Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG
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GREG

BAJO LA PIEL

Burbon y yo regresamos del paseo por el sendero del bosque. Él trota delante con el rabo en alto, mientras yo camino detrás con las manos en los bolsillos y una sonrisa tonta que me acompaña desde que me he despertado solo en la cama de Carol.

La sonrisa no se me ha borrado ni al encontrar la nota en la almohada.

«Cierra cuando salgas». Sin firma. Sin corazoncitos. Sin «lo de anoche fue precioso». Carol en estado puro.

Hoy no nos acompaña. He llamado a su puerta antes de salir y no ha contestado. Supongo que estaría haciendo recados, o tal vez necesitaba espacio. Comprensible. Yo también necesitaría espacio si hubiera arrancado botones de una camisa ajena con tal determinación. Sonrío para mis adentros.

El día es frío pero despejado. El sendero cruje bajo mis botas.

Los pinos huelen a resina y a tierra mojada.

Es una buena mañana, de esas que no tenía desde hace meses, quizá años.

Y eso me incomoda un poco. La felicidad, cuando no estás acostumbrado a ella, se parece a un ruido extraño en el coche: puede ser normal, pero una parte de ti espera que algo explote .

Burbon encuentra un nuevo tesoro. Esta vez no es un palo ni una piña, tampoco un peluche viejo.

Lo de hoy es un manojo de flores silvestres.

Lo lleva entre los dientes. Flores pequeñas, mustias, de colores apagados: violetas, amarillas y alguna blanca.

Los pétalos están secos y se deshacen al tocarlos.

Los tallos aparecen atados con una cinta descolorida que en algún momento fue de raso.

Me detengo.

—¿De dónde has sacado eso, gamberrillo?

Burbon mueve el rabo, que es su respuesta para casi todo. Le quito las flores de la boca con cierta dificultad.

La cinta está bien atada con un nudo. Un lazo.

Tiro el ramillete al borde del camino como haría con cualquier hierbajo seco, pero Burbon las recoge de inmediato, como si fuera lo más valioso del mundo.

Me observa con la expresión de un perro que no entiende por qué su humano rechaza un regalo tan magnífico.

—Suelta eso, anda.

Cruzo los brazos. Si los perros entienden el lenguaje corporal, sabrá que no estoy de broma.

Pero se niega a obedecerme. Sigue trotando con el manojo en la boca, orgulloso. Un setter rojo llevando flores muertas por un bosque canadiense. Hay una metáfora ahí, pero no pienso agacharme a recogerla. Decido que no merece la pena pelearme con un perro por un puñado de flores muertas.

Al salir del bosque, oigo el raspar del metal contra la piedra antes de verla.

Carol está en su camino de entrada, pala en mano, empujando una lengua de nieve hacia el borde.

Ha apilado un montículo a un lado, alto como una rodilla, y detrás de ella queda una franja de asfalto negro y mojado que brilla al sol.

Lleva el pelo recogido en una coleta alta, una camiseta oscura pegada a su espalda por el sudor y las mejillas encendidas por el esfuerzo.

Es una imagen que no tiene nada que ver con la Carol de anoche, y sin embargo, me resulta igual de atractiva.

Quizá más. Hay algo en una mujer que resuelve sus propios problemas con una herramienta entre las manos que provoca un cortocircuito muy específico en el cerebro masculino.

Parte admiración, parte deseo de quitarle la pala y tumbarla ahí mismo, sobre el montículo de nieve.

—Buenos días —exclamo.

Carol clava la pala en el montículo y me mira.

—Buenos días.

Y ahí estamos. Dos adultos que anoche hicieron cosas que sonrojarían a un guionista de cine X y que esta mañana no saben si saludarse con un beso, con una sonrisa o con un asentimiento formal desde la distancia reglamentaria. La civilización no nos preparó para esto.

—Sabes que hay gente que se dedica a eso, ¿verdad? —digo, señalando la pala—. Profesionales con máquinas que cobran.

—Nevó anoche. —Empuja otra tongada hacia el borde—. Si no lo quito ahora, por la tarde se convierte en hielo y ya no lo quita nadie hasta abril.

—Así que por eso no has venido al paseo.

—Alguien tiene que poder sacar el coche.

—Podrías haberme pedido ayuda.

Carol apoya el pie en el filo de la pala y la hunde en la nieve compacta.

—Llevo cinco años quitando mi propia nieve, Greg.

—Lo sé. Solo digo que si alguna vez necesitas ayuda…

—¿Vas a sujetarme la pala?

El metal chirría contra el suelo y la nieve sale despedida en un arco limpio.

—No, pero puedo sujetarte la cerveza mientras tú paleas. Cada uno con sus talentos.

Eso le arranca media sonrisa. La media que me concede cuando algo le ha hecho gracia, pero no piensa darme la satisfacción completa.

—Ah, por cierto —dice, mientras vuelve a hundir la pala—. Ha pasado el de las bombonas de butano. He pedido que dejaran una llena en tu porche.

—Gracias. No tenías por qué hacerlo.

—No quería que te quedaras sin gas. Tienes que practicar mucho tus dotes culinarias.

Me río.

El aire entre nosotros tiene algo nuevo. No confianza plena. No todavía. Pero sí una especie de hilo tendido de una casa a otra. Un puente pequeño. Y como me gusta vivir al límite, digo:

—Mira, voy a darte una copia de mis llaves. Así, la próxima vez que pase el del butano, puedes abrir sin problema para que dejen la nueva y se lleven la vieja.

