sheraton Grand Seattle —respondo demasiado deprisa.
Anótalo, Greg: la próxima vez que inventes una coartada, no contestes como un concursante de televisión.
Me recompongo—. Es donde alojan siempre a los ponentes.
Habitación minúscula, wifi terrible y un desayuno bufé con una bollería que deja mucho que desear.
Pero está al lado del centro de convenciones.
Carol me mira de reojo. Me siento como si tuviera fiebre.
Los árboles están más densos de lo que recordaba.
O quizá nunca había mirado el bosque como si escondiera algo.
Ahora cada tronco parece colocado para ocultar otro.
Las ramas se mueven con el viento y dejan entrever el interior del bosque como si alguien corriera una cortina un segundo y luego volviera a cerrarla.
—Se le echa de menos, ¿verdad? —dice Carol de pronto, mirando el sendero vacío delante de nosotros.
No necesito preguntar a quién se refiere, pero lo hago igualmente.
—¿A quién?
—A Burbon. El paseo sin él no es lo mismo.
Asiento y trago saliva. Es la primera vez que caminamos por el bosque sin él.
El sendero es el mismo. Pero el espacio que ocupaba él —ese radio de energía absurda que desplegaba a su alrededor como un campo magnético— no existe.
Miro hacia abajo esperando ver un rabo cobrizo moviéndose entre los helechos secos.
No hay nada. Solo nieve, silencio y las huellas de nuestras cuatro botas.
—No —digo—. No es lo mismo.
Caminamos unos metros en silencio. Carol se pega un poco más a mí, como buscando calor, o contacto, o las dos cosas. Le rozo el brazo con el mío. Es un gesto automático que mi cuerpo ejecuta antes de que mi cabeza pueda intervenir.
Traidor.
Sara dijo que Noah no aparece en ninguna base de datos desde hace cinco años. Ni escolar, ni médica, ni migratoria. Un niño fantasma. Un nombre sin cuerpo.
—Greg.
—¿Sí?
—¿Y si voy contigo?
Me detengo. La miro.
—¿A Seattle?
—No tengo nada urgente que hacer aquí. —Se encoge de hombros, pero el gesto no es casual—.
Nunca he estado en Seattle. Podríamos ir a Pike Place Market, pasear por el puerto, comer algo en uno de esos sitios de marisco de Pioneer Square.
O subir a la Space Needle. —Hace una pausa, y su voz adquiere un matiz picante y peligroso—.
Reservar una buena habitación de hotel. Con vistas al puerto, si puede ser.
Despertarnos sin que huela a leña ni a nieve.
Tres días lejos de todo esto. —Me mira—. ¿Qué me dices?
Carol no está proponiendo unas vacaciones, sino una huida. Tres días sin Shelter Creek, sin la casa vacía, sin el bosque, sin las cortinas cerradas.
Y una parte de mí quiere decir que sí. Esa es la parte más aterradora.
Richard y Carol no se divorciaron; Sara lo confirmó. Siguen casados legalmente. Un acuerdo privado, notariado en Vancouver, sin pasar por un juzgado de familia. Sin custodia. Sin juez. Sin tener que explicar dónde está Noah.
—Me encantaría —digo. Carol parpadea—. Y me enternece que quieras acompañarme, de verdad.
La veo recibir esa palabra y comprendo que la estoy conmoviendo. Siento un poco de vergüenza por esta farsa desleal. Aun así, continúo sin titubear.
—Pero voy a estar en ponencias todo el día.
De nueve a seis, sin parar. Y por las noches hay cenas de networking con colegas del sector.
Ya sabes cómo son estas cosas: tipos con corbata hablando de meniscos, ligamentos cruzados y lesiones de hombro hasta las tantas. Un coñazo. Pero tengo que estar allí.
—No me importa esperar. Puedo pasear por la ciudad mientras tú trabajas. Y por las noches…
—Carol. —Me obligo a sonreír—. Te morirías de aburrimiento. Tres días sola en una ciudad desconocida mientras yo estoy encerrado en un centro de convenciones no es un plan. Es una tortura.
