CAROL
RASTREANDO SUS SOMbrAS
Jabón. Agua. Frotar.
Me lavo las manos en el fregadero de la cocina como una histérica. El jabón crea espuma entre mis dedos, los froto uno a uno y luego los enjuago. El agua está tan caliente que me escalda la piel.
Otra vez.
Jabón. Agua. Frotar.
Vierto un chorro de lejía sobre mis palmas. El olor me quema las fosas nasales y los ojos se me llenan de lágrimas, pero no me detengo. Froto entre los dedos, debajo de las uñas, en los nudillos.
Otra vez.
Jabón. Agua. Frotar. Enjuagar.
Cierro el grifo y contemplo mis manos bajo la luz de la cocina. Están rojas y con la piel tirante. Limpias. Extremadamente limpias.
No me siento así.
Tengo la boca seca. Intento coger un vaso del escurridor, pero se me resbala y se estrella contra el suelo. Me quedo mirando los pedazos, como si no entendiera de dónde han salido. Luego, intento abrir el cajón de los trapos. El tirador se me escapa. Lo intento de nuevo. Se me vuelve a escapar.
Joder, cómo me tiemblan las manos. Estoy de los putos nervios.
Me seco una lágrima con el dorso de la muñeca y me mancho la mejilla de jabón. Me sorbo los mocos. Piso un trozo de cristal y ni siquiera siento el pinchazo a través del calcetín.
La imagen no me abandona, y no sé si alguna vez lo hará: Burbon en la ventana de la cocina, con las patas delanteras apoyadas en el alféizar y la lengua colgando de una forma que parecía que sonreía.
Eres un buen chico.
Basta.
Basta, Carol. Siéntate. Respira. Siguiente paso.
El portátil tarda una eternidad en encenderse, o al menos así me lo parece. Me siento a la mesa de la cocina, con los cristales rotos aún en el suelo y las manos temblando sobre el teclado.
Abro el navegador. La barra de búsqueda parpadea, esperando mi consulta.
Escribo: Greg Abbot Chicago.
Pulso Enter.
La pantalla se llena de enlaces, titulares y fragmentos de texto que mi cerebro tarda un segundo en procesar. Porque lo que veo no es la página de un médico rural que ejerce en un pueblo de la Columbia Británica.
Lo que veo es un desastre.
El primer resultado es del Chicago Tribune. Fecha: hace trece meses.
Absuelto el Dr. Gregory Abbot en el juicio por la muerte del quarterback Ray Mercer
Chicago Tribune — 22 de ener o
El jurado del condado de Cook ha declarado no culpable al traumatólogo Gregory Abbot, de 44 años, acusado de homicidio involuntario por la muerte del quarterback de los Chicago Bears, Ray Mercer, durante una infiltración…
Leo el titular varias veces.
Ray Mercer. El nombre me resulta familiar.
No lo conozco personalmente, pero cualquiera que haya encendido una televisión en los últimos dos años ha oído hablar de él.
Era el quarterback estrella de los Bears.
Salía en anuncios de zapatillas y bebidas energéticas, luciendo una dentadura perfecta y cadenas de oro al cuello. Nunca me cayó bien.
Murió el año pasado en la UCI, tras complicaciones durante una intervención de hombro. Recuerdo la noticia. Es la clase de bombazo que los noticieros exprimen hasta asegurarse de que toda América del Norte está hablando de ello.
Lo que no sabía era que el cirujano era Greg.
Hago clic y el artículo se abre. Leo deprisa, saltando líneas, buscando el hueso de la historia debajo de la prosa periodística.
Mercer, de treinta y dos años, recibió una infiltración en su hombro derecho en el Hospital General de Chicago.
La intervención fue realizada por el Dr. Gregory Abbot, traumatólogo deportivo especializado en lesiones de alto rendimiento.
El simple proceso transcurrió con normalidad hasta la fase final de bloqueo anestésico, momento en que Mercer sufrió una reacción adversa fulminante: una parada cardiorrespiratoria.
Los esfuerzos de reanimación resultaron infructuosos.
Mercer entró en coma y falleció dos semanas después.
Vuelvo atrás. Segundo resultado. Este es de un tabloide. El titular me golpea como una bofetada.
El cirujano que mató a la estrella de los Bears: ¿accidente o venganza ?
Chicago Daily Herald
El juicio contra el Dr. Gregory Abbot ha dado un giro inesperado tras revelarse que la víctima, Ray Mercer, mantenía una relación sentimental con Linda Abbot, esposa del acusado…
Las letras se desdibujan un instante. Parpadeo. Releo.
Ray Mercer y Linda. La mujer de Greg. Se acostaban a sus espaldas.
Conozco esa sensación: la de descubrir que quien duerme a tu lado lleva meses siendo otra persona. Richard no me engañó con otra mujer; hizo algo peor. Pero el mecanismo es el mismo: te miran a los ojos y mienten, y tú les crees porque la alternativa es demasiado espantosa.
