GREG
EL ÚLTIMO ALIENTO
El día que todo se va al carajo, el salpicadero del Tesla marca tres grados bajo cero.
Aún no lo sé, claro. A las ocho de la mañana, cuando aparco el coche frente a la clínica y el motor se apaga con ese susurro de nave espacial que sigue pareciéndome ridículo en un pueblo donde todos conducen camionetas con más óxido que pintura, solo sé tres cosas:
Que tengo frío.
Que no he pegado ojo.
Y que llevo desde el amanecer masticando una frase del email de Sara.
No debería importarme. Y sin embargo, me ha arruinado el desayuno.
Dice que lo echa de menos. Que le encantaría verlo.
Linda quiere ver a Burbon.
Já.
Es ridículo y lo sé. Linda está en Chicago y yo en el último rincón habitado del planeta. Ella no va a cruzar un continente por un perro.
Soy un idiota. El hecho de que no encontraran nada concluyente en la segunda autopsia es una buena noticia.
Debería sentir alivio. Y, sin embargo, estoy furioso.
Hay algo en el hecho de que Linda quiera ver a Burbon que me llena de rabia.
Ella ya se quedó con el ático, con los amigos, con la versión pública de nuestra historia. El perro, no. El perro es mío.
Entro en la consulta con el café en la mano y la mandíbula apretada. Darlene interrumpe su conversación con Gladys para mirarme desde la recepción.
—Buenos días, doctor. Vaya cara. ¿Una mala noche?
—He dormido como un bebé. Incluso me he despertado cada dos horas para llorar un rato.
Gladys suelta una risa.
—Qué gracioso —dice Darlene—. Tienes una paciente en la sala uno.
La paciente de la sala uno se llama Megan Holloway.
Tiene diecisiete años, el pelo teñido de rosa eléctrico y se queja de una rodilla izquierda hinchada que, según ella, le impide caminar desde hace tres días.
Está sentada en la camilla con la pierna extendida, el móvil en una mano y una expresión de sufrimiento tan elaborada que casi merecería una beca de interpretación.
—¿Tres días? —pregunto, palpando la articulación.
—Bueno, más o menos. Dos. O uno y medio. No sé.
—¿Uno y medio?
—Desde ayer por la tarde, en realidad. Pero me duele un montón.
La rodilla presenta una inflamación leve en la cara lateral, sin derrame articular, limitación del rango de movimiento ni inestabilidad ligamentosa.
Le pido que la flexione y lo hace. Que se levante, y se levanta.
Que camine: camina con una cojera dramática que desaparece misteriosamente en cuanto cree que no la miro .
—¿Te diste un golpe? ¿Un tirón haciendo deporte?
—No. Bueno. El sábado patiné en el lago con mi novio.
—¿Y te caíste?
—No exactamente. Es que Tyler patina muy rápido y yo intentaba seguirle y…
—¿Tyler?
—Mi novio. O sea, más o menos. No le hemos puesto etiqueta, pero los dos sabemos lo que hay.
Él es de Mackenzie, va al instituto de allí y tiene dieciocho, pero cumple diecinueve en abril, y la diferencia de edad no es tanta, ¿no?
Mis padres no lo saben porque mi padre es un poco…
ya sabes. Pero Tyler es supercaballeroso.
El otro día me regaló un colgante con una nota que decía…
Busco a Darlene con la mirada. Está en la puerta, apoyada en el marco, con los ojos en blanco.
—Megan —digo—, la rodilla.
—Ah. Sí. Pues eso. Que me duele un montón.
Le palpo la zona lateral con cuidado. Mínima inflamación subcutánea. Probablemente una contusión leve por el impacto de la caída que ella jura que no existió.
—No tienes nada grave. Es un golpe. Hielo tres veces al día, ibuprofeno si molesta y nada de patinar en una semana.
—¿Una semana? Pero Tyler me ha invitado al lago el sábado.
—Pues dile a Tyler que patine solo.
—O que te lleve al cine, que es más sano para las rodillas —apunta Darlene desde la puerta—. ¿O es que los jóvenes ya no vais al cine?
Megan me mira como si Darlene acabara de preguntarle si viaja en diligencia.
—¿Cine? Qué va. Con Netflix en casa, ¿para qué pagar?
Para enrollarte con Tyler en la última fila, por ejemplo.
No lo digo. Estoy creciendo como persona.
—¿Y no me puedes dar un justificante para el insti? —pregunta Megan—. El jueves tengo examen de química y no me siento preparada emocionalmente.
Darlene tose. Estoy casi seguro de que es una carcajada disfrazada.
Si me hubieran dado una moneda cada vez que he querido dar una colleja a un paciente por fingir o exagerar una lesión para obtener una baja o un justificante…
bueno… Tendría suficientes monedas para llenar un calcetín y arrearles a los pacientes con él.
—Las rodillas no influyen en los exámenes de química, Megan.
—¿Y si me duele mientras escribo?
—Escribes con las manos.
—Ya, pero es que el dolor me baja la energía y no me permite estudiar bien.
Acabo entregándole un folleto sobre contusiones leves. Le deseo suerte con Tyler y con la tabla periódica, y la veo marcharse. Hace cinco minutos cojeaba al borde del desmayo. Ahora sale del pasillo contoneándose y grabándose con el móvil.
