GREG
JUDAS
Riley’s estaba en la esquina de Dearborn con Huron, encajado entre una tintorería y un estudio de tatuajes.
No era el tipo de bar frecuentado por gente famosa.
Y ese era precisamente el punto. Más bien era el clásico garito de barrio al que uno acudía buscando pasar desapercibido, lejos de miradas curiosas y peticiones inoportunas.
Para un quarterback de los Bears, era el refugio perfecto.
Ray era de esos hombres que no podían comprar leche sin que alguien sacara el móvil, gritara su nombre o intentara explicarle cómo debería haber gestionado el tercer down contra Detroit.
En una ocasión, en ese mismo bar, fui testigo de cómo una fan le suplicó que le firmara en los pechos con un rotulador permanente.
Y, a decir verdad, no tuvo que insistir demasiado.
Riley’s contaba con pantallas grandes, cerveza de barril, un camarero llamado Phil que nunca pedía fotos, y dos taburetes al fondo de la barra, junto a la salida de emergencia, que Ray y yo considerábamos nuestros por derecho de antigüedad.
Nadie se sentaba allí salvo nosotros; Phil se encargaba de eso.
Esa noche, los Bulls jugaban contra los Celtics en la pantalla de encima de la barra.
Ray llegó con una sudadera oscura, la capucha bajada, y unas zapatillas blancas que cantaban más que un político conectado a un polígrafo.
Una cadena de oro asomaba por su cuello, brillando con cada movimiento.
Ray caminaba por la vida como si el suelo le perteneciera.
Los Bears habían ganado esa tarde. Veinticuatro a diecisiete contra los Packers, gracias a un pase suyo en el último cuarto que había puesto en pie a todo Soldier Field.
Yo lo había visto desde el palco de invitados, mordiendo un perrito caliente de catorce dólares y preguntándome si los tendones de su hombro derecho aguantarían otra temporada.
Ese era mi problema. Otros amigos veían un pase imposible bajo presión y gritaban como animales. Yo, en cambio, veía abducción excesiva, rotación externa forzada y un manguito rotador que llevaba meses pidiendo clemencia.
Ser traumatólogo arruina parte del espectáculo.
—Doctor Abbot —dijo, dejándose caer en el taburete a mi lado.
—Señor Mercer.
—¿Has pedido?
—Te estaba esperando. ¿Tienes hambre?
—He comido una barrita energética y medio plátano en el descanso. —Levantó la mano para llamar a Phil—. Como Phil no nos sirva pronto, me voy a comer tu brazo.
—¿Esta cosa fofa? —dije, levantando el bíceps. No era fofo; lo trabajaba a diario. Pero comparado con el brazo de Ray, el mío parecía hecho de plastilina—. El templo de tu cuerpo merece algo mejor.
—Mi templo quiere alitas. Con salsa barbacoa. Y patatas. Y una jarra de cerveza. Y que mi traumatólogo favorito deje de mirarme como si fuera una radiografía con patas, joder.
Phil apareció. Ray le dio la mano, lo llamó por su nombre y le preguntó por su hija, que acababa de empezar primero en Ohio State. Luego pidió para los dos sin consultar la carta, porque llevábamos años pidiendo lo mismo.
Eso era Ray. Recordaba el nombre de la hija del camarero.
Recordaba que Phil tenía problemas de espalda y le recomendaba estiramientos que había aprendido de su fisioterapeuta.
Dejaba propinas que duplicaban la cuenta.
No era un acto de cara a la galería, ni relaciones públicas.
A él le interesaba la gente de verdad, y esa era una de sus mejores cualidades.
Por eso Phil le daba lo que quería sin pedir explicaciones. Y yo también.
Las cervezas llegaron. Del bolsillo interior de la chaqueta saqué un frasco pequeño de plástico y lo dejé sobre la barra, junto a la jarra de Ray, como quien deja un mechero, unas llaves o cualquier otro objeto sin importancia.
Él lo cogió sin mirarlo y se lo guardó en el bolsillo de la sudadera con naturalidad.
