Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) CAROL
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CAROL

A HURTADILLA S

Aún no puedo creer que saliera de él.

Y yo acepté, claro. Sin él saberlo, me lo estaba poniendo todo más fácil.

Si no fuera porque lo que estoy a punto de hacer es terrible en todos los sentidos posibles, pensaría que Dios me está mandando una señal.

Pero no es Dios. Creo que es el Diablo, que a veces se disfraza de suerte y recurre a palabras como «desesperación» o «encrucijada» para que pueda seguir adelante sin volverme loca.

Llevo días repasando la secuencia. Cada paso, cada minuto, cada gesto. Lo que haré cuando entre. Lo que buscaré. Lo que no puedo olvidar. Lo que no puedo dejar pasar. El sobre, primero. Lo otro, después.

Si ese tipo mete las narices, los dos caemos.

La carta de Richard sigue en pedazos en el cajón de mi mesilla, pero la frase vive en mi cabeza como un parásito que se alimenta de todo lo que intento construir.

No tengo alternativa.

Lo he repetido tantas veces que ya suena como una oración. Como el padrenuestro de una religión terrible en la que solo creo yo.

El reloj del salón marca las siete y cuarenta y dos cuando el Tesla de Greg sale de la entrada salpicando la nieve acumulada durante la noche. Como cada mañana, lo veo desde la rendija de la cortina. El coche gira hacia la carretera y desaparece detrás de los pinos.

Espero cinco minutos. Ni uno más.

Luego salgo y cruzo el jardín. La nieve cae copiosamente ahora. Cuando llego a su puerta, saco la llave del bolsillo del abrigo y se me cae en la nieve. La recojo. Joder, me tiemblan las malditas manos. Respiro. Finalmente consigo meter la llave en la cerradura.

Antes de girarla, echo un último vistazo a la carretera. Y hacia el sendero del bosque. No hay nadie. Shelter Creek duerme, o finge dormir, que es lo que mejor sabe hacer.

Abro la puerta y entro.

Burbon me recibe como si no me hubiera visto en un año. Su cola golpea las patas de la mesa. El hocico húmedo se hunde en mi mano. Su cuerpo entero se mueve de felicidad, con ese vaivén ridículo en el que giran el rabo con tanta fuerza que el resto del cuerpo no tiene más remedio que seguirlo.

—Hola, guapo —digo, agachándome para acariciarle la cabeza.

Me lame los dedos. Tiene los ojos castaños, cálidos, con esa expresión de confianza absoluta que solo tienen los animales que no conocen la traición.

No lo miro más de lo necesario. No puedo.

Me incorporo y me pongo con lo que he venido a hacer .

Busco por toda la casa. La cocina primero. Encimera, cajones, la mesa donde Greg deja el correo. Hay folletos del supermercado, un par de facturas de la compañía eléctrica a nombre de «Ocupante» y una carta del ayuntamiento sobre el programa de reciclaje. Nada con su apellido completo.

Sigo con el salón. La mesita junto al sofá. El topo de Le Carré, con un marcapáginas a tres cuartos de novela, un bolígrafo y nada más.

Subo al dormitorio. La cama está hecha a medias, con esa torpeza de soltero que consiste en estirar la sábana por encima y esperar que la gravedad haga el resto. Aún huele a él.

Abro el cajón de la mesilla. Un cargador de teléfono, aspirinas, un reloj que no funciona, y debajo, un sobre.

Bingo.

Membrete oficial: Colegio Médico de la Columbia Británica. Dirección del centro clínico de Shelter Creek. Y el nombre, impreso en una ventanilla de plástico transparente:

Dr. Gregory Abbot.

Abbot.

Lo repito en silencio. Abbot. Con dos bes. Greg Abbot.

Memorizo cada letra y coloco el sobre exactamente donde estaba, debajo del reloj, con el membrete hacia arriba, tal como lo he encontrado.

Cierro el cajón.

Al salir del dormitorio, paso por el pasillo. En la pared, a la altura de los ojos, hay algo que no he visto al subir, concentrada como iba. Una foto pequeña, enmarcada, colgada de un solo clavo. La única de toda la casa.

Es Greg, pero más joven. Diez años menos, quizá. Está sentado en un porche que no es este, con un cachorro de setter en el regazo. Burbon, de bebé. Greg sonríe a la cámara con una expresión que no le he visto nunca: todavía no sabe lo que va a perder .

Aparto la mirada.

Ya tengo lo que vine a buscar. Debería irme. Cruzar la puerta, cerrar con llave y volver a mi casa. Abrir el portátil, teclear el nombre y listo. Cinco minutos y sabré quién es Greg Abbot de Chicago.

Bajo. Burbon me espera al pie de las escaleras. Me sigue hasta la cocina. Allí, se sienta junto a su cuenco y me mira.

Está vacío. Greg lo alimenta antes de irse, pero Burbon se lo come todo en treinta segundos. Mueve la cola mientras me suplica en silencio. Baja la cabeza hacia el cuenco y me mira otra vez.

Desde luego, hay animales que se expresan con mucha más claridad que las personas.

Me agacho y le acaricio la cabeza con las dos manos. El perro cierra los ojos. Se deja hacer. Confía en mí con la totalidad de su cuerpo, sin reserva, sin la sospecha que cualquier ser humano tendría si alguien lo acariciara con tanta intensidad un martes por la mañana.

—Eres un buen chico —susurro—. Un buen chico.

Las lágrimas llegan sin permiso. Joder, por un perro. Quién lo iba a decir. Se me acumulan en los párpados y caen sobre el pelaje de Burbon.

No tengo alternativa.

Debí haberlo hecho hace mucho tiempo. Antes de encariñarme.

Pero no lo hice. Y ahora cada día que pasa es un día más cerca del desastre. Cada paseo por el bosque es una ruleta rusa. Cada vez que Burbon escarba, contengo la respiración. Cada vez que trae algo entre los dientes, se me para el corazón.

No puedo seguir viviendo así.

Le doy un beso en la cabeza. Él la agacha con bondad infinita .

Me levanto, me limpio las lágrimas con el dorso de la mano y respiro.

No tengo puta alternativa.

Diez minutos después, salgo de la casa asegurándome de dejar todo como lo encontré al llegar. Cierro la puerta con llave. La mano ya no me tiembla. Las lágrimas se han secado, pero el peso en el pecho sigue ahí, como una piedra que alguien ha colocado entre mis costillas.

A mitad de camino, con los copos de nieve acumulándose sobre mi cabello, me detengo y me doy la vuelta.

Burbon me observa desde la ventana. Tiene las patas delanteras apoyadas en el alféizar y la lengua colgando de una boca abierta que parece sonreír.

Lo miro un segundo. «Gracias», me dice con los ojos.

Por favor, Carol, solo es un perro.

Me doy media vuelta y entro en casa.