GREG
TOXICOLOGÍA
Durante los siguientes tres días, la vida en Shelter Creek transcurre con normalidad.
La nieve cae y se acumula. Los camiones la apartan a los lados de la carretera con sus inmensas ruedas.
Gladys se queja del frío. Darlene prepara café e imparte órdenes.
Los pacientes llegan con sus gripes, sus lumbalgias, sus rodillas de adolescente, sus preocupaciones legítimas y sus preocupaciones ridículas.
Y yo atiendo, diagnostico, receto y sonrío cuando toca.
Hago mi trabajo como un actor que ha ensayado tanto su papel que podría interpretarlo dormido.
Quizá lo estoy.
Cada tarde, al volver a casa, meto la llave en la cerradura y durante un segundo —un segundo exacto, ni más ni menos— espero oírlo: Tac, tac, tac. Uñas en el suelo. Una cola golpeando las patas de la mesa.
Mi cerebro aún no ha asimilado la nueva rutina.
Ha estado programado durante años para recibir a un setter al abrir la puerta, y tres días no son suficientes para desinstalar esa expectativa.
Así que, cada tarde, durante un segundo, Burbon sigue vivo en mi cabeza.
Y cuando el silencio me responde, lo pierdo otra vez.
Ni siquiera tengo su cuerpo para llorarlo. Está en la clínica de Beaulieu, esperando que un laboratorio de Vancouver analice lo que le quedaba dentro.
Sigo cenando con Carol. Asiento cuando habla. Dejo que me toque el hombro, la mano, el cuello. Ya no sé lo que siento por ella. Esa es la parte más insoportable.
Mentiría si dijera que no la amo, lo cual es ridículo tratándose de alguien a quien prácticamente acabo de conocer.
Pero el cuerpo no entiende de tiempos. El cuerpo recuerda la frente de Carol en mi hombro mientras Springsteen sonaba en una radio vieja.
Recuerda sus manos frías. Su voz en la oscuridad.
Su risa cuando se le escapó una ventosidad en mi cocina. Recuerda demasiadas cosas.
Al mismo tiempo, cada vez que la miro a los ojos y me sonríe, no puedo evitar pensar: «¿qué hiciste, vecina?»
Muchas veces he querido preguntarle por el peluche. Muchas. Mientras cenamos. Mientras paseamos. Mientras me sirve café con esa expresión de preocupación que ahora no sé si es genuina o ensayada.
Pero ¿qué le digo? «Oye, el otro día abrí el armario de tu baño buscando papel para sonarme los mocos y resulta que guardas un conejo de peluche viejo dentro de una bolsa de plástico entre la lejía y las esponjas.
Da la casualidad de que ese mismo peluche lo trajo mi perro muerto del bosque hace unas semanas.
Recuerdo que lo tiré al contenedor. ¿Puedes explicarme por qué fuiste a recuperarlo como una indigente en vez de pedírmelo directamente? »
Sí, eso suena fantástico. Muy natural y nada alarmante.
El viernes a las cuatro de la tarde, recibo en mi consulta a Mark Shepard, el leñador que cada dos meses acude para que le revise la espalda.
Mark tiene veintidós años, siempre me trae una deliciosa mermelada casera que su madre insiste en regalarme, y padece un dolor lumbar crónico que, en realidad, no tiene nada de crónico: simplemente levanta troncos de ochenta kilos con la espalda en lugar de usar las piernas, un detalle que ya le he explicado en tres ocasiones.
—Entonces, ¿me va a dar algo para el dolor, doc?
—Te voy a dar un consejo revolucionario: flexiona las rodillas al levantar peso. Tus vértebras te lo agradecerán.
—Ya, pero es que así tardo más.
—Puedes tardar más ahora o mucho más cuando estés en una silla de ruedas a los cuarenta.
Mientras Mark me mira como si acabara de sugerirle rezar a un dios desconocido, el teléfono vibra en el bolsillo de mi bata. Lo saco sin pensar y se me seca la boca al leer el nombre.
Beaulieu.
—Mark, hemos terminado por hoy.
—Pero si no me ha dado nada.
—Ibuprofeno si te duele y hielo por las noches. Y rodillas flexionadas, ¿me oyes? Flexionadas.
—Pero, doc…
El teléfono deja de vibrar. Mierda.
—Gladys te dará cita para dentro de un mes —le digo—. Cuídate. Y no me llames doc.
Mark se levanta con una expresión de abandono. Lo acompaño a la puerta, la cierro, y me quedo solo en la consulta.
Me dejo caer en mi silla —algo me dice que no quiero estar de pie para esta conversación— y le devuelvo la llamada a Beaulieu. Contesta al primer tono.
—Doctor Abbot.
—Marcel. He visto su llamada perdida.
—Sí. Tengo los resultados del laboratorio.
Asiento. La mano que sujeta el teléfono está firme. El resto de mi cuerpo, no.
—Dígame.
—No es anticongelante. Ni raticida, ni ninguno de los tóxicos ambientales habituales.
Me revuelvo en la silla. El cuero viejo cruje bajo mi peso.
—¿Qué intenta decirme?
Beaulieu se toma su tiempo, eligiendo las palabras con cuidado.
—Es diazepam.
El nombre entra en mi oído y se instala en alguna parte del pecho.
—Una dosis alta —añade—. Lo suficiente para tumbar a un caballo.
Cierro los ojos. Diazepam. Dios santo.
Es, literalmente, como si mirara a través de un objetivo y la cámara fuera enfocando.
La masa confusa a lo lejos empieza a perfilarse.
Poco a poco, momento a momento, la trama va adquiriendo forma.