Ninguno de los dos dijo nada. Phil estaba de espaldas, secando vasos. En la pantalla, los Bulls perdían un balón en el centro del campo.
Ray levantó su cerveza y sonrió. Dientes perfectos, blancos, absurdamente luminosos contra su piel oscura.
—Por los Packers. Que descansen en paz.
Chocamos las jarras. Eran buenos tiempos.
—¿Cómo está el hombro? —pregunté.
Ray cerró los ojos un segundo.
—Ya estamos. ¿Podemos cenar en paz?
—Solo es una pregunta de tu traumatólogo.
—Está perfectamente. ¿Es que no has visto el último pase?
—¿Puedo verlo?
—No.
—Ray.
—No vas a examinarme el hombro en un bar, Greg. No me toques los cojones. Estamos en público .
—Eso no te impidió quitarte la camiseta en la boda de Donovan para enseñarle tus tatuajes a la madre de la novia.
Soltó una carcajada.
—La señora Whitfield me lo pidió. No puedes negarle nada a una mujer de setenta años que te lo pide con esa educación. Además, le encantaron mis tatuajes. Dijo que el dragón del bíceps le recordaba a su difunto marido.
—¿Su difunto marido tenía un dragón tatuado?
—No. Tenía mal genio y echaba fuego por la boca. —Sonrió. Tenía una sonrisa que ocupaba toda la cara: dientes blancos, ojos entornados, hoyuelos que aparecían como dos paréntesis simétricos en sus mejillas—. El hombro está bien. Te lo juro. Un golpe de nada.
—Te he visto caer de espaldas después de ese placaje en el tercer cuarto.
—Greg.
—La rotación del brazo al impactar contra el suelo fue de más de noventa grados.
—¿Has medido eso desde el palco?
—Eso, en una articulación que ya tiene desgaste crónico del manguito rotador, podría significar una lesión slap del labrum que, si no se trata…
—Greg, me cago en la puta…
—…acabará requiriendo infiltración de aquí a final de temporada.
Ray me miró fijamente hasta que terminé de hablar. Ya no sonreía.
—¿Has terminado?
—No. También quiero ver la rodilla izquierda. Cojeas.
—Qué cojones voy a cojear.
—Tercer cuarto, después de la carrera de veintitrés yardas. Apoyabas el peso en la derecha.
—Me dio un calambre .
—Los calambres no duran cuarenta minutos.
—Los míos sí, ¿vale? Terminemos ya la puta consulta.
—Ray, soy tu médico.
—Eres mi amigo. Mi médico es Hendricks.
—Hendricks no te trae pastillas mágicas —dije, bajando la voz.
Apoyó los antebrazos en la barra. Durante un instante, no fue el quarterback, ni el héroe local, ni el hombre que hacía reír a camareros y ancianas en bodas. Fue un atleta agotado, con hielo en las articulaciones, dolor escondido bajo la ropa y una temporada entera arrastrando lesiones.
—Él me deja cenar en paz —dijo.
Phil trajo las alitas. Ray atacó la primera como si llevara una semana sin comer, lo cual, conociendo su dieta de competición, no estaba tan lejos de la realidad. Yo cogí una patata, la mojé en kétchup y miré la pantalla sin ver nada.
Ray se dio cuenta. Él siempre se daba cuenta.
—¿Qué te pasa?
Mordí media patata. Seguía mirando la repetición del último mate.
—Nada.
—Greg, te conozco desde hace ocho años. Algo te está comiendo la cabeza y dentro de dos cervezas estarás contándomelo con pelos y señales. Así que, ¿por qué no nos ahorramos la espera y me lo cuentas?
A Ray se le daba muy bien escuchar. No como esos hombres que esperan su turno para hablar mientras tú finges no notar que han dejado de estar presentes.
Él escuchaba cada palabra, mantenía la mirada, no interrumpía, no convertía tu problema en una anécdota suya.
Eso no era fingido, y no lo hacía solo con sus amigos.
Le fascinaba la gente. Yo diría que era su mayor virtud como amigo, pero probablemente sería más acertado decir que era su mayor virtud como seductor.
