Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG
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GREG

DESNUDEZ

No acabo de comprenderla.

Al principio, en nuestros primeros encuentros, no me dio a entender que tuviera interés en mí.

Más bien todo lo contrario. Y ahora estoy tumbado en su cama, en la oscuridad, desnudo, con mi respiración calmándose y el cuerpo de Carol contra el mío bajo una manta gruesa que se siente como lo más suave que ha rozado mi piel.

Sé muy bien que esa clase de pensamientos no debería tomarse en serio después del sexo, cuando el cerebro libera sustancias químicas diseñadas para convencernos de que todas nuestras decisiones han sido excelentes.

¿Qué me está pasando? Estoy hechizado por esta extraña mujer.

Estoy a punto de quedarme dormido con el suave vaivén de su respiración cuando Carol me lanza una pregunta inocente que está a punto de desencadenar la conversación más honesta que he mantenido en años.

—¿Por qué se llama Burbon?

Tiene la cabeza apoyada en mi pecho y sus dedos dibujan círculos lentos junto a mi clavícula.

—Fue idea de mi mujer —digo.

Sus dedos se detienen .

Error.

No sé por qué lo he dicho así. Podría haber dicho «mi ex». Pero no. Mi cerebro ha elegido «mujer» porque es un saboteador con excelente puntería.

—Era muy aficionada a los juegos de palabras —continúo, porque cuando uno mete el pie en una trampa, lo lógico es moverlo para asegurarse de que se cierre del todo—. Nos conocimos en una cata de bourbon en Chicago. Cuando llegó el cachorro, le pareció romántico.

Noto cómo su cuerpo se tensa sobre el mío.

—Vaya. No sabía que estuvieras casado.

—Lo estuve. Ya no. Nos divorciamos.

Ninguno de los dos ha encendido la luz. Quizás por eso el diálogo resulta más fácil. En la oscuridad no hay que sostener la mirada ni controlar la expresión. En la oscuridad, las palabras pesan menos.

Me preparo para la pregunta evidente: ¿qué pasó? Pero Carol nunca sale por donde esperas, es algo que estoy aprendiendo a marchas forzadas.

—Es gracioso —dice, y sube la mano hasta mi barbilla—. El perro tiene el pelaje del color del whisky. Así que el nombre le viene por partida doble.

Me río. Es la misma asociación que he hecho cien veces. Bourbon el licor y bourbon el color.

—Háblame de tu ex —digo de pronto, sin siquiera pensarlo.

Silencio. Los dedos de Carol se detienen otra vez.

—Nunca te he dicho que estuviera casada.

No contesto. Por la cadencia de su respiración, sé que he metido la pata.

—Te lo ha contado alguien del pueblo, ¿no?

Me encojo de hombros, como quitándole hierro al asunto.

—Puede ser. No lo recuerdo.

Claro que lo recuerdo. Fue Darlene. Y Gladys. Y la Fenton. Todos en este pueblo tienen algo que decir sobre Caroline Tremblay. La mujer cuyo marido se fue. A la que le quitaron un hijo.

Ella no responde de inmediato. Cuando lo hace, su voz se ha vuelto plana. Mecánica. Como quien recita un texto aprendido para una entrevista.

—Se llamaba Richard.

Ahí está. El tipo de la llamada de madrugada. El disparador invisible que la sacó de mi sofá como si mi casa estuviera ardiendo.

—Me dejó y se llevó al niño —dice—. Tenía el dinero, los abogados, los contactos. Yo no tenía nada de eso. No pude hacer nada para quedármelo.

—¿Dónde están ahora?

Ella parece titubear.

—En Nueva York.

Escucho con atención. Cada palabra es como una pieza de un puzle distinto. ¿El hombre la dejó y se llevó al niño, sin más? ¿Ella perdió la totalidad de la custodia? ¿Por qué?

Pero la voz de Carol me preocupa más que la historia. Cuando alguien habla de una pérdida real, la voz rara vez se mantiene tan recta. Puede pasar, sí. El cuerpo humano es creativo en sus mecanismos de defensa. Pero esto suena ensayado. Como una versión autorizada. Una mentira limpia.

Yo conozco las mentiras limpias.

Tengo una propia. La que cuento cuando alguien pregunta por qué he acabado aquí.

La versión con bordes redondeados, sin accidentes, sin nombres, sin el momento exacto en que supe que algo iba mal.

Una historia suficientemente verdadera para que el otro deje de preguntar y suficientemente falsa para que yo pueda dormir.

Elijo creerla.

No porque la crea, sino porque la alternativa sería preguntar más. Y preguntar más significaría arriesgarme a que Carol se cierre, se levante, se vista y no vuelva a abrir la puerta.

No estoy dispuesto a perderla esta noche.

—Lo siento —digo.

—No lo sientas. Fue hace mucho.

Silencio. Luego, tan bajo que casi no lo oigo:

—A veces lo echo tanto de menos que me olvido de respirar.

Esta vez sí, la voz se quiebra. No sé si habla del hijo o de Richard. Pero esa frase no está ensayada. Esa frase se ha escapado por una grieta.

