GREG
DIAGNÓSTICO DIFERENCIA L
Me siento sobre mis talones, con la mente nublada.
Durante unos segundos, el baño de Carol se inclina y las imágenes a mi alrededor empiezan a ladearse.
Al darme cuenta de lo que me ocurre, me giro, bajo la cabeza entre las rodillas y me oprimo las encías con las uñas del pulgar y del índice hasta hacerlas sangrar.
Al cabo de un momento, el entorno vuelve a despejarse.
Me quedo mirando el maldito peluche hasta que los ojos me escuecen. Todo a mi alrededor está en silencio e inmóvil. Sigo mirando. El conejo me devuelve la mirada con su ojo de botón.
¿Qué demonios?
—¿Greg? —La voz de Carol, al otro lado—. ¿Va todo bien?
Está manipulando el pomo. Reacciono como si me hubieran pillado robando. ¿He echado el pestillo? Sí, por eso ella sigue fuera y yo dentro.
Saco el móvil del bolsillo. La mano me tiembla frenéticamente. Cámara. Enfocar. El conejo sobre la tapa del inodoro, dentro de la bolsa abierta. Clic . Rezo para que Carol no haya oído el disparador.
Abro el grifo para amortiguar cualquier sonido y guardo el teléfono.
Meto el conejo en la bolsa. Cierro el plástico como puedo.
La bolsa cruje. Mi respiración se acelera.
Coloco el peluche de nuevo detrás del cubo, entre la lejía y las esponjas, en el mismo ángulo aproximado. Por último, cierro el armario.
Me levanto y cierro el grifo. Me miro en el espejo. Respiro hondo y hago un esfuerzo por aparentar normalidad. La cara que me devuelve el cristal no ayuda: ojos inyectados, piel pálida y hasta un hilo de sangre en la encía que me limpio con la lengua.
Abro la puerta.
Carol está en el pasillo. Me mira con lo que antes me parecía preocupación genuina; ahora, bajo la luz mortecina del pasillo —y después de haber encontrado eso —, no sé cómo interpretarlo.
—El vino —improviso. Mi voz suena ronca. Bien. Eso ayuda—. Creo que me ha sentado mal. He bebido demasiado con el estómago vacío.
—¿Quieres que te prepare algo? ¿Una infusión?
—No. Gracias. —Trago saliva—. Creo que necesito irme a casa y dormir.
—Puedes quedarte aquí, Greg. Hay sitio de sobra.
Hay algo en esa invitación que me eriza el vello de la nuca. Ayer la habría aceptado sin pensarlo. Ahora no puedo.
—Necesito estar en mi casa esta noche —digo—. Es… no sé explicarlo. Solo quiero estar solo con el cuerpo de mi perro.
Es la verdad. Y también es la excusa perfecta. Ella asiente despacio, con esa forma que tiene de aceptar las cosas en silencio. Son muchos años perfeccionando el arte de no insistir.
Burbon sigue en el salón, donde lo dejamos. ¿Dónde, si no? Me agacho y lo cojo en brazos, con la manta siempre cubriéndole. Los treinta kilos pesan más que antes, si es que eso es posible. Carol me abre la puerta. El frío de fuera me golpea la cara.
—Greg.
Me detengo en el porche. Me doy la vuelta .
Carol me abraza por encima del cuerpo de Burbon. Rodea mis hombros con los brazos y aprieta la cara contra mi cuello. Es un abrazo largo, cálido, que en cualquier otro momento me habría desarmado por completo.
Pero me quedo rígido. No me aparto, porque apartarme sería delatarme. Pero mi cuerpo ya no cede. Mis hombros no bajan. Algo ha cambiado entre el momento en que entré en el baño de Carol y el momento en que salí, y ese algo se llama un conejo gris de peluche con una oreja descosida.
Creo que ella también lo nota. Es imposible no hacerlo.
Se separa apenas. Sus ojos buscan los míos.
—Descansa —dice.
—Tú también.
Cruzo el jardín con mi perro muerto en brazos y la mandíbula tan apretada que me crujen los dientes.
La casa me recibe con su silencio habitual, pero esta noche el silencio tiene un peso distinto. Antes era la ausencia de ruido; ahora es la ausencia de todo.
El cuenco de Burbon sigue en el suelo de la cocina. La correa cuelga del pomo de la puerta. Sus huellas de barro cruzan el pasillo, formando un rastro que va de la puerta a la cocina y de la cocina al salón. Un mapa de los últimos pasos de un animal que ya no está.
No limpio nada. Ni siquiera puedo pensarlo.
Dejo el cuerpo de Burbon en la parte de atrás de la casa, envuelto en la manta y sobre la nieve para mantenerlo frío hasta que decida lo que quiero hacer con él.
Luego vuelvo dentro, me sirvo un vaso de agua —acabaría con gusto la botella de whisky, pero hoy quiero estar lúcido— y me siento a la mesa de la cocina.
Entonces hago lo que mejor sé hacer cuando algo no encaja: diagnosticar.