—No me asusta estar sola .
—Lo sé. —Demasiado—. Pero no quiero llevarte a Seattle para dejarte sola en un hotel.
—¿Y la clínica?
—Darlene se ocupará —digo sobre la marcha, y me quedo perplejo ante mis propios reflejos—. Creo que me ha encontrado un sustituto para estos días. Se hará cargo.
Mentira sobre mentira.
No dice nada. El viento mueve las ramas de un abeto y deja caer un puñado de nieve que se deshace en el aire antes de tocar el suelo.
—Cuando vuelva podremos hacer algo juntos —añado—. Una escapada de fin de semana, quizá. Solo nosotros. O simplemente cenar algo rico sin hablar de cosas tristes.
Carol asiente despacio.
—Claro —dice—. Suena bien.
Pero su mirada tiene algo nuevo. No es la de alguien que descubre una mentira.
Es algo peor: la mirada de quien siente que el suelo se mueve bajo sus pies y no puede hacer nada para evitarlo.
Miedo. El miedo de una mujer que lleva cinco años sola y que ha encontrado a alguien que le hace sentir que quizá no tiene que estarlo, y que ahora ve cómo ese alguien se aleja tres días sin llevarla consigo.
Retomamos la marcha. El bosque se cierra sobre el sendero. Los pinos forman un techo oscuro que filtra la luz gris del cielo y la convierte en algo submarino.
Carol me toma de la mano. Sus dedos están fríos, como los míos. Caminamos así, en silencio, con las manos entrelazadas.
El peluche del baño vuelve a mi cabeza. Lavado. Perfumado. Guardado en una bolsa de plástico entre lejía y esponjas. Un conejo gris con una oreja descosida que debería estar en Nueva York con un niño que no existe en ningún registro.
¿Dónde demonios estás, Noah?
—Greg .
La voz de Carol ahuyenta mis pensamientos, que desde anoche vienen en bucle con cada vez más fuerza.
—¿Sí?
—¿Qué me escondes?
La frase me atrapa desprevenido.
Mi cuerpo reacciona antes que mi cara. Un pequeño tirón en la mano. Un cambio en la respiración. Una contracción de la mandíbula.
Mal asunto.
Carol lo nota. Por supuesto que lo nota.
—¿Esconder? —La miro frunciendo el ceño lo más que puedo—. No seas boba.
Excelente, Greg. Defensa de hombre inocente número uno: sonar como un imbécil paternalista.
Ella no sonríe.
—Ayer no me abriste.
—Estaba dormido.
—Vi la luz en tu dormitorio.
—Entonces estaba fingiendo estar dormido.
—Eso no tiene gracia.
—No pretendía tenerla.
Se detiene otra vez. El sendero se extiende ante nosotros, blanco, estrecho, cada vez más oscuro.
—Prométeme que volverás.
Como si me fuera a alguna parte. Ella me imagina a siete horas de aquí, en una habitación de hotel con vistas al puerto. No sabe que mañana por la noche, cuando crea que estoy cenando langosta con desconocidos, yo estaré mucho más cerca de lo que le gustaría.
—Claro que volveré, tonta.
—Prométemelo.
—Te lo prometo, Carol .
Aprieta mi mano. Le tiembla el mentón. Yo la abrazo. La abrazo fuerte, y me siento como un embustero.
—No, Carol —digo contra su pelo—. No llores.
Ella alza la cara. Los ojos están ribeteados en rojo, vidriosos. Hay una vulnerabilidad tan desnuda en su expresión que casi me enfada.
—Te quiero, Greg —dice.
Se hunde un poco más en mi abrazo y respira contra mi cuello. Me sobreviene un escalofrío.
—Yo también te quiero —respondo, y las palabras resuenan en mi mente como una campanada.
Me doy cuenta de que es la única verdad que he dicho en los últimos cinco minutos.
Y eso me aterra.