GREG
LO PEOR
Lo encuentro en la cocina, junto al cuenco.
Por un segundo, mi cerebro se niega a procesar lo que ve.
Burbon está tumbado en el suelo, de lado, con las patas delanteras extendidas y las traseras dobladas. Alrededor de su hocico hay espuma seca, blanca con un tinte amarillento en los bordes. Tiene los ojos entreabiertos.
No.
No, no, no.
Me arrodillo con tal rapidez que mi rodilla golpea el suelo.
—Chico. Eh, chico. Estoy aquí.
Le pongo la mano en el costado. Apenas se mueve. Percibo un latido débil e irregular bajo sus costillas. Las respiraciones son superficiales, con intervalos demasiado largos entre una y otra.
Le abro los párpados con el pulgar. Las pupilas están dilatadas, con una respuesta lenta a la luz. Sus encías, pálidas, casi grises. Le toco las orejas. Siempre están cálidas, suaves, llenas de vida. Ahora están frías como tela húmeda.
Soy traumatólogo, no veterinario. Aun así, puedo ver: depresión del sistema nervioso central; bradicardia; hipotermia; pupilas no reactivas…
—Aguanta, Burbon. Aguanta, ¿me oyes? No te vayas.
Le acaricio la cabeza. Las orejas de seda que siempre se mueven cuando lo toco, permanecen inmóviles.
Inmóviles. Esa palabra empieza a abrir un agujero en alguna parte.
Palpo los bolsillos de la chaqueta con una torpeza desesperada. Llaves. Un recibo. Guantes. Nada. Luego recuerdo que lo llevo en el bolsillo interior. Mis manos tiemblan tanto que casi se me cae. Marco el número de la clínica veterinaria de Marcel Beaulieu. Suena tres veces.
—Clínica veterinaria.
—Marcel, soy Greg Abbot. Mi perro…
No puedo seguir. Trago saliva.
—Está en el suelo. No responde. Tiene espuma en la boca. Pupilas no reactivas.
Hay un segundo de silencio. Beaulieu está procesando.
—Tráigalo. Ahora.
Cuelgo.
Treinta kilos de setter cuelgan de mis brazos como un saco de arena mojada cuando salgo de casa. Su cabeza cae de lado, las patas cuelgan inertes y el rabo, antes incansable, reposa sin vida contra mi abrigo.
Lo acomodo en el asiento trasero del coche, sobre la misma manta áspera y fea que compré en el supermercado la primera semana, la misma con la que tapé a Carol la noche del apagón.
Le coloco la cabeza de lado para evitar que se ahogue con el líquido que sale de su boca.
No sé si sirve de algo. Acaricio su frente una vez más.
—Ya vamos, chico. Aguanta un poco .
Arranco, tomo la carretera en dirección al pueblo e intento, en vano, no acelerar demasiado.
La nieve cae con fuerza. Los faros iluminan un túnel blanco que se cierra sobre la calzada.
Conduzco con la mano izquierda en el volante y la derecha extendida hacia atrás, tocando el costado de Burbon.
Noto sus latidos bajo mis dedos: débiles, espaciados.
—Aguanta, chico. Ya falta poco.
La clínica de Beaulieu está a siete minutos. Hago el trayecto en cuatro. No recuerdo haber conducido; solo mi mano en el costado de Burbon, contando los latidos como un metrónomo roto, y la certeza, cada vez más pesada, de que los intervalos se hacían más largos.
Beaulieu me espera en la puerta. Sesenta y tantos años, bata blanca, manos grandes de veterinario rural. No dice nada. Me ayuda a sacar a Burbon del coche y lo llevamos a la mesa de exploración.
La clínica huele a desinfectante, a pienso y a animal. En otra circunstancia, Burbon habría olfateado el suelo y tirado de la correa hacia cualquier bolsa de comida abierta. Ahora su cuerpo cae sobre la mesa como un peso muerto.
Beaulieu trabaja rápido: fonendoscopio, linterna en los ojos, palpación abdominal, temperatura rectal. Revisa el hocico, la espuma, las encías.
—¿Cuánto tiempo lleva así? —pregunta sin levantar la vista.
—No lo sé. He salido de casa esta mañana temprano. He vuelto hace… —miro el reloj— cuarenta minutos.
—¿Tiene acceso a productos químicos? ¿Anticongelante, raticida, productos de limpieza?
—No. Nada de eso. Todo está en un armario cerrado.
Beaulieu no pierde el tiempo juzgándome. Le pone una vía intravenosa y conecta un monitor cardíaco. El trazo es lento, irregular, con pausas que se alargan como las de un reloj al que se le acaba la cuerda .
