GREG #2
—Todos lo sabíamos. Pero nadie quiere meterse en los problemas de alcoba de nadie, especialmente cuando hay violencia, un niño de por medio y el marido es el abogado que lleva el papeleo de medio pueblo.
La frase cae entre los dos como una piedra en un pozo. El silencio que la sigue es el de un pueblo entero que miró hacia otro lado.
—¿Y el niño?
—Noah. —El nombre ilumina algo en su cara—.
Era un crío rubio, de ojos azules. Callado, educado, siempre pegado a su madre.
Tendría… cinco años cuando se fueron, quizá seis.
Le gustaban los dinosaurios. Ida le regaló una vez un libro enorme sobre fósiles y el niño se pasó una semana explicándole a todo el mundo que los velociraptores tenían plumas.
Marlon Fisher todavía lo recuerda porque discutió con él sobre eso y perdió.
Sonrío a pesar de todo. Bien por ti, Noah.
—Un día, Richard hizo las maletas, cogió al niño y se largó —sigue Darlene—. Así, sin más. Se fue a Nueva York, a un puesto de político bien remunerado, creo. Carol se quedó aquí.
—¿No pudo hacer nada?
—¿Contra Richard Copeland? —Darlene emite un sonido que pretende ser una risa—. Él tenía dinero, abogados y contactos. Ella no tenía nada de eso. Se quedó sola en esa casa, arruinada y hecha polvo. Eso fue hace cinco años. Todavía no se ha recuperado.
Asiento despacio. Las piezas encajan con el cuadro que llevo semanas construyendo en mi cabeza. Las lesiones defensivas en el antebrazo. La versión ensayada. La puerta cerrada. El nombre de Richard iluminando el teléfono a medianoche. Noah. Nueva York.
Solo que me sobra una pieza. La tengo en la mano, sobrevuelo el panel con ella y no le encuentro hueco.
—Una cosa más, Darlene.
—¿Sí ?
—Algunas noches, Carol sale a pasear a horas… poco habituales.
Frunce el ceño.
—¿Y qué?
—No, nada. Solo me parece extraño.
—Mucha gente sale a pasear. Sobre todo la que no puede dormir.
—Ya. Claro.
Darlene se levanta y coge su taza de café. Antes de salir, se detiene en la puerta y me mira con una expresión casi maternal.
—Mira, Greg. —Me percato de que es la primera vez que me llama por mi nombre, y no «doctor».
Creo que me gusta y me asusta en la misma proporción—.
Carol tal vez no sea la persona más agradable de este pueblo.
Puede que se haya empeñado en vivir en su pequeño mundo.
Pero no le hace daño a nadie. Y eso no todos en Shelter Creek pueden decirlo.
Sale y cierra la puerta suavemente.
Me quedo solo en el despacho, con un café frío y la historia de Carol resonando en la cabeza. Ahora sé todo. O creo saberlo.
Las fracturas son de Richard. La cicatriz es de Richard. La puerta cerrada es la habitación de Noah. Las salidas nocturnas son el insomnio de una mujer que no ha superado la pérdida de su hijo. Y Richard Copeland es un maltratador que se llevó al niño y se fue a Nueva York a hacer carrera política.
Es una historia terrible y completa. Tiene principio, desarrollo y final. Tiene una víctima y un verdugo. Tiene sentido.
La urgencia irrumpe a las cuatro y diecisiete de la tarde. Hasta ese instante, todo transcurre con una calma que, en retrospectiva, resulta ofensiva .
Me encuentro en mi consulta, intentando despachar el trabajo del día —o quizás revistiéndolo de una capa de rutina—, absorto en mi tarea mientras el subconsciente me murmura que no me caería mal otra taza de café.
De repente, oigo la puerta principal abrirse de golpe.
Alguien grita algo que no entiendo. Luego, el estruendo de muchos pasos y el chirrido de las ruedas de una camilla.
Y la voz de Darlene desde el vestíbulo, con un tono que nunca antes le había oído:
—¡Greg, eh, doctor, una urgencia! ¡Sala uno! ¡Dios mío!
El pánico en su voz me hace levantarme y salir corriendo sin pensar. En una emergencia, la amígdala es la primera en tomar el control: la mano suelta el bolígrafo, los pies corren, el cuerpo se prepara para cualquier eventualidad.
Salgo al pasillo.
Gladys está de pie junto a recepción, pálida como una pared recién pintada, con una mano en la boca.
La gente del exterior comienza a aglomerarse frente a las puertas de cristal.
Al llegar a la sala uno, lo primero que veo es la camilla.
Está en el suelo, entre dos hombres. Uno es Dale Fenton, el sobrino de Ida.
Tiene la chaqueta abierta y la cara desencajada.
El otro es un muchacho con mono de mecánico, grasa en el cuello y la piel cenicienta.