Las mujeres solteras tienen defensas contra casi todas las técnicas de ligue, pero ¿un tío que se preocupa de verdad por lo que dicen?
Eso atraviesa blindajes. Aprendices de Don Juan, tomad nota.
—Creo que Linda me engaña —dije.
La frase salió de mi boca con menos drama del que esperaba.
Quizá porque llevaba semanas ensayándola en mi cabeza, midiéndola, calibrando el peso de cada palabra.
Cambiando el verbo, cambiando el orden, buscando una versión que no sonara patética.
A fuerza de repetirla, se había convertido en algo clínico.
Un diagnóstico más: el paciente presenta síntomas compatibles con infidelidad conyugal.
Ray dejó la alita en el plato. Se limpió los dedos con una servilleta. Despacio. Una pasada por el pulgar. Otra por el índice. Luego dejó la servilleta junto a la jarra y me miró.
—¿Por qué dices eso?
En aquel momento, me pareció una pregunta prudente. Sensata. La de un amigo que no quiere negar ni afirmar antes de escuchar.
Ahora sé que solo estaba comprando tiempo e información.
—Llega tarde tres o cuatro noches por semana —dije—. Siempre cenas con clientas. Nunca da nombres. Nunca da detalles. Y la semana pasada olía a un perfume que no es el suyo.
Cogió la cerveza.
—¿Qué perfume?
—No lo sé. Algo dulce. Caro. No es el que ella usa. Creo que es de hombre. Lo he olido antes en algún sitio, pero no consigo ubicarlo.
Bebió un trago largo. Cuando dejó la jarra en la barra, tenía espuma en el labio superior.
Luego hizo algo raro: levantó la mano y pidió otra a Phil.
La que tenía estaba por la mitad. Pequeño detalle.
Incriminatorio solo en retrospectiva. La memoria humana es un fiscal tramposo: introduce pruebas años después y pretende que siempre estuvieron ahí.
—¿Cuánto tiempo llevas dándole vueltas a esto? —preguntó, limpiándose la espuma con el dorso de la mano.
—Semanas. Un mes, quizá.
—¿Has mirado su teléfono?
—No.
—¿Le has preguntado directamente?
—No.
—¿Y por qué no?
Buena pregunta. La respuesta era simple y patética: porque si le preguntaba y la respuesta era sí, mi vida se acababa. Y mientras no preguntara, mi vida podía seguir existiendo en esa zona gris donde las sospechas son solo sospechas y la realidad puede ser lo que tú quieras que sea.
La incertidumbre es una habitación horrible, pero tiene un techo. La verdad, a veces, es la calle en invierno.
—Porque tengo miedo de la respuesta —dije.
Ray cambió de postura en el taburete. Miró la pantalla un segundo. Los Bulls iban perdiendo por doce. Volvió a mirarme.
—Mira, tío. Voy a decirte lo que pienso, y no te va a gustar.
—Adelante.
—Creo que son paranoias.
—¿Paranoias?
Se inclinó hacia delante.
—En serio. Linda te quiere. La he visto contigo. No es una mujer que finja.
Mentira. Linda era muchas cosas. Una de ellas, descubrí después, era una mujer que fingía con un talento casi artístico.
—Y tú llevas meses trabajando como un animal —continuó—.
Duermes cinco horas diarias, operas a las siete de la mañana, sales de consulta a las diez de la noche y vives con el móvil pegado a la mano.
Cuando estás agotado, tu cabeza inventa cosas.
Lo he visto en compañeros que juegan lesionados: el dolor te jode la perspectiva. Todo se vuelve sospechoso.
Ray me estaba ofreciendo una salida. Una explicación donde yo no era un marido traicionado, sino un hombre cansado. Un médico estresado. Un paranoico funcional con exceso de trabajo.
Quería creerle. Dios sabe que quería creerle. Ese diagnóstico era mucho más manejable.
—¿Y el perfume? —pregunté.
Se encogió de hombros.
—Puede haber probado uno nuevo en una tienda. O quizá una compañera se lo echó en el baño del curro. O tal vez lo ha comprado como regalo para alguien. Hay mil explicaciones que no implican que tu mujer se esté acostando con otro. Hazme caso, hermano.
