GREG
DOBLE JUEGO
Sigue siendo de noche cuando aparco frente a la clínica veterinaria. Una niebla baja se arrastra entre las farolas del pueblo, convirtiendo las luces en manchas amarillas, como si Shelter Creek estuviera desenfocado.
Noto que estoy agarrando el volante con todas mis fuerzas. Mis nudillos palidecen y los tendones del antebrazo se marcan bajo la piel. Llevo así desde que salí de casa, quizás desde antes.
Suelto el volante. Los dedos tardan un segundo en obedecer, como si tuvieran su propia opinión sobre lo que estoy a punto de hacer.
Saco a Burbon del maletero. La manta se ha endurecido durante la noche por el frío y por lo otro. Lo cargo en brazos y camino hasta la entrada de la clínica.
La puerta se abre antes de que toque el timbre. Beaulieu ya está allí. Soy el primer cliente del día.
—Doctor Abbot.
—Doc.
Beaulieu me mira. Luego mira el bulto en mis brazos. No dice nada. Me señala la mesa de exploración con la cabeza.
Le agradezco el silencio. Hay personas que, ante el dolor ajeno, sienten la obligación de ponerle palabras, como quien echa una lona a un incendio. Beaulieu no.
Dejo a Burbon sobre la superficie de acero inoxidable y retiro la manta. Ahí está mi perro, rígido, con los ojos abiertos y el pelaje sin brillo. Ahora parece el de un animal disecado.
—¿Así que quiere una necropsia? —dice Beaulieu, como si quisiera asegurarse de que, al oírlo en voz alta, no voy a cambiar de opinión.
Asiento.
—Una completa. Análisis toxicológico incluido.
Se frota la barbilla. Lleva unas gafas de montura redonda, de esas que se han puesto de moda últimamente y que hacen que todo el mundo parezca un influencer de Instagram o un filósofo alemán del siglo diecinueve, según cómo las mires.
En Beaulieu, con su bata verde y sus manos de ordeñar vacas, el efecto es como ponerle una pajarita a un oso pardo.
Pensar en eso carece de interés en este momento, pero la mente va donde va.
—¿Está seguro? —pregunta—. El análisis toxicológico completo hay que enviarlo a un laboratorio de Vancouver. No es barato.
—Me da igual. Estoy seguro.
—Y quizás no le diga lo que espera.
—No espero nada.
Mentira.
Lo miro fijamente a los ojos para que entienda que no se trata de dinero, ni de tiempo, ni de duelo mal gestionado. O sí, quizás también de eso. Pero no solo.
Al otro lado de la ventana, la niebla difumina el aire y los coches nadan a través de ella, aunque distan mucho de los ríos de lava que forman las luces traseras en el centro de Chicago.
—Puedo hacerle la necropsia básica aquí —dice Beaulieu—.
Abrir, revisar órganos, tomar muestras. Si hubo hemorragia, fallo hepático, daño renal, edema pulmonar, algo evidente, quizá lo vea.
Pero el panel de tóxicos lo lleva el laboratorio.
Y cuesta lo que cuesta. —Me mira con honestidad—.
Además, lo más probable es que confirme lo que ya le dije: envenenamiento por anticongelante. Es lo más común.
—Hágalo de todas formas.
Asiente. No insiste más. Es un hombre que sabe cuándo una conversación con un cliente no da más de sí.
—Tres o cuatro días para el laboratorio —dice—. La necropsia básica la tendré mañana.
—Gracias, doc.
Me giro hacia la puerta.
—Doctor Abbot.
Me detengo. No me vuelvo del todo.
—Siento su pérdida. De verdad.
Asiento y salgo antes de que la garganta se me cierre otra vez.
En casa, el silencio me rompe el alma. Me digo que tengo que mantenerme ocupado.
Es una técnica de supervivencia muy apreciada por quienes carecen de una estrategia mejor.
Hacer café, ordenar papeles, lavar platos, buscar cosas…
Lo que sea con tal de no quedarme quieto en medio de una habitación y permitir que la ausencia se siente enfrente.
Lo primero que se me ocurre es el principal asesino de tiempo, concentración y creatividad de nuestro tiempo: internet.
Me siento frente al portátil y lo abro. En un momento, me conecto y accedo a Google. Escribo: Richard.
Me quedo mirando el nombre .
Qué genio, Greg. Seguro que solo hay un Richard en Norteamérica.
¿Qué más? Demonios, ¿cómo dijo Darlene que se apellidaba? Lo tengo en la punta de la lengua, pero se niega a saltar.
Richard… Richard…
Cierro los ojos.
Estoy a punto de rendirme cuando la imagen que llega es absurda: un país lleno de policías. Copeland.
¡Copeland, eso es!
Escribo: Richard Copeland abogado Nueva York.
Los resultados aparecen al instante. Richard Copeland existe, vaya si existe. Y no es un don nadie.
La primera página de Google me ofrece un festín de información: Richard Copeland, socio de un bufete de litigios en Manhattan.
Richard Copeland, asesor legal del partido republicano en el distrito veintitrés del estado de Nueva York.
Richard Copeland, orador invitado en la Cena Anual de la Fundación por las Libertades Civiles.
Richard Copeland, donante destacado de la campaña de un senador cuyo nombre no me dice nada y cuyo peinado me dice demasiado.