Tiembla tanto que las ruedas de la camilla vibran contra el suelo.
Sobre la camilla, Lyle Brouder.
Ten mucho cuidado con ella, doctor.
Sacudo la cabeza.
Ahora no.
El mecánico del pueblo yace boca arriba, con los ojos abiertos y una respiración superficial e irregular.
De su boca sale un hilo de sangre que le baja por el cuello.
Lleva una camiseta blanca que le marca los tatuajes de los brazos, pero la tela está pegada al pecho como una segunda piel.
El pendiente de aro sigue en su oreja izquierda, brillando bajo la luz fluorescente como un detalle absurdo en medio del desastre, y yo me pregunto por qué demonios estoy pensando en eso ahora.
Darlene le sujeta la cabeza con ambas manos, para calmarlo y evitar que mueva el cuello. Me mira con los ojos agrandados por el horror.
—¿Qué ha pasado? —pregunto al aire.
—Elevador hidráulico —explica Dale, con la voz rota—. Le ha caído un… un coche encima. Un Toyota. Él estaba debajo cuando el soporte… cedió.
No necesito más. Compresión torácica y posible aplastamiento.
Lo leo en cómo el tórax se hunde por un lado y se abomba por el otro, en la cianosis que le trepa por el cuello, en la respiración paradójica de un costillar roto en varios puntos.
Pulmones comprometidos. Probablemente el hígado, el bazo, quizá la aorta.
Es un milagro que respire.
En mi antiguo hospital de Chicago, con un equipo completo y un quirófano disponible, este chico tendría una posibilidad. Una opción entre un millón, pero la tendría. Aquí, en una clínica rural con una sala de curas y un aparato de rayos X de los años noventa, no tiene ninguna.
Pero hago lo que puedo. Lo que me enseñaron y juré hacer.
—Darlene, oxígeno al cien por cien. Gladys, llama a la ambulancia aérea de Prince George.
Gladys no se mueve. Solloza con las manos cubriéndole la boca. Por primera vez desde que llegué a este pueblo de locos, no le salen las palabras.
—Gladys —digo.
Nada. Darlene da una palmada seca.
—¡Muévete, Gladys!
La orden la despierta. Sale corriendo hacia recepción .
Al otro lado de las grandes puertas de cristal, la gente se apretuja, haciendo pantalla con las manos para mirar al interior.
La escena me evoca un recuerdo curioso: me veo a mí mismo, sentado en la última fila de la sala de prensa del Soldier Field, después de que los Bears ganaran la final de conferencia.
Estaban entrevistando a Ray, que se mostraba exultante.
Había mucha gente fuera, la mayoría periodistas, pero también algún que otro fan con contactos en el club, que miraba embobada a su estrella.
Aparto la imagen de un manotazo y veo más caras en las ventanas. No puedo impedir que los morbosos curioseen, pero…
—Dale, necesito que salgáis —digo—. Los dos.
—Pero…
—Fuera. Ahora. Gladys os llevará a otra sala.
El chico del mono no parece oírme. Tiene los ojos fijos en Lyle, en su pecho roto, en la sangre que no deja de brotar de su boca.
—He intentado levantarlo —susurra—. No podía. No podía…
—Lo sé. Pero ahora os necesito fuera.
Gladys vuelve al pasillo con el teléfono pegado a la oreja y una libreta en la mano. Le señalo a los dos hombres.
—Acompáñalos a la sala de reconocimiento. Si alguno se marea, lo tumbas. Y cierra las puertas. No quiero público.
Como no reacciona lo bastante rápido, Darlene vuelve a ladrar:
—¡Gladys!
La mujer asiente y se los lleva.
Quedamos Darlene, lo que va quedando de Lyle, y yo. Darlene ya está colocando la mascarilla de oxígeno con manos temblorosas. Puede que lleve treinta años en esto, pero apuesto a que no ha visto muchas veces un cuerpo aplastado por un coche .
Yo sí he visto cuerpos así. Odio que eso me dé ventaja.
Busco una vía venosa. Las venas están colapsadas por la hipotensión. Lo intento en el brazo izquierdo. Nada. En el derecho, la aguja entra, pero la sangre que refluye es casi negra. Mala señal.
—Presión —digo.
Darlene infla el manguito.
—Sesenta sobre cuarenta. Pulso a ciento treinta.
Shock hipovolémico. Hemorragia interna masiva. La sangre que debería estar dentro del sistema circulatorio de Lyle está fuera, acumulándose en la cavidad torácica y abdominal, ahogándole los órganos desde dentro.
Le paso suero, pero es como intentar llenar una bañera con el tapón abierto.
—¿Dónde está ese maldito helicóptero? —pregunto, pero nadie me contesta. El clima hoy es pésimo. Con suerte, estarán saliendo ahora mismo.