No me aparto de la mesa, con la mano permanentemente en la cabeza de mi perro. Quiero que me sienta, que sepa que no está solo.
—Vamos, chico —susurro—. No me hagas esto.
Sus ojos se cierran y se abren a medias, mirando un sitio al que yo no puedo entrar.
El trazo del monitor se hace más lento.
Después de realizarle algunas pruebas a mi perro, Beaulieu vuelve a mi lado y me mira sin pestañear. Conozco esa mirada. Es la honestidad de alguien que lleva cuarenta años haciendo esto y no va a mentirme.
—Doctor Abbot. Me temo que tiene un fallo multiorgánico. El hígado y los riñones están demasiado afectados. Lo siento.
—Haga algo más.
—No hay nada más que hacer.
—Tiene que haber algo. Lavado gástrico. Algo.
Habla el niño que llevo dentro. El hombre que lleva meses aferrándose a un perro porque todo lo demás se ha ido deshaciendo como un castillo de arena.
—El daño está hecho —dice Beaulieu con voz grave—. Sea lo que sea lo que ha ingerido, lleva demasiadas horas dentro. Los órganos están comprometidos y no puede hacerse nada.
Miro a Burbon. La respiración se hace más espaciada. Cinco segundos. Ocho. Diez. Una inhalación tan leve que apenas mueve el costado. Quince segundos. Veinte.
Y se detiene.
No hay drama ni convulsiones. No hay un último aullido ni un estremecimiento épico, ni ninguna de esas mentiras cinematográficas que inventamos porque no soportamos que la muerte, muchas veces, sea sencilla.
Burbon simplemente deja de respirar.
El monitor emite una línea recta.
Me quedo mirando a mi perro. Tiene los ojos abiertos. No es que no tengan brillo, es que están muertos. Durante un segundo, casi espero que parpadee. No lo hace .
Burbon está muerto.
—Lo siento mucho —dice Beaulieu.
Asiento. No sale nada de mi boca. Mi garganta se ha cerrado como un puño y las palabras no pasan.
Beaulieu espera.
—Parece una intoxicación —dice al cabo de un rato, con voz baja y profesional—. Anticongelante o algún producto químico que haya lamido por el bosque o por el pueblo. Es más frecuente de lo que nos gustaría. Los perros meten el hocico donde no deben.
Asiento otra vez. La explicación es lógica. Los perros comen cosas que no deberían. Meten el hocico en charcos, contenedores, garajes abiertos. Se envenenan solos porque no saben distinguir lo que les mata de lo que les alimenta.
Es una explicación sencilla.
Las explicaciones sencillas están empezando a tocarme los cojones.
—Era un buen perro —dice Beaulieu—. Los buenos siempre se van antes.
Los ojos me escuecen.
—¿Quiere que me encargue del cuerpo? —pregunta.
No.
No lo va a meter en una bolsa. Ni lo va a dejar en una cámara fría.
—Me lo llevo —digo, y mi voz suena como si viniera de un pozo.
Burbon viaja en el maletero del Tesla. Lo he envuelto en la manta y le he puesto la cabeza sobre un cojín que Beaulieu me ha prestado.
Conduzco a treinta por hora. La nieve sigue cayendo y los limpiaparabrisas marcan su propio ritmo.
No hay prisa. Ya no hay prisa para nada .
Mi mente viaja sin pedir permiso. Vuela al ático de la avenida Míchigan. A la noche en que todo se rompió, aunque entonces yo todavía no lo sabía.
Llego del hospital a las tantas y encuentro a Linda viendo algo en la tele. Burbon está echado a su lado, con la cabeza en su muslo. Tiene un año y medio y las patas demasiado grandes para su cuerpo. Ella le rasca detrás de las orejas sin dejar de mirar la pantalla.
Le doy un beso en la coronilla al pasar.
Hum… Me detengo. Ese olor.
—¿Con quién has cenado? —pregunto.
Ella contesta sin mirarme.
—Con las chicas. Ya te lo dije esta mañana.
—Ajam…
Cuento hasta diez, pero no llego a cinco y exploto antes.
—Hueles diferente.
El silencio que sigue dura dos segundos. Es el tiempo que Linda necesita para decidir qué versión de la realidad va a venderme.
—Es el perfume nuevo de Marta. Me lo probé en su casa. ¿Te gusta?
No. No me gusta nada.
—Déjalo, Linda.
—¿Dejar el qué?
—Mentirme.
