Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG
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GREG

SIN RASTRO

—He visto tu email —digo—. Tenía el teléfono muerto.

—Ya da igual. ¿Estás solo?

La pregunta me detiene un segundo.

—Sí.

—Bien. Siéntate.

No lo hago.

—Te escucho.

Sara inspira hondo. Conozco ese ritual: es la respiración que hace antes de iniciar un alegato en el juzgado, cuando tiene los datos organizados en la cabeza y necesita un segundo para elegir por dónde empezar. La abogada toma el control. Mi hermana desaparece un poco. Entra Hartfield desde ahí abajo es imposible que me vea.

Aun así, durante un segundo tengo la sensación de que sus ojos encuentran los míos a través de la cortina, como si supiera exactamente dónde estoy.

Se da la vuelta y camina hacia su casa.

Cuando desaparece tras su puerta, suelto el aire. Me duele el pecho.

—¿Era ella? —pregunta Sara—. ¿Caroline Tremblay?

—Sigue —digo, esquivando el interrogatorio.

Mientras hablo, mi mente vuela hacia los dos platos que Carol habrá puesto en la mesa de su cocina.

El segundo, vacío, esperándome. Una silla apartada.

El vino abierto. La radio a bajo volumen.

Quizá una vela. Todo preparado para una vida normal que, por alguna razón, se ha vuelto más inquietante que cualquier amenaza explícita.

Sara quiere insistir, lo percibo en su respiración. Pero me conoce. Sabe que presionarme ahora significaría que yo cuelgue.

—De acuerdo — dice al fin—. Hay otra cosa.

—Adelante.

—El otro día me llamó un periodista del Tribune . Me preguntó por ti.

La frase me revuelve el estómago.

—¿Por mí?

—Por tu caso. Me preguntó si creía que mi hermano era capaz de matar a alguien a propósito.

La mandíbula se me contrae.

—Le dije que no —continúa—. Le dije que mi hermano jamás haría algo así y le colgué.

La cocina desaparece por un segundo.

Veo flashes. Micrófonos. El edificio del juzgado. Ray en titulares. Linda con gafas oscuras.

—Gracias por defenderme —digo.

Ella se toma su tiempo antes de soltarme la bomba.

—¿Le dije la verdad, Greg?

No entiendo la pregunta al principio.

—¿Qué?

—Tú no harías eso, ¿no?

El golpe es preciso, sutil, un dardo en el esternón.

—Sara.

—Necesito preguntártelo.

—¿Después de todo?

—Precisamente después de todo.

Es peor que una acusación, mucho peor. Mi hermana no me está señalando con el dedo.

Me está pidiendo que le confirme que no se equivocó al defenderme.

Que su fe en mí no fue una fantasía de hermana.

Que los meses que pasó en el juzgado, arriesgando su reputación profesional y su carrera, no fueron en vano.

—¿Es lo que parece? —digo, y mi voz suena como la de un extraño—. ¿Mi hermana mayor y abogada también duda de mí ?

—Greg…

—¿También tú, Sara?

—No estoy dudando de ti. Te estoy haciendo una pregunta.

—¿Qué diferencia hay? Joder…

—Necesito que me lo digas.

—Ya lo dije en el juzgado.

—No te lo estoy preguntando como abogada.

—Ah, claro. Eso lo mejora todo.

—Greg.

Su voz se quiebra un poco. Sara casi nunca deja que se le rompa la voz; es una de sus supersticiones profesionales.

—Te prometo que no te juzgaré. Y jamás saldrá de aquí. ¿Mataste a Ray Mercer?

Las palabras quedan suspendidas entre Chicago y Shelter Creek, viajando por un cable de fibra óptica, o un satélite, o lo que sea que conecte dos malditos teléfonos a cinco mil kilómetros de distancia.

—No —digo—. No maté a Ray.

Es la verdad y no lo es. Es la versión de la verdad que cabe en una frase y que no destruye a la persona que la escucha.

Sara no habla. Ese silencio me da más miedo que cualquier pregunta.

—Entonces —dice al fin—, ¿de qué estás huyendo?