La verdad es que agradezco los casos como el de Megan. Son ligeros y me anclan al presente, lejos de las cosas que me rondan la cabeza cuando no tengo las manos ocupadas. La radiografía de Carol, por ejemplo. Las fracturas que nadie trató. Sus incursiones nocturnas en el bosque.
Y el maldito correo de Sara.
Darlene entra en mi despacho un cuarto de hora después con dos cafés.
—La juventud —dice, dejando mi taza sobre la mesa—.
La típica hipocondríaca de instituto. La tendremos aquí veinte veces antes de junio, siempre coincidiendo con los exámenes.
Una semana antes de los finales jurará que tiene neumonía, acabará en bronquitis, se saltará los exámenes de los profesores hueso, como dicen ellos, y pasará de curso sin dar golpe.
La sociedad de vagos que estamos criando.
—¡Pues no estamos cínicos esta mañana ni nada!
—Pero tengo razón. A esa chica le duele más la separación de su novio que la rodilla, hazme caso.
—No seas tan dura con la pobre Megan. El amor adolescente solo pasa una vez.
Me mira. Sabe que, en realidad, no estoy hablando de Megan Holloway.
Doy un trago al café y tuerzo el gesto. Sabe a algo que lleva demasiado tiempo reposando. Como todo en este pueblo, de un modo u otro.
—Darlene.
—Dime.
—¿Puedo preguntarte algo sobre Carol Tremblay?
El cambio es mínimo, pero lo veo. Los hombros le suben medio centímetro. La mano que sostiene el café se le queda a media altura. Y sus ojos pierden la calidez profesional, enfriándose dos grados.
—¿Qué quieres saber?
—Lo que puedas contarme.
—No me gustan los chismes. Ya lo sabes.
—No es un chisme.
—Eso dicen todos antes de pedir uno.
—Puede ser importante.
Me estudia. Calcula cuánto puede decir sin meterse en problemas. Es una mujer que lleva treinta años en este pueblo guardando los secretos ajenos, y no es fácil hacer que suelte uno.
—¿Por qué te importa tanto? —pregunta, aunque sospecho que intuye la respuesta.
Suspiro .
—Ya viste su radiografía —digo, como si eso lo explicara todo—.
Esas lesiones antiguas no son normales. Una vez me dijiste que Carol antes sonreía, y que ahora vive como si todo el mundo quisiera hacerle daño.
Quiero saber qué pasó en realidad para que se le borrara esa sonrisa. Con su exmarido. Con su hijo. Con todo.
Deja el café en la mesa y se sienta en la silla frente a mi escritorio. Es la primera vez que se sienta ahí desde que trabajo en Shelter Creek. Siempre está de pie, siempre en movimiento, con algo en las manos.
—Carol llegó a Shelter Creek hace ocho años —empieza—. Bueno, ella, su hijo y su marido.
Oír «su hijo» en voz de otra persona me produce una tensión extraña.
—Él se llamaba Richard Copeland y era abogado —continúa—. Había cerrado un bufete en Vancouver y venía aquí con grandes planes: política local, contactos, inversiones. Ese tipo de hombre que le estrecha la mano a todo el mundo y se queda con los nombres.
Ray hacía eso. No lo digo.
—En poco tiempo se convirtió en alguien importante —dice Darlene—. Donaciones a la iglesia, partidos benéficos, cenas con el alcalde, asesoría gratis para gente que no podía pagarse un abogado. Ese tipo de cosas.
—Un ciudadano ejemplar.
—O algo que se le parecía mucho desde lejos.
—¿Y desde cerca?
Darlene aprieta los labios.
—Desde cerca no era un hombre con quien se pudiera discutir.
El reloj de la pared hace tic-tac.
—¿Lo temían? ¿Por qué?
—Si un hombre tiene dinero, contactos y la costumbre de mirar a la gente como si pudiera arruinarle la vida con una llamada, muchos prefieren llamarlo respeto cuando en realidad es temor.
Deja pasar un segundo.
—Y no me hagas hablar mucho más de ese hombre.
—Perdona. Cuéntame sobre Carol.
Darlene mira su café.
—Ella no era como ahora —dice—. Era técnica de laboratorio. Trabajadora, callada, pero nada que ver con su versión actual. Participaba en las actividades del pueblo y ayudaba en la feria de otoño. Una vez trajo una tarta y ganó el segundo premio.
La sombra de una sonrisa cruza su cara y se apaga rápido.
—¿Qué pasó?
—Lo de siempre. Al principio, Richard era encantador.
Con ella también, supongo. Luego el encanto empezó a acabarse y empezó lo otro.
Poco a poco. Carol dejó de venir a los eventos.
Dejó de sonreír. Empezó a llevar manga larga en julio.
Maquillaje donde antes no lo llevaba. Se la veía más delgada, más callada, más…
—Busca la palabra y la encuentra—. Apagada.
Hace una pausa.
—Yo vi cosas, doctor —continúa—. Esos detalles nunca se me escapan. Vi los moratones que el maquillaje no cubría del todo. Cómo ella se encogía cuando él entraba en una habitación. Nunca se me olvidará esa mirada.
—¿Qué mirada?
—La de un animal que sabe que el golpe va a llegar, pero no sabe cuándo.
Silencio. Fuera, alguien arranca una camioneta.
—¿Alguien hizo algo? —pregunto.
Darlene me mira. La amargura le cruza la cara como una grieta en una pared.