Se levanta del sofá tan rápido que Burbon se asusta y salta al suelo. Sus ojos brillan de furia.
—¿Ya estás otra vez?
—Sí, ya estoy otra vez —la desafío sin subir la voz. Eso la enfurece más—. ¿A quién te estás tirando, cariño?
La última palabra sale venenosa. Y entonces explota. De cero a cien en medio segundo. Es obvio que estaba esperando la excusa .
—¡Eres un paranoico! —grita, señalándome con el dedo—. ¡Un puto paranoico! Revísate la cabeza, Greg. Necesitas un psiquiatra, no una mujer.
No contesto. Nunca contesto cuando grita. Me quedo callado, mirándola, con los dientes apretados, esperando a que se le pase o a que se vaya, lo que ocurra antes.
Es lo segundo. El portazo sacude las paredes. El cuadro del recibidor se tuerce.
Me siento en el sofá, solo, con las manos en las rodillas y la cabeza vacía.
Mi mujer me engaña y no es capaz de admitirlo. Además, insulta mi inteligencia negándolo e insinuando que estoy chalado.
Buen intento, Linda. Pero no cuela.
Oigo el tac-tac-tac en el parqué. Burbon asoma la cabeza por un lateral del sofá, con las orejas bajas y la cola a media asta.
Solo tiene un año y medio, pero ya sabe diferenciar cuándo es tiempo de jugar y cuándo no está el horno para bollos.
Se acerca y se sienta a mis pies. Apoya el hocico en mi rodilla.
No dice nada, claro, porque es un perro.
Pero dice todo.
Le acaricio la cabeza. Él me clava esos ojos oscuros que no juzgan, ni acusan, ni mienten. Que simplemente están ahí, conmigo.
Un camión de la nieve me adelanta y los faros del Tesla rebotan en el reflectante naranja. Vuelvo a la carretera. Al coche. Al maletero donde mi perro viaja envuelto en una manta que huele a lana barata y a los dos últimos meses de mi vida.
Tendré que enterrarlo. No sé dónde. El jardín está helado. La tierra debajo de la nieve es piedra hasta marzo. Quizá en el bosque, cuando el suelo se ablande. Tal vez en algún claro donde le daba el sol y él corría detrás de cosas que solo él veía .
Pero eso será mañana. O pasado. O cuando tenga fuerzas para coger una pala.
Carol me espera en el porche de su casa, de pie, con un abrigo grueso y los brazos cruzados sobre el pecho. Tiene la piel pálida y los ojos caídos.
—Te he visto salir antes con Burbon en brazos —dice cuando salgo del coche. Su voz suena asustada—. Me he temido lo peor.
Lo peor. Qué expresión tan limitada.
No contesto. No puedo. Saco el cuerpo de Burbon del maletero y camino hacia ella en piloto automático. Entrar en mi casa ahora sería insoportable.
—Greg…
Carol se acerca. Al llegar a mi altura, pasa suavemente la mano por el lomo de Burbon. El gesto me rompe el alma. Tiene los labios apretados y los ojos cerrados, como si luchara por reprimir algo muy fuerte. Cuando los abre, me busca con la mirada. Hay dolor genuino en ella.
Me abraza.
Me quedo rígido un segundo, con Burbon en mis brazos. Ella me aprieta más fuerte. Me pone una mano en la nuca. Y algo dentro de mí cede, como una presa que revienta.
Lloro contra su hombro, con la mandíbula abierta y los ojos cerrados.
Mi cuerpo se sacude con la violencia de quien no llora desde hace meses y que ahora no puede parar.
Lloro por Burbon. Por Lyle. Por la adolescente de la rodilla que esta mañana me parecía ridícula y ahora se me antoja el último momento en que todo era normal.
Por el quirófano de Chicago y por el hombre que me pedía Jay-Z mientras yo le pinchaba el hombro.
Por Sara, a quien ninguneo a través de la pantalla.
Por Emma, que crece sin su tío. Y por Linda, que quiere ver al perro que ya no existe .
Lloro por todo.
—He preparado algo de cenar —dice Carol al fin, separándose un poco—. Entra, anda. No te quedes solo esta noche.
No tengo fuerzas para decir que no. La alternativa es entrar en mi casa vacía, donde el cuenco sigue en el suelo de la cocina y la correa cuelga del pomo de la puerta.
Asiento.
Carol apoya una mano en mi espalda y me guía hacia su puerta, que se ha quedado abierta. La luz de la cocina ilumina el porche. Y desde dentro llega un olor sutil, casi imperceptible, que mi cerebro registra sin saber por qué.
Lejía.