GREG
REACCIÓN EN CADENA
Salgo de la clínica a las siete. El cielo está negro y la nieve cae despacio, con esa paciencia insultante. Llevas un día de mierda y al mundo le da exactamente igual.
Copos blandos caen sobre los coches. Las chimeneas escupen humo. Un pueblo pequeño funcionando sin más, porque, técnicamente, para la mayoría de sus habitantes, nada ha cambiado.
Para Lyle Brouder, todo.
Para mí, algo.
No sé qué.
Todavía no.
Conduzco despacio. La carretera es una cinta negra entre la nieve, iluminada solo por los faros. No hay otros coches ni peatones. Durante un tramo largo, no hay casas. Solo yo, el motor mudo y la oscuridad.
Ella miente…
¿Ella quién?
Carol.
Tiene que ser Carol.
O no.
Podría haber hablado de otra mujer. De Darlene.
De Gladys. De una ex, de una clienta, de Ida Fenton, si el universo hubiera decidido volverse completamente absurdo.
Podría haber delirado. Podría haber dicho cualquier cosa y mi cerebro, saturado de Carol, Richard, Noah, Linda y Ray, le ha dado forma.
No.
No voy a pensar en eso ahora.
Las manos me tiemblan en el volante. Me las he lavado tres veces en el fregadero de la sala de curas, con jabón quirúrgico y agua tan caliente que me ha dejado la piel en carne viva.
Y sigo viendo la sangre de Lyle bajo las uñas, en los pliegues de los nudillos, en las líneas de la palma.
La sangre ajena tiene esa costumbre: se queda cuando ya no la necesitas.
La cabeza de un médico que acaba de perder a un paciente no obedece a nadie. Va donde quiere y cuando quiere. Esta noche, los restos de Lyle en mi piel me llevan a un sitio al que no quiero volver.
Hospital General de Chicago. Primera hora de la mañana.
Llevo cuarenta y dos horas sin dormir cuando entro al quirófano siete.
Sé que no debería estar ahí. Lo sé con la misma certeza con la que sé que dos más dos son cuatro y que la aorta sale del ventrículo izquierdo.
Pero el paciente es importante, y no confío en nadie más para una infiltración de hombro que lleva meses aplazándose.
La alternativa es cedérsela a Hendricks, que es buen médico pero no conoce a este paciente como lo conozco yo.
Así que entro. Me lavo y me pongo los guantes.
El protocolo habitual. Sobre la camilla, el hombro derecho al descubierto y la pantalla del ecógrafo encendida a mi lado.
La infiltración es guiada por ultrasonido: veo los tendones, la bursa subacromial inflamada y el espacio exacto donde tengo que depositar el corticoide con el anestésico .
Un pinchazo. Cinco minutos. Un procedimiento de rutina que he hecho mil veces.
Esa es la mentira favorita de cualquier médico.
—Eh, doc —dice desde la camilla, con la cabeza girada hacia mí—. ¿Puedes poner música o algo? Esto parece un velatorio.
—Estás en un quirófano, no en un bar.
—Ponme algo de Jay-Z y te prometo que no abro la boca.
—Cierra el pico.
Preparo la jeringuilla. La aguja, guiada por ecografía, se acerca al espacio subacromial. En la pantalla, veo el avance en tiempo real: la punta de metal serpenteando entre los tejidos, buscando el punto exacto.
—Vaya con tu piel —murmuro—. La tienes dura como el hormigón.
—Eso dice mi amante.
Eve, la enfermera, se muerde el labio para no reír. Yo también. A mi lado, alguien reprime una carcajada. Es imposible no reírse con este hombre, incluso cuando tienes una aguja metida en su articulación.
Incluso cuando sabes que lleva semanas pidiéndote cosas que no debería.
Incluso cuando una parte de ti empieza a sospechar que también se ha llevado algo tuyo que nunca debió tocar.
No.
Eso no está ahí todavía.
¿O sí?
—¿Seguro que estaré listo para esta noche? —pregunta.
—Si no haces tonterías, sí. La infiltración te dará unas horas sin dolor. Suficiente para el partido.
—Suficiente para destrozar a los Lions.
—Mientras no me llames a las tres de la mañana quejándote de que te duele, yo feliz .
Se ríe. La enfermera me mira con una expresión que dice: «¿Siempre sois así?».
Sí, siempre.
Deposito el anestésico. El émbolo baja despacio, controlado. En la pantalla del ecógrafo, el líquido se distribuye por el espacio subacromial, rodeando los tendones en una nube negra que se abre con suavidad.
Procedimiento estándar.
Retiro la aguja y presiono con una gasa.
—Hecho. Quince minutos y estarás como nuevo.
—Eres un artista, doc.
Cuento hasta diez. Es lo que tardo en recoger el material y dictar mentalmente las primeras líneas del informe.
No llego a siete.
—Doctor. —La voz del anestesista llega con un tono que conozco. Ha visto algo en el monitor que no debería estar ahí—. Taquicardia. Ciento sesenta.
Me giro y miro la pantalla. El ritmo cardíaco se ha acelerado de golpe. Una línea frenética sube y baja como un sismógrafo durante un terremoto.
—¿Qué…?
—Doc… —Su voz llega desde la camilla, sin un ápice de broma. Algo ha cambiado en los últimos diez segundos y él lo sabe antes que nosotros. Traga saliva con dificultad—. Me duele el pecho. No puedo… respirar bien.
—Presión doscientos diez sobre ciento cuarenta. Saturación cayendo. Noventa y tres. Noventa y uno.
Rodeo la camilla y me quedo de piedra. Veo los labios azulados, la piel que pierde color como una fotografía que se destiñe en directo, el pecho subiendo y bajando con esfuerzo. El sudor le cubre la frente en cuestión de segundos.
—Algo no va bien —dice, y esta vez la voz es la de alguien que tiene miedo de verdad .
Nada de lo que veo tiene sentido. La taquicardia, la hipertensión salvaje, la sudoración, el dolor torácico: es como si el sistema cardiovascular entero se hubiera puesto a revolucionar sin freno. No es una reacción alérgica normal. Es una tormenta.
—Intubación —ordeno—. Preparad el laringoscopio.
Los ojos se le van hacia atrás. La espalda se le arquea sobre la camilla con esa rigidez terrible de los cuerpos que ya no obedecen al cerebro. Convulsiona. Los brazos golpean los laterales de la camilla con una fuerza que no parece humana.
Eve suelta un grito.
Alguien dice su nombre.
Y yo estoy de pie junto a mi amigo, con las manos vacías y sin la menor idea de cómo pararlo.
Hoy, en la sala uno de la clínica de Shelter Creek, he tenido la misma sensación por segunda vez en mi vida.
Al llegar a casa, me quedo un momento dentro del coche, con las manos en el volante y los ojos cerrados. La nieve se amontona en el parabrisas. Silencio total.
Salgo y cruzo el jardín. Al otro lado del seto, la casa de Carol tiene una ventana encendida. Aparto la mirada. ¿Sabrá ya que Lyle ha muerto? En Shelter Creek, las noticias viajan más rápido que las ambulancias.
Busco las llaves. Me tiemblan tanto las manos que tardo tres intentos en acertar con la cerradura.
Abro y no tardo ni un segundo en percibirlo.
—¿Chico?
Nada. La casa me devuelve mi propia respiración.
No hay cola golpeando el suelo. No hay uñas trotando por el pasillo. Ningún hocico húmedo me busca la mano.
—¿Burbon?