Detalles que desearía no haber visto nunca: Carol; la puerta cerrada; el peluche; su cambio de actitud repentino a partir de aquello; la llamada de Richard; la última advertencia de Lyle; las salidas nocturnas; la muerte de Burbon; el nunca me preguntes por mi hijo … Todo va encajando.
—¿Está seguro? —pregunto, aunque es la pregunta más estúpida del mundo. Un laboratorio de Vancouver no confunde el diazepam con el anticongelante porque el universo tenga ganas de hacerme pasar un mal rato.
—Confirmado. No hay error posible. —Otra pausa—. Greg, el diazepam no crece en los árboles. Esto no es una intoxicación accidental.
—Ajam.
No me salen las palabras. Gritar no sería apropiado.
—¿Quiere que haga algo con esta información? —pregunta—. Puedo contactar con…
—No. No haga nada. Todavía no.
—Doctor Abbot…
—Todavía no, Marcel.
—De acuerdo. Los resultados completos los tiene en su email. Puede pasar a recoger el cuerpo de su perro cuando quiera.
—Gracias.
Cuelgo. Me quedo sentado mirando la pared de la consulta. Hay un póster del sistema musculoesquelético que lleva ahí desde que llegué, con sus huesos etiquetados, sus músculos de colores y su sonrisa pedagógica de libro de texto.
Diazepam.
El mismo nombre que leí en un frasco de plástico marrón, hace tres noches, en el armario del baño de Carol. Primera balda, segunda fila.
Abro la galería del teléfono. La foto sigue ahí: el conejo gris dentro de la bolsa, iluminado por el flash. La oreja descosida. El ojo de botón suelto. Los productos de limpieza alrededor, como una escena del crimen doméstica que nadie ha acordonado.
Entonces, esta foto era una pregunta sin respuesta. Ahora es la primera pieza de un rompecabezas que no quiero montar.
El mundo se tambalea bajo mis pies, tiembla, se pone a dar vueltas y luego se pone boca abajo.
Pasan unos segundos, quizá más, sin que pueda moverme. Me quedo sentado con el teléfono muerto en la mano. En algún lugar suena el hilo musical que Gladys pone por las tardes. No sé qué canción es. Me siento como si el mundo hubiera sufrido un apagón total.
Tardo un poco en salir del estupor. Cuando lo hago, caigo de golpe en la cuenta de algo que me deja aturdido.
Estoy solo.
Mi exmujer me odia. Mi mejor amigo está muerto. Mi padre no me habla. Mi hermana, la única persona que me quiere incondicionalmente, está a miles de kilómetros. Mi perro ha sido envenenado con benzodiacepinas. Y la mujer de la que me he enamorado lo ha matado y me ha mentido.
No. Peor aún: sigue mintiéndome.
Un momento. Tiene que haber una explicación razonable (la frase aparece por pura supervivencia). Nadie, por muy rota que esté, va por ahí envenenando al perro del vecino con quien se acuesta. Tiene que haber algo que no estoy viendo. Una razón. Un motivo.
¿Por qué lo hiciste, Carol?
¿Qué demonios está pasando? ¿En quién puedo confiar?
Solo tengo una respuesta para esta última pregunta: en nadie.
Me considero un hombre hecho a sí mismo, bastante independiente. Pero en este momento, sentado en una consulta médica de un pueblo perdido de la Columbia Británica, con un póster de huesos mirándome desde la pared y el hilo musical de Gladys flotando por el pasillo, me siento más pequeño que nunca.
Darlene abre la puerta y asoma la cabeza.
—¿Doctor? El siguiente paciente lleva diez minutos esperando.
Parpadeo. Vuelvo al mundo.
—Dile que pase en cinco minutos.
—¿Te encuentras bien? Estás blanco como la nieve de ahí fuera.
—Sí. Cinco minutos y le haces pasar. Gracias.
Conduzco de vuelta a casa con los faros encendidos y la mandíbula apretada. La carretera está oscura. Ha dejado de nevar, pero el cielo sigue gris; es posible que vuelva a nevar pronto.
Al pasar por delante de casa de Carol, aminoro la marcha y observo.
La luz de la cocina está encendida. A través de la ventana, la veo moverse.
Lleva el pelo recogido y una camiseta ancha.
Está poniendo la mesa: dos platos, dos vasos, dos pares de cubiertos.
Es la estampa de una mujer que espera a que su hombre vuelva del trabajo para cenar juntos.
La postal de una vida que podría ser la mía si no supiera lo que sé.
Pero lo sé. Y la postal es una mentira.
Esta noche, el segundo plato se quedará vacío.
Aparco frente a mi casa y salgo del coche. El aire helado me llena los pulmones. Doy tres pasos hacia la puerta y entonces me detengo, me apoyo en la pared y echo las tripas fuera.
No es mucho. Café, bilis y lo que queda del sándwich que comí hace horas. Sale con violencia, en dos oleadas, y me deja temblando con las manos en las rodillas y un hilo de saliva colgando de la boca.
Me limpio con el dorso de la mano. Respiro. El vómito sobre la nieve es amarillo y oscuro, y se hunde despacio entre los cristales de hielo.
Hasta la náusea parece querer esconderse aquí.
Al entrar en casa, me quedo un segundo de más frente a la puerta. Decido que toda precaución es poca y echo el cerrojo. Luego giro la llave y la dejo puesta por dentro, bloqueando la cerradura. Carol tiene una copia. Esta noche, esas llaves no le servirán de nada.
Me quedo en el recibidor, con la espalda contra la puerta y la respiración agitada. Siento que la vida me está pasando por encima.
Y eso que aún no sé que la segunda sorpresa desagradable del día me espera al encender el ordenador.