Hago clic. Las frases me llegan en ráfagas: «aventura que se prolongó durante varios meses»…
«según fuentes cercanas a la pareja, el Dr. Abbot sospechaba de la infidelidad»…
«la acusación particular, representada por la familia Mercer, argumentó que el cirujano tenía un móvil claro: celos»…
«la mujer de Abbot asegura que el médico administraba anfetaminas a Mercer para mejorar su rendimiento deportivo, lo que provocó la reacción que lo mató»…
«el quarterback murió en el único lugar donde el Dr. Abbot podría haberlo matado y hacer que pareciera un accidente. »
Me echo hacia atrás en la silla. El corazón me late en la garganta.
El hombre que me aparta el pelo de la cara con la punta de los dedos, que me venda la muñeca con cuidado, que baila conmigo en la cocina y me da las llaves de su casa.
Ese hombre mató a su mejor amigo en un quirófano. O no lo mató. O lo mató sin querer. O lo mató queriendo.
Sigo buscando. No puedo parar.
El tercer resultado es un artículo de opinión. Más largo y con un tono más reflexivo. Menciona el juicio, la defensa, la absolución.
Caso Abbot-Mercer: anatomía de una duda razonable
Chicago Sun-Times — Sección Opinión
La defensa, a cargo del bufete Hartfield & Partners, sostuvo que la muerte de Mercer fue consecuencia de una reacción adversa imprevisible al bloqueo anestésico…
Hartfield & Partners. Anoto el nombre mentalmente sin saber por qué, y sigo leyendo.
La familia de Mercer denunció a Greg por homicidio.
Argumentaron que él conocía la relación entre Linda y Ray, que tenía motivos para desear su muerte, y que el quirófano había sido el escenario perfecto para cometer el crimen.
Linda, la esposa de Greg, avivó el fuego al declarar ante el jurado que su marido había estado suministrando anfetaminas a Mercer ilegalmente durante meses.
Sin embargo, no se presentó ni una sola prueba.
Ninguna. No hubo evidencia de administración del fármaco, ni de sabotaje, ni de negligencia intencionada.
El equipo quirúrgico testificó que la operación se había desarrollado con normalidad hasta la reacción adversa.
El anestesista confirmó que el protocolo se había seguido correctamente.
La autopsia no arrojó resultados concluyentes.
El jurado tardó cuatro horas en deliberar. El veredicto: no culpable.
Pero Greg lo perdió todo igualmente. El hospital lo apartó de sus funciones.
El colegio médico inició una investigación que, aunque finalmente se archivó, le costó meses de incertidumbre.
Linda le pidió el divorcio. Los medios lo convirtieron en el «cirujano que mató a una estrella del deporte nacional».
Su reputación, que en medicina lo es todo, quedó pulverizada .
Hay una foto en este último artículo. Hago clic para ampliarla.
No es el Greg que conozco. Este lleva un traje oscuro y corbata.
Está saliendo de un juzgado, con un maletín en la mano y la mandíbula tensa.
Tiene ojeras profundas y el pelo más corto que ahora, peinado hacia atrás con una severidad que le endurece el rostro.
Detrás de él, una mujer morena con gafas de sol camina medio paso atrás. Debe de ser la abogada.
Es el hombre que era cuando todavía tenía una carrera, un matrimonio, una vida en una ciudad donde la gente lo admiraba por su nombre y su reputación.
Cierro la foto.
Sigo buscando. Los resultados se vuelven más antiguos y repetitivos.
Variaciones del mismo tema: la muerte de Mercer, el juicio, la absolución, el escándalo.
Encuentro un artículo de una revista deportiva que habla de Mercer: sus estadísticas, su infancia en Alabama, su carrera en los Bears.
Hay una foto suya en el campo, con el casco bajo el brazo y la sonrisa que yo había visto en las noticias sin saber que era el hombre que se acostaba con la mujer de mi vecino.
Cierro el portátil e intento asimilar lo que he visto, sentada en la penumbra de mi cocina. Me llevo la uña del meñique a los dientes y muerdo sin pensar. La piel cede. No siento nada.
Greg Abbot mató a un hombre.
La justicia dijo que fue un accidente. La prensa y la familia de la víctima, que fue venganza. Su mujer se acostaba con la víctima. Él tenía motivos. No hubo pruebas. Lo absolvieron. Y Greg huyó a un pueblo en el fin del mundo, donde nadie lo conoce, para empezar de cero.
La comparación resulta inevitable.
Él mató a su mejor amigo.
Yo…
No .
No termino la frase. No puedo.
Sigo mordiendo hasta que mi dedo sabe a sangre.
Oigo algo fuera. Neumáticos sobre la nieve. El susurro del motor eléctrico que se acerca y se detiene.
Me levanto y me acerco a la ventana. Aparto la cortina un centímetro.
Greg ya está aquí. Las luces del coche se apagan y la puerta se abre.
Lo veo salir. Camina despacio, con la cabeza baja y los hombros hundidos. Parece agotado. Lleva la chaqueta desabrochada a pesar del frío. Busca las llaves en el bolsillo. Le tiemblan las manos.
Lo observo cruzar el jardín. Subir los escalones del porche. Meter la llave en la cerradura. Abrir la puerta.
Entrar.
Y pienso en lo que verá. En el silencio que lo recibirá.
En lo que he hecho.
El mundo se abre a mis pies.