De acuerdo, paso a paso. Aún cabe la posibilidad de una explicación inocente que justifique la presencia del peluche en casa de Carol. No soy el tipo más creativo del mundo; tengo la costumbre de ver las cosas de forma lineal .
Veamos. Síntoma uno: Burbon trajo un peluche del bosque, un conejo gris, sucio y embarrado. Fue el día que se perdió durante el paseo. Yo apenas le di importancia y lo tiré al contenedor.
¿Cómo reaccionó Carol? Intento recordarlo.
Ella estaba allí cuando Burbon apareció con el peluche en la boca.
¿Se estremeció? ¿Dijo algo? ¿Palideció? ¿Apartó la mirada?
No consigo recordarlo con certeza. Los recuerdos de ese día están contaminados por lo que sé ahora.
El cerebro hace eso: reescribe el pasado para que encaje con el presente.
Síntoma dos: El peluche no estaba en el contenedor a la mañana siguiente. Yo asumí que el camión de la basura se lo había llevado. No le di importancia. ¿Por qué iba a dársela? Era un peluche viejo que un perro había sacado del bosque. Basura.
Ahora sé que no fue el camión. El camión no pasaba ese día. Carol lo recuperó. Fue al contenedor, sacó un peluche embarrado que yo había tirado y se lo llevó a su casa.
¿Por qué?
La respuesta más sencilla: era de Noah. El peluche pertenecía a su hijo. Carol lo reconoció, y cuando yo lo tiré sin darle importancia, ella fue a rescatarlo porque para ella no era basura. Era lo único que le quedaba de su niño.
Puedo entender eso. Cualquiera puede. Una madre a la que le arrebatan a su hijo se aferra a lo que sea. Un peluche, una camiseta, un par de zapatos que ya no le sirven a nadie.
Pero entonces… ¿por qué no me lo pidió sin más? Cuando Burbon apareció con el conejo en la boca, Carol estaba allí. Podría haberme dicho: «Greg, ese peluche es de mi hijo. ¿Me lo das?» Yo se lo habría dado sin hacer preguntas.
Pero no me lo pidió. Esperó a que yo lo tirara. Y luego fue a buscarlo al contenedor como una indigente rebuscando entre los desperdicios de otra persona.
¿Por qué ?
Respuesta evidente: porque no quería que yo supiera que el peluche era importante.
Bien. Eso todavía no es siniestro. Triste, raro, pero no siniestro.
Y además: ¿cómo llegó ese peluche a lo más profundo del bosque?
Síntoma tres: El peluche reaparece en el baño de Carol. Lavado y guardado en una bolsa de plástico. Escondido debajo del lavabo, tras los productos de limpieza.
No está en una estantería, ni en un cajón del dormitorio, ni en la habitación cerrada del pasillo, que es donde lógicamente guardarías los recuerdos de tu hijo si la habitación cerrada fuera, efectivamente, una habitación llena de recuerdos de tu hijo.
Lo esconde en el armario de los productos de limpieza, como algo que no puedes tener a la vista pero tampoco quieres tirar.
O como algo que no quieres que nadie encuentre.
Siento la garganta seca. Bebo un nuevo trago. Sigo.
Síntoma cuatro: Carol sale al bosque de madrugada regularmente desde hace meses, quizá años. No tengo explicación para eso, más allá de su insomnio, su dolor y una necesidad de despejarse cuando sabe que nadie la va a ver. De acuerdo, eso es bastante humano.
Síntoma cinco: La puerta cerrada en su pasillo. La habitación de Noah. Bien.
Síntoma seis: El armario lleno de benzodiacepinas y ansiolíticos.
Preocupante, pero por desgracia, no sorprendente.
Es un comportamiento habitual en personas depresivas.
¿Es eso? ¿Está Carol atravesando un periodo de depresión que ya dura más de cinco años?
Darlene lo dijo claro: antes Carol era otra persona.
Amable, risueña y colaborativa con las actividades del pueblo.
Parpadeo y vuelvo a ver todos esos botes de pastillas. La veo a ella amenazando a Burbon con la escoba, hecha un basilisco. ¿El peluche obedece a un comportamiento errático de alguien que no controla del todo sus acciones y emociones? ¿Me he enamorado de una mujer enferma?
Me detengo. Esa pregunta es injusta, lo sé.
Yo, de entre todas las personas del mundo, debería saberlo.
Si un armario lleno de pastillas fuera prueba de algo siniestro, entonces mi botella de bourbon en la encimera y mis noches sin dormir mirando el techo me convertirían a mí en sospechoso de algo también.
Los dos estamos rotos. La diferencia es que yo me medico con alcohol y ella con ansiolíticos.
No sé cuál de los dos métodos es más patético.
Me quedo mirando la pared de mi cocina. El reloj hace tic-tac. Fuera, la nieve cae sobre un pueblo dormido donde todo el mundo guarda secretos y nadie hace las preguntas que debería.
Cada síntoma, tomado de forma aislada, tiene una explicación inocente.
