GREG #3
Increíblemente, Lyle aún se mueve. Agita los párpados y sus ojos me encuentran.
Inyectados en sangre, desenfocados. Pero la consciencia sigue ahí, detrás del dolor y el miedo.
Me mira como miran algunos pacientes cuando ya saben.
No los que tienen esperanza, sino los que ya han cruzado la línea y alcanzan a ver lo que hay al otro lado.
—Lyle, quédate conmigo. La ambulancia está en camino.
No lo está. Prince George está lejos y es posible que ni siquiera hayan despegado. Pero los médicos somos expertos en mentiras piadosas.
Lyle gorgotea. Intenta hablar.
—Doc…
Un silbido entre dientes rotos. Tiene sangre en los labios: edema pulmonar.
—No hables, chaval. Ahorra fuerzas.
—Doc…
Le cojo la mano mientras pienso que nunca olvidaré este día.
La presión baja. Cincuenta sobre treinta. Pulso errático. El monitor cardíaco que Darlene ha conectado muestra un trazo que no me gusta: arritmia ventricular. El corazón está pidiendo una sangre que no llega.
—Darlene, noradrenalina intravenosa.
Darlene, con manos temblorosas, abre la ampolla y prepara la infusión.
El corazón responde durante treinta segundos. Luego vuelve al caos.
Lyle aprieta mi mano. Me mira. La sangre le cubre la comisura de los labios. Intenta decir algo. Su boca se mueve pero el sonido no sale. Lo intenta de nuevo.
—E… Ella…
Su voz es como un graznido, casi inaudible bajo el pitido del monitor.
—Lyle, no hables.
Lyle cierra los ojos un instante. Los abre y me mira como si necesitara clavarme la frase dentro antes de irse.
—Ella… ella miente…
Las sílabas se rompen y la sala desaparece por los bordes.
Lo miro fijamente, resistiéndome a dar crédito a mis oídos, sintiéndome muy pequeño de repente.
Durante un segundo se me ocurre que he tenido una alucinación auditiva.
«Habrá hecho más ruidos con la garganta y mi imaginación les ha dado coherencia con las sugestiones del subconsciente».
Pero no es eso, lo sé perfectamente. Siento un vértigo de miedo y el vello de los brazos se me eriza bajo la camisa sudada.
Sobreponiéndome con todas mis fuerzas al impulso de echar a correr, me obligo a inclinarme aún más hacia él.
—¿Qué has dicho? —susurro. Oigo el rastro del miedo en mi propia voz.
Lyle intenta respirar. No puede.
—Mien… te…
Me entran ganas de sacudirlo hasta obligarlo a hablar, de agarrarle la cara, de ordenarle que se quede conmigo treinta segundos más.
Pero la mano de Lyle se afloja de pronto.
Y entonces el monitor cambia de canción.
El trazo, que hasta ahora dibujaba una arritmia irregular, se dispara en un caos de picos rápidos y desordenados, una tormenta eléctrica sin ritmo ni sentido.
Fibrilación ventricular. El corazón de Lyle ya no late: tiembla, se agita como un puño que se cierra y se abre sin coordinación, incapaz de bombear una sola gota.
Esto sí puedo intentarlo.
No lo pienso dos veces y lo intubo. El conducto de plástico emite un gorgoteo al entrar en la tráquea. Pésima señal.
—Darlene, palas. Cargando a doscientos.
Darlene me pasa las palas. El desfibrilador emite su zumbido ascendente hasta el pitido de carga.
—Fuera.
Aparto las manos de Lyle, aplico las palas contra el pecho empapado y descargo. El cuerpo se arquea y vuelve a caer sobre la camilla. Miro la pantalla. El caos sigue ahí.
Lo intento de nuevo. Y otra vez. El cuerpo de Lyle se sacude con cada descarga como un títere al que alguien tira de los hilos. El trazo se sacude y regresa al mismo desorden de picos.
—Vamos, Lyle. Vamos.
Lanzo una nueva descarga. Y entonces la tormenta se apaga. Los picos se aplanan y el trazo se convierte en una línea recta que cruza la pantalla como una carretera vacía. El pitido intermitente se transforma en un tono continuo, largo, insoportable.
Asistolia.
La sangre asciende por el tubo. Joder. Aun así, mi cuerpo intenta seguir. Suelto las palas y empiezo las compresiones. Una. Dos. Tres. Cuento en voz baja, empujo el esternón con el peso de los hombros, siento crujir bajo mis manos lo que ya estaba roto.
—Adrenalina.
Darlene no se mueve.
—Darlene, adrenalina.
—Doctor.
Sigo comprimiendo. Cuento. Empujo. Es como aplastar una bolsa de basura.
—Greg. —Su mano se posa sobre mi antebrazo—. Basta.
Me detengo jadeando, con las palmas todavía sobre el pecho inmóvil de Lyle. Miro la pantalla. Luego miro a Lyle. Sus ojos abiertos, fijos en el techo, con esa expresión de sorpresa interrumpida. La boca entreabierta, con sangre secándose en los labios. Y el pendiente de aro.
Retiro las manos.
—Hora de la defunción —digo, y mi voz suena como si viniera de otro cuarto. Miro el reloj—. Dieciséis cuarenta y tres.
Darlene apaga el monitor y el pitido cesa. El silencio que lo reemplaza es peor.
Me quedo de pie junto a la camilla, con las manos cubiertas de la sangre de Lyle Brouder y la camisa pegada al cuerpo por el sudor.
Pienso que hace unas horas estaba vendándole la rodilla a una adolescente que se quejaba de un golpe inexistente.
Pienso que esta mañana estaba enfadado porque Linda quería ver a Burbon.
Pienso en Lyle, semanas atrás, oliendo a grasa de motor y loción barata, diciéndome con esa media sonrisa vulgar:
—Ten mucho cuidado con ella, doctor.
Y ahora dos palabras incompletas flotan en el aire de la sala como humo después de un disparo.
Ella miente.