Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG #2
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GREG #2

Hay un silencio. Sara está procesando. Puedo oír el engranaje: la hermana evaluando el tono, la abogada midiendo las palabras.

—Vale —dice, bajando un tono—. ¿Qué necesitas?

Ahí está. Sara sabe que no llamo para charlar, y que no la llamaría a menos que necesite algo. Eso debería avergonzarme, pero ahora mismo no tengo espacio para la vergüenza.

—Necesito que busques información sobre un caso. Un divorcio.

—¿Un divorcio ?

—Richard Copeland y Caroline Tremblay. Canadienses. Él es abogado, ahora en Nueva York.

No dice nada. Es posible que esté anotando los nombres.

Momento de tensar la cuerda.

—Tenían un niño —añado.

—¿Un niño, dices?

—Noah Copeland. Unos cinco años cuando se fueron. Ahora debería tener diez u once, más o menos. Según lo que me han contado, vive con su padre. Búscalo también.

Un nuevo silencio, esta vez más largo.

—Greg.

—Dime.

—¿Estás metido en algo?

Buena pregunta. Mala respuesta:

—Estoy intentando ayudar a alguien.

No es del todo cierto, pero la verdad sería demasiado larga y Sara no podría procesarla. Al menos, no ahora.

—Eso no responde a mi pregunta —dice.

—Es la única respuesta que tengo.

La oigo respirar. Conozco ese zumbido ahogado. Sabe que insistir conmigo es como empujar una pared.

—¿Puedes decirme al menos por qué?

—No.

—¿No puedes o no quieres?

—Las dos cosas.

—Greg, no puedo ponerme a buscar información legal sobre personas sin un motivo.

—El motivo es que te lo pide tu hermano. —Me paso una mano por la cara—. Necesito tu ayuda, Sara. Por favor.

El «por favor» la detiene. Greg Abbot nunca suplica, ni dice por favor. Ni siquiera cuando tenía doce años y quería una bicicleta nueva .

—Voy a ver qué puedo encontrar —dice al fin, tras un suspiro—. Pero esto me lo vas a explicar.

—Cuando pueda.

—Greg.

—Qué.

Pausa.

—Ten cuidado. La última vez que metiste las narices en algo, acabaste en un juzgado acusado de asesinato.

La frase me queda clavada en el pecho como una aguja.

—Lo tendré.

—Llámame si necesitas algo. A cualquier hora. ¿Me oyes?

—Claro.

—Te quiero. Dale un achuchón a Burbon de mi parte y de parte de Emma.

La garganta se me cierra. Cierro los ojos y aprieto el teléfono. Me esfuerzo para que la voz no tiemble.

—Sí —digo finalmente—. Está bien.

Segunda mentira deliberada.

Cuelgo.

Esa noche ceno en casa de Carol.

Es lo que hacen las parejas normales: cenar juntas, hablar del día, preguntarse cómo están, acariciarse la mano por encima de la mesa.

Es lo habitual. Lo que se espera. Lo que Carol espera de mí, y lo que yo voy a darle.

La alternativa sería mostrar mis cartas, y todavía no tengo suficientes cartas que mostrar.

Carol ha preparado salmón al horno, un plato sencillo con guarnición de boniato y cebolla. Huele bien. Hace tres días, habría hecho un comentario idiota sobre lo humillante que resulta que ella cocine así mientras yo sigo siendo un peligro público con una sartén .

Hoy, digo:

—Huele bien.

—Es fácil.

Nada es fácil.

Cenamos en su cocina, con la radio encendida a volumen bajo, como siempre. La vela del otro día sigue en el centro de la mesa, pero esta noche no hay llama; solo un cilindro de cera a medio consumir, con la mecha negra y torcida.

Hablamos del tiempo, de una gotera que Carol tiene en el tejado y que necesita arreglar antes de la próxima helada, de Gladys y su novio vegano. Conversaciones sobre cosas sin importancia. Es como patinar sobre hielo fino: mientras no te pares, no te hundes.

No hablamos de Burbon ni del bosque donde supuestamente lo he enterrado esta mañana.

Por supuesto, no le digo que esta mañana he buscado en internet a su exmarido y a su hijo.

Carol come poco.

Yo también.

Nos observamos por encima de los platos como dos personas jugando una partida de ajedrez en un tablero invisible.

Ella mueve una frase sobre el tejado. Yo respondo con una sobre el café de la consulta.

Ella avanza un peón sobre Gladys. Yo sacrifico una anécdota de Megan Holloway y su novio sin etiqueta.

Entre el pescado y el postre, se levanta para recoger los platos.

Después rodea la mesa y se coloca detrás de mí.

Sus manos se apoyan en mis hombros. Los pulgares empiezan a presionar los nudos que se han formado entre las cervicales y los trapecios.

Tiene las manos frías, como siempre, pero la presión es firme y precisa. Conoce el sitio exacto donde duele.

En cualquier otro momento, habría sido extremadamente placentero. Mi cuerpo, traidor, quiere relajarse. Mi cerebro le recomienda que no sea idiota.

—Estás hecho polvo —dice Carol.

—Ha sido un día largo.

Sus pulgares bajan por los lados del cuello y vuelven a subir despacio. Una descarga me recorre la nuca.

Pienso en la puerta cerrada de su pasillo.

En el armario de medicamentos.

En el conejo gris dentro de una bolsa.

En Beaulieu abriendo el cuerpo de Burbon.

—Vamos a estar bien, Greg —dice en voz baja, íntima, demasiado cerca de mi oído—. Los dos lo necesitamos.

Asiento. Pero no como quien está de acuerdo. Asiento como quien le da la razón a alguien cuyas palabras ya no puede creer. Es el mismo gesto que haces en la consulta cuando un paciente te dice que se encuentra bien y tú ya has visto la analítica.

Bajo la mesa, mi mano derecha aprieta el teléfono. La pantalla está apagada, pero dentro guardo la foto del conejo gris que se esconde debajo del lavabo de la mujer que me está masajeando el cuello.

Aprieto el móvil con tanta fuerza que temo romperlo.

Carol inclina un poco la cabeza. Su pelo roza mi mejilla.

—Vamos a estar bien —repite.

Sus dedos se detienen un instante sobre mi arteria carótida. Solo un segundo. La presión es mínima. Pero mi cuerpo entero se queda quieto.

Luego siguen masajeando como si nada.

Quizá estoy siendo paranoico.

Quizá no.