Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG
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GREG

LA PIEZA OCULTA

Carol ha preparado estofado. El caldo, de un color anaranjado, en cualquier otro día me sabría a gloria. Hoy, sin embargo, solo resbala por mi esófago sin dejar huella. Podría estar bebiendo agua tibia y tragando pintura.

La radio, a bajo volumen, está sintonizada en una emisora que suena a piano y anuncios de supermercado. Entre canción y canción, alguien pronostica el tiempo para mañana: nieve, más nieve y luego un poco más de nieve.

La mesa está puesta para dos: manteles individuales, cubiertos, dos copas de vino y una vela encendida en el centro.

Carol se ha esforzado. Lo noto en los detalles: el pan cortado en rodajas, la mantequilla fuera de la nevera para que no esté dura como un ladrillo. Y yo no soy capaz de agradecérselo.

El cuerpo de Burbon está en el salón, envuelto en la manta, junto al sofá. Carol me ha ayudado a meterlo en casa. No ha dicho nada. Solo ha abierto la puerta y ha señalado un sitio en el suelo, como si hubiera estado esperando que llegara un hombre con un perro muerto en brazos.

—Come algo —dice.

Asiento y me llevo la cuchara a la boca. Mastico y trago. Repito el gesto tres veces y luego dejo la cuchara en el plato. Es como intentar alimentar a un muerto a través de un embudo.

El vino, en cambio, baja solo. Carol ha abierto un tinto que sabe a fruta oscura y a algo terroso. En otro momento me habría encantado. Me sirvo una segunda copa antes de terminar la primera.

Ella apenas habla. Está sentada frente a mí, con las manos alrededor de su cuenco, aunque no come mucho más que yo.

Tiene los ojos caídos y la mirada esquiva.

Parece cansada. Calcula cuánto puedo soportar antes de romperme otra vez.

No me hace preguntas, no me pide detalles de la clínica veterinaria, no me dice que lo siente cada cinco minutos, ni intenta rellenar el silencio con frases inútiles.

Pone una mano sobre la mía, en la mesa, y la deja ahí.

—Dale tiempo —dice en algún momento—. Todo esto pasará. Y Burbon será solo un bonito recuerdo.

Asiento, aunque no me lo creo. Los recuerdos bonitos son los que más daño hacen.

—¿Sabes lo que más me jode? —digo, con la voz pastosa por el vino.

Carol levanta la vista—. Que un perro te quiere sin condiciones.

Sin letra pequeña. Sin cláusulas. Te quiere porque sí.

Tú puedes ser un desastre absoluto, puedes haber arruinado tu carrera, tu matrimonio, tu vida entera, y el perro sigue ahí.

Me río una vez. Un sonido feo.

—Supongo que a veces duele más perder a un animal que a ciertas personas —dice ella.

Bebo otro trago.

—Sí —digo—. A veces sí.

No sé cuánto tiempo pasa. Dos copas más.

Tres, tal vez. El estofado se ha enfriado, y una fina película se ha formado sobre la superficie, que se rompe cuando muevo la cuchara sin querer.

Carol recoge los platos sin decir nada. La radio sigue hablando de carreteras cortadas y descuentos de detergente.

Yo permanezco sentado, con la copa en la mano y la cabeza llena de un zumbido sordo que no es solo por el vino.

El derrumbe llega sin aviso. Un segundo estoy mirando la vela del centro de la mesa y al siguiente tengo la mandíbula temblando, los ojos ardiendo y las manos aferradas al borde de la mesa como si fuera lo único sólido del mundo.

La primera inspiración se me rompe a mitad.

Carol se vuelve desde el fregadero.

—Greg.

—Perdona —digo, levantándome tan de golpe que hago titilar la llama—. Necesito un minuto.

Corro al baño y cierro la puerta. Me apoyo en el lavabo y lloro sin consuelo. Me doblo sobre la porcelana, con la boca abierta. Mi garganta emite un gorgoteo crudo, viejo, como el quejido de una tubería oxidada.

Esto dura un minuto. Me quedo recuperando el aliento. Me miro en el espejo: ojos rojos, ojeras. La piel de un color ceniciento que en un paciente me haría pedir una analítica completa. Tengo cuarenta y cinco años y parezco de sesenta.

En fin.

Las lágrimas y los mocos han empapado la parte inferior de mi cara. No puedo salir así y que Carol me vea en este estado. Necesito papel para sonarme. El portarrollos está vacío. Fantástico. Miro a los lados: no hay pañuelos, ni servilletas, ni nada.

Abro el mueble de encima del espejo.

Parpadeo.

Hay botes. Muchos. Alineados en dos filas, ocupando toda la balda. Frascos de farmacia con etiquetas que leo por deformación profesional antes de que la parte educada de mi cerebro me recuerde que no debería estar mirando: diazepam, clonazepam, amitriptilina. Dosis altas.

Cierro el mueble.

Carol es una mujer que vivió años de maltrato, le arrebataron a su hijo y lleva cinco años sola en este pueblo aislado en el fin del mundo.

Que se medique no me sorprende. Me entristece, pero no me sorprende.

La gente no sobrevive a ciertas cosas solo con infusiones, paseos y voluntad. A veces necesita química.

No hay papel ahí dentro.

Me limpio la nariz con el dorso de la mano como un animal y busco otra opción.

Reviso la estantería estrecha junto al espejo: un cepillo de dientes, pasta dental, una crema hidratante barata con el tapón medio suelto. Nada útil.

Estoy a punto de rendirme, salir al pasillo y pedirle a Carol un pañuelo, cuando veo el armario de debajo del lavabo. Es pequeño, con una puerta de madera que cierra con un imán. Lo abro.

Es el espacio de los productos de limpieza. Lejía, amoniaco, un cubo de plástico, esponjas. Y al fondo, un paquete de rollos de papel higiénico. Por fin.

Estiro el brazo para cogerlo y mis dedos rozan algo blando, de forma irregular, metido en una bolsa transparente entre la lejía y el cubo. La curiosidad me puede. Mi mano se cierra sobre la bolsa y la saco.

La dejo sobre la tapa cerrada del inodoro. El plástico transparente cruje apenas. Dentro hay algo gris. Pequeño. Usado.

Durante un segundo, me quedo congelado al ver el peluche.

Sí. He dicho peluche. Un conejo viejo y gris. No tardo en reconocerlo. Lo he tenido en mis manos; lo tiré a la basura yo mismo. Tiene una oreja medio descosida. Un ojo de botón cosido con un hilo que no es del mismo color que el original. El pelo de la tela está apelmazado pero limpio.

Alguien —Carol, tiene que ser Carol— lo ha lavado y luego lo ha guardado en una bolsa debajo del lavabo, entre la lejía y las esponjas, como algo que no puedes tirar, pero que tampoco puedes tener a la vista.

Como algo que no quieres que nadie encuentre.

Siento un zumbido en los oídos y la cabeza empieza a darme vueltas.

Podría explicar cómo se ralentiza el tiempo, convirtiendo cada segundo en algo eterno mientras espero una explicación razonable a lo que acabo de descubrir, pero no es eso lo que sucede. Supongo que no hay tiempo.

Tres segundos después, la voz de Carol llega desde el pasillo.

—¿Greg? ¿Estás bien?

El corazón se me dispara.

No contesto.

Llama otra vez. Está al otro lado de la puerta.

—Greg.

El pomo se mueve.