La pala se queda quieta a medio camino.

—¿Vas a darme una copia de tus llaves?

—Para el butano —digo deprisa—. Y para emergencias. Por si un día las pierdo o me quedo fuera. O por si Burbon necesita algo y yo estoy en la consulta. Cosas prácticas. Nunca se sabe.

Mentira. Una llave no es solo una llave. Es acceso. Una llave dice: «puedes entrar cuando no estoy». Una llave abandona oficialmente el territorio de vecinos y entra en otro más emocionante y pantanoso.

Ella me mira como evaluando si la propuesta tiene un segundo nivel lleno de minas emocionales. Decido no darle tiempo a analizarlo y remato con una broma.

—Echar un polvo tiene que dar derecho a algo, ¿no?

Carol parpadea. Luego mira hacia el bosque. Un rubor colorea sus mejillas.

—Es solo una llave, Carol —añado—. No un anillo de pedida.

—Más te vale.

Deja la pala apoyada contra el montículo de nieve.

Burbon elige ese momento para acercarse a Carol con su trofeo. Las flores mustias asoman por ambos lados de su boca como un bigote vegetal. Se sienta frente a ella, muy orgulloso. Si pudiera hablar, diría: «Para ti, humana del hacha. Acepta mi ofrenda».

Carol observa el ramo. La expresión le ha cambiado, aunque no sabría descifrar lo que dicen sus ojos. No se lleva la mano al pecho, ni retrocede, ni susurra ningún nombre perdido. Ella no funciona así. Ella se contrae por dentro y, si no estás prestando atención, te lo pierdes.

Pero yo estoy prestando atención. Siempre estoy prestando atención. Es uno de mis defectos.

—¿Qué lleva en la boca? —pregunta.

—Flores muertas. Las ha encontrado en el bosque. No sé de dónde las ha sacado. Estaban atadas con una cinta. —Me encojo de hombros—. Creo que quería traerte un regalo. Es un romántico.

No me sigue la broma. Solo mira el ramillete. Mira al perro. Mira las flores otra vez.

—Son hierbajos —dice con desdén.

Le quito las flores a Burbon, que protesta con un gruñido triste.

—Perdona, Romeo.

Cuando me vuelvo hacia Carol, su postura ha cambiado. No sé si se ha estremecido o si es el frío de la mañana. Un endurecimiento mínimo. Una contracción. Dura un segundo. Luego vuelve a coger la pala.

—Bueno —dice—. Esta nieve no se va a quitar sola.

La hunde en el montón y empuja con el hombro. La hoja engancha algo debajo —el hielo compacto, el borde del bordillo, una piedra— y el mango se detiene en seco contra la palma de su mano. Carol tuerce el gesto y se lleva la mano a la muñeca izquierda con un gemido ahogado.

—¿Estás bien ?

—No es nada. —Flexiona los dedos—. Un pinchazo. Ya me había dado un aviso antes.

—¿Antes cuándo?

—Hace un rato. Antes de que llegaras. Pero se me ha pasado rápido.

—Déjame ver.

—Greg, no es nada. Solo un tirón.

—No seas tozuda. Me gano la vida con esto, ¿te acuerdas?

Carol suspira con la resignación de quien sabe que discutir con un médico sobre un tema clínico es como hacerlo con un muro.

Me tiende la muñeca y la palpo con cuidado.

La piel está caliente pese al frío. Hay una inflamación leve en la cara cubital, justo encima de la articulación.

Paso los dedos con suavidad por el borde distal del cúbito.

Le pido que gire la mano. Ella aprieta los dientes.

—¿Te duele ahí?

—No.

Pongo los ojos en blanco. Sé que acaba de ver las estrellas; su mueca es inconfundible. Carol puede fingir muchas cosas, pero el sistema nervioso periférico es un pésimo actor.

—Abre y cierra los dedos.

Lo hace. Al cerrar el puño, el color abandona su cara.

—Aprieta mi mano.

Aprieta. La fuerza de presión es significativamente menor en la izquierda que en la derecha.

—Esto es más que un tirón —digo.

—Será una tendinitis. Llevo una hora con la pala.

—Puede ser.

—Perfecto. Entonces, hielo, descanso y deja de mirarme como si hubiera que amputar.

—Deberías hacerte una radiografía.

—Tonterías. No pienso hacerme una radiografía.

Me cruzo de brazos y ladeo la cabeza .

—No voy a ir a la clínica por un pinchazo en la muñeca —insiste.

—No es un pinchazo. Es inflamación con limitación funcional y déficit de fuerza prensil. En cristiano: algo va mal y una placa nos dirá qué es.

Me escruta. El rechazo le cruza la cara como una sombra. No le gustan los médicos, ni las consultas, ni que nadie mire lo que hay debajo de la superficie.

—Solo es una radiografía —digo, bajando la voz—. Diez minutos. Entras, hacemos la placa, miro los resultados y volvemos. Sin dramas.

Carol mira la leña. Luego su muñeca. Y finalmente su casa, como si esta pudiera darle una excusa para no ir.

—Diez minutos —repite—. Y volvemos.

—Quince como mucho.

—Si me haces esperar más de quince, me largo.

—Trato hecho. Iremos en mi coche.

Al final tardamos siete minutos en hacer la radiografía.