Hay muchas fotografías, algo inevitable cuando se trata de un cargo público reconocido. Hago clic en la primera.
El ex de Carol es un hombre de cincuenta y tantos años, alto y con pelo canoso peinado hacia atrás.
Parece sacado de un anuncio de relojes caros.
Traje azul marino, corbata roja de seda y sonrisa de campaña.
Está estrechando la mano de alguien importante en lo que parece una gala benéfica.
Detrás, una pancarta con letras doradas que dice algo sobre construir un futuro mejor.
La ironía se explica sola. Este es el hombre que le rompió la muñeca a Carol. El que le marcó la ceja. El que convirtió su vida en un infierno.
Y el que aún la llama al móvil de madrugada.
Sigo buscando. Encuentro artículos sobre sus casos legales.
Una columna dedicada a él en una revista jurídica.
Una entrevista en un pódcast sobre derecho constitucional.
Una foto en una cena de Navidad con colegas del bufete, todos sonriendo con una dentadura que solo el dinero puede mantener tan blanca.
No hay mucho más que rascar en Copeland, al menos no en la superficie.
Paso a la siguiente pieza del puzle.
Noah.
Busco: Richard Copeland Noah Copeland.
Nada útil.
Richard Copeland hijo.
Nada.
Richard Copeland family.
Fotos de galas, de conferencias, de cenas, de campaña, de manos estrechadas, de sonrisas, de banderas, de copas de champán sostenidas por personas que se creen imprescindibles.
Noah no aparece.
En ninguna biografía de Richard, en ningún artículo, en ningún perfil, en ninguna foto de familia, hay referencia a un hijo.
No hay un «padre orgulloso».
Ningún niño rubio de ojos azules en instantáneas navideñas.
Ni rastro de menciones a colegios, equipos de hockey, partidos de fútbol infantil, premios escolares, campamentos, cumpleaños. Nada que sugiera que Richard Copeland tiene descendencia.
Me froto la barbilla. Darlene dijo que Richard se llevó a Noah hace cinco años. Que hizo las maletas, cogió al niño y se fue a Nueva York.
Es posible que un abogado con aspiraciones políticas mantenga a su hijo fuera del foco público. Claro que es posible. La gente rica protege su vida privada. No todo el mundo cuelga fotos de sus hijos en redes sociales. De hecho, muchas personas sensatas no lo hacen.
Cierro el portátil. Lo abro otra vez. Lo cierro.
Me pregunto si Carol habrá buscado mi nombre en internet. Supongo que sí. Cualquiera en mi lugar con medio cerebro y una conexión a internet habría hecho lo mismo. Yo lo habría hecho.
Y lo que encontró debió de ser interesante: un cirujano acusado de matar a un quarterback por tirarse a su mujer. Titulares, fotografías del juzgado, artículos de opinión. Todo mi desastre servido en bandeja digital.
Me levanto y voy a la cocina. Abro el armario donde guardo el whisky. Saco la botella y la contemplo. El ámbar se mueve despacio detrás del cristal, con una promesa sencilla: dame diez minutos y haré que todo esto pese un poco menos.
La devuelvo al armario. No es el camino.
Pero necesito hacer algo. Moverme. No puedo quedarme con los brazos cruzados, con el olor de Burbon todavía en el aire, o me volveré loco.
Busco el contacto de Sara en el teléfono. Lo miro durante diez segundos. Mis dedos flotan sobre la pantalla.
No hemos hablado desde que llegué a Shelter Creek.
Solo emails. Los emails son seguros. Puedes controlar lo que dices, editar, borrar la frase que suena demasiado desesperada y sustituirla por otra que suena simplemente cansada.
Puedes tardar dos horas en responder y fingir que estabas ocupado, no paralizado.
Puedes añadir un emoji para enfriar el tono, como si una carita sonriente fuera un chaleco antibalas emocional.
El teléfono no permite eso. El teléfono es en directo, y Sara es la persona que mejor me conoce en el mundo.
Además de mi hermana, es mi abogada. Peor combinación imposible.
Está entrenada para detectar mentiras y genéticamente predispuesta a detectar las mías.
Si le miento, lo sabrá por el tono de mi voz.
Pulso el botón de llamar y contengo la respiración.
Suena tres veces.
—¿Greg?
Doy un respingo. No oía la voz de mi hermana desde hacía meses. Me golpea más fuerte de lo que esperaba, como abrir la puerta de un armario y comprobar que da a un precipicio.
—Hola, Sara.
—Dios mío. ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?
—Estoy bien. No te preocupes.
No quiero contarle lo de Burbon. Si lo digo en voz alta, Sara se callará un segundo, luego hablará con esa ternura de hermana mayor que me atraviesa las costillas, me preguntará si estoy solo, querrá que Emma me grabe un audio diciendo algo adorable y yo terminaré en el suelo de la cocina, otra vez.
Paso.
—¿Seguro? —insiste—. Porque son las… —pausa, probablemente para mirar el reloj en la pantalla— las once de la mañana de un miércoles y mi hermano, que lleva meses comunicándose conmigo exclusivamente por correos electrónicos de dos líneas, acaba de llamarme por teléfono. Perdona si me alarmo un poco.
—Estoy bien, Sara. De verdad.