—¿Y las llegadas tarde?
—Es diseñadora de interiores. Todo el mundo llega tarde en esta ciudad.
El tráfico es una mierda, los clientes son peores y los restaurantes en los que se cierran tratos no te dejan irte antes de las once.
—Bebió de su cerveza nueva—. Yo llego tarde a todo y no es porque esté engañando a nadie.
Es porque la Kennedy es un infierno. A ti te pasa lo mismo, no me digas que no.
Me reí. No porque fuera gracioso, sino porque necesitaba reírme.
—Escúchame —dijo, y su voz bajó medio tono—. Linda te quiere. Estoy seguro. Dale tiempo. Invítala a cenar. Regálale un fin de semana. Tómate un día libre y dedícale una noche entera sin mirar el teléfono. A veces, cuando dejas de buscar el problema, el problema desaparece.
Esta vez no me miraba a los ojos. Miraba su cerveza, el cristal empañado, las burbujas que subían despacio. Luego levantó la vista y sonrió .
—Paranoico de mierda.
—Puede ser.
—No puede ser. Lo eres. Es un hecho clínico. Doctor Abbot diagnosticado con paranoia crónica aguda. Tratamiento recomendado: cerveza y alitas de pollo. —Empujó el plato hacia mí—. Come, que estás más flaco que el pateador de los Packers, y ese tío pesa cincuenta kilos mojado.
Comí. Bebimos. Los Bulls perdieron por diecisiete. Phil nos trajo la cuenta y Ray la pagó sin mirarla, como siempre. Dejó cincuenta dólares de propina sobre una cuenta de sesenta. Phil le dio las gracias y Ray le dijo que le mandara un abrazo a su hija.
Y yo pensé: qué buen tipo.
En la puerta del bar, me dio un abrazo. No uno de esos abrazos rápidos con palmada en la espalda. Fue un abrazo firme, largo, de los que se dan los amigos que saben que el otro está jodido y no pueden hacer nada más que estar ahí.
Apoyó la boca cerca de mi oído.
—Deja de darle vueltas, ¿vale? Va a estar todo bien. Confía en mí.
Confía en mí.
Tres palabras. En aquel momento, fueron una cuerda. Ahora son una sierra.
Le di una palmada en el hombro.
—Haz que Hendricks te mire esa rodilla, ¿quieres?
—Mi rodilla está perfecta.
—Tu rodilla es un desastre. Y tu hombro también.
—Mira que eres coñazo, hermano. Tu cabeza sí que está jodida. Y aun así te quiero. ¿Lo sabes?
Asentí.
—Lo sé.
Se alejó hacia su coche, un Range Rover negro que brillaba bajo las farolas de Huron Street. Antes de abrir la puerta, sacó el teléfono del bolsillo de la sudadera y escribió un mensaje. Rápido, con los dos pulgares. Guardó el teléfono y se subió al coche.
En aquel momento no le di importancia. Pensé que le escribía a su entrenador. O a la modelo con la que salía esa semana. O a su madre, que vivía en Alabama y lo llamaba después de cada partido para asegurarse de que estaba entero.
Ahora sé a quién le escribía.
Abro los ojos.
La habitación de Carol. La oscuridad. El viento golpea la ventana. El cuerpo cálido de una mujer dormida contra el mío.
El recuerdo del Riley’s se disuelve como el humo de una vela, pero deja un residuo persistente: la sonrisa, el abrazo, el «confía en mí».
Carol respira despacio, con la boca entreabierta y una mano cerrada bajo la barbilla. La luz de la luna dibuja su perfil contra la almohada. En la penumbra, parece más joven.
Confía en mí , dijo Ray.
No me preguntes por mi hijo , dijo Carol.
Las personas en quienes más confías son las que tienen mayor capacidad para destruirte. Es un hecho que he verificado en mi propia piel y que, tumbado en la cama de una mujer que huele a colonia infantil y tiene una puerta cerrada en el pasillo, elijo ignorar una vez más.
Cierro los ojos.
Pero el sueño no llega.