Quizá Carol se medica debido a un pasado de maltrato.
Quizá sale al bosque por insomnio. Quizá la puerta está cerrada para protegerse de recuerdos dolorosos.
Quizá el peluche está escondido por ser un objeto demasiado íntimo para dejarlo a la vista.
Quizá Burbon comió algo venenoso en el bosque.
Quizá Lyle deliraba.
Quizá me estoy engañando una vez más.
El cuadro completo no encaja en ningún diagnóstico que yo conozca.
Es como tener una radiografía con sombras que no deberían estar ahí: cada sombra individual podría ser un artefacto, una superposición sin importancia.
Pero cuando todas las sombras apuntan a la misma zona, el radiólogo responsable no cierra el informe con un «probablemente benigno». Pide más pruebas.
Si el escenario que empiezo a construir en mi mente se corresponde con la verdad, estamos ante una tragedia que escapa a la razón.
Y desde lo más hondo de mi alma, espero estar equivocado .
De nuevo mi voz interior haciendo de las suyas: ¿habrá sido todo falso? ¿Nuestro romance ha sido una mentira?
Basta.
Con Linda, confronté sin pruebas. Le dije que mentía, que olía a perfume ajeno, que sabía que me engañaba. Ella me llamó paranoico. Y el mundo me tildó como el marido herido que mató a su mejor amigo por celos.
Sacudo la cabeza. Muy bien, Greg, quítate eso de encima. Basta de autocompasión. Es el momento de actuar.
No pienso cometer el mismo error dos veces.
Bien. Una vez más, me debato pensando en qué hacer. Necesito más información. Aún no estoy listo para interrogar a Carol. No sé lo suficiente. El simple axioma de Francis Bacon mantiene toda su vigencia en este caso: «El conocimiento es poder».
Si quiero saber la verdad, necesito pruebas. No sospechas, ni intuiciones, ni el cosquilleo en la nuca de un hombre que acaba de perder a su perro.
Pruebas.
A las seis de la mañana llamo a Beaulieu. No he dormido nada; me he quedado sentado en la cocina hasta que la luz ha empezado a cambiar detrás de las cortinas.
El teléfono suena cinco veces. Estoy a punto de colgar cuando una voz somnolienta contesta:
—Clínica veterinaria de Shelter Creek.
—Marcel, soy Abbot. Necesito pedirle algo.
Un bostezo.
—Dígame.
—¿Puede hacerle una necropsia a Burbon?
Tras una breve pausa, responde:
—Tráigalo cuando quiera. Estaré aquí .
Cuelgo.
Salgo de casa a las siete con Burbon en brazos. La manta está manchada y huele a algo en lo que prefiero no pensar. Su cuerpo se ha enfriado durante la noche y ya no parece un perro dormido; parece lo que es.
Estoy cruzando el jardín en dirección al coche cuando una voz me detiene.
—Greg.
Carol está en su porche, con el abrigo encima del pijama y una taza de café entre las manos. Me pregunto si ha dormido. Últimamente me pregunto demasiadas cosas.
—¿Adónde vas? —pregunta.
No lo dudo y respondo al instante:
—A enterrarlo.
La mentira sale con una naturalidad que me sorprende. No la he ensayado; ha salido sola, como si mi cerebro la tuviera preparada en alguna sala oscura y acabara de empujarla por la boca.
—¿Dónde?
—En el bosque. Hay un claro donde le daba el sol. Le gustaba correr ahí.
Carol baja los escalones del porche y se acerca. Lleva el pelo suelto y la cara lavada, sin maquillaje, con las ojeras de siempre y los labios cortados por el frío. Parece pequeña dentro del abrigo.
—Quiero acompañarte —dice.
—No.
Veo cómo Carol registra el tono seco: sus ojos se estrechan una fracción de segundo y su cuerpo se detiene a mitad de paso.
Aprieto los labios, intentando que la desesperación no se me note en la voz .
—Necesito hacerlo solo, Carol. Es… quiero despedirme de él.
Sus ojos buscan algo en los míos. Verificación. Cálculo. Está decidiendo si le estoy diciendo la verdad.
Le sostengo la mirada sin parpadear. No sé si eso ayuda. Quizá los mentirosos parpadean menos. Quizá eso también es una tontería inventada por series de policías.
—Claro —dice finalmente—. Lo entiendo.
Me pone la mano en el brazo. Es un gesto suave, cariñoso. Casi consigue ablandarme.
—Tómate el tiempo que necesites —me dedica una sonrisa lacónica—. Y si necesitas algo, dame un toque, ¿vale?
—Vale. Gracias.
Me doy la vuelta. Meto a Burbon en el maletero con cuidado. Me siento al volante y arranco.
Por el retrovisor, veo a Carol de pie en la nieve, con la taza en la mano y los ojos fijos en mi coche, inmóvil. Se queda ahí, mirándome alejarme, hasta que giro la curva y la pierdo de vista.
A enterrarlo.
Primera mentira deliberada.
No será la última.