Me muero de ganas por preguntarle por su hijo. Cómo se llama. Cuántos años tiene. Si la puerta cerrada del pasillo fue su habitación. Si tiene algún contacto con él. Si ha vuelto a verlo desde que el tal Richard se lo arrebató. Pero me reprimo.

No me preguntes por mi hijo, Greg.

Nunca.

Me levanto para ir al baño. El pasillo está oscuro y me río por dentro al imaginarme desnudo, en una casa desconocida, buscando a tientas el lavabo. La madera del suelo está fría bajo mis pies.

La puerta cerrada está a mi derecha. Me detengo.

Antes no he preguntado, pero ahora, en la oscuridad, a las dos de la madrugada, con el cuerpo todavía caliente y la cabeza suelta por el vino, esta puerta ejerce una atracción distinta.

No es solo curiosidad, sino algo más visceral: la certeza de que detrás de esa puerta hay algo que Carol no quiere que vea.

Y la certeza, igual de firme, de que lo que sea que hay ahí dentro es la razón por la que esta mujer vive como vive.

Levanto la mano. Mis dedos encuentran el pomo. Lo rozan. El metal está frío.

Al otro lado, silencio. Claro que hay silencio. ¿Qué esperaba? ¿Música de caja de niños? ¿El llanto de un fantasma? ¿Una voz diciendo «Greg, deja de ser idiota y ve al baño» ?

—¿Greg?

Doy un respingo. La voz de Carol llega desde el dormitorio.

—¿Te has perdido?

Retiro la mano.

—El baño es aquí, ¿no?

—La puerta de la izquierda.

—Vale. Ya lo he encontrado.

Entro en el baño y hago mis cosas sin tocar nada; siempre me ha parecido que hay algo sagrado en el lavabo de una mujer, como la eucaristía de un cura. Entrar ahí de noche, descalzo y sin ropa, después de haber estado en su cama, me produce una mezcla de ternura y vergüenza.

Cuando vuelvo al dormitorio, Carol está exactamente donde la he dejado: tumbada de lado, con la sábana hasta la cintura y los ojos abiertos en la penumbra.

Esperándome.

Al tumbarme de nuevo, ella aparta la sábana y se pone a horcajadas sobre mí.

Volvemos a la carga.

Esta vez, parece durar una eternidad. Cuando estoy a punto, ella casi se detiene. Pero no del todo, sino que oprime, relaja y vuelve a oprimir, hasta que finalmente me corro con tal violencia que me zumban los oídos.

—¡Jo-der! —murmuro cuando puedo hablar—. ¿Dónde has aprendido a hacer eso?

—En clase de filosofía —dice ella, muy seria.

La noche avanza y juntos disfrutamos de la calma de nuestro silencio. El viento golpea la ventana con una cadencia irregular.

Pienso en Linda. No debería. No aquí ni ahora, con otra mujer desnuda a mi lado, en la mejor noche que he tenido en años.

Pero no somos dueños de nuestros pensamientos; quien diga lo contrario nunca ha tenido algo serio que olvidar.

Y la mención de la cata de whisky ha abierto una puerta que no esperaba.

Mi mente se detiene en una noche concreta.

Estoy en nuestro ático de la avenida Míchigan.

No oigo la llave en la cerradura, así que me sobresalto al ver a Linda aparecer por la puerta de la cocina.

Llega tarde. Dice «cena con clientas» mientras deja el bolso sobre una silla.

Yo la estoy esperando con dos copas de vino que llevan una hora servidas.

Una de ellas ya tiene una fina película en la superficie.

Linda pasa por mi lado y percibo el olor.

No es su perfume habitual. O, al menos, no es solo eso.

Mi olfato identifica algo más pesado, dulce y caro.

Un aroma lejanamente familiar, como algo que oliste una vez al pasar por delante de una tienda.

No digo nada. ¿De qué serviría? Uno siempre cree que las grandes traiciones llegan con señales enormes: lápiz de labios en el cuello, mensajes descubiertos, una mentira mal construida.

Pero a veces llegan como un olor que no puedes demostrar.

Le pregunto si ha cenado.

—He picado algo.

Luego se acerca, posa las dos manos sobre mi cráneo y me besa en la coronilla.

—Estoy muerta. Voy a darme una ducha y me voy a la cama directa.

Cuando desaparece por el pasillo, me termino el vino de un trago.

Oigo cómo se mete en el baño. El grifo se abre. Nuestra relación es un cable que lleva meses tensándose.

Sé lo que está pasando. Lo que pasa es que no quiero afrontarlo.

Vuelvo al presente.

El pelo de Carol sigue extendido sobre mi pecho. Su respiración es lenta, lo que me hace preguntarme si se habrá quedado dormida. La luz de la luna se cuela por la rendija de la cortina e ilumina su hombro, la clavícula, la curva del cuello.

Hay personas que iluminan una habitación y personas que la calientan.

Linda iluminaba. Entraba en un sitio y todo el mundo la miraba: hombres, mujeres, camareros y hasta los perros. Era magnética, deslumbrante, imposible de ignorar.

Carol calienta. Entra en un sitio y este se vuelve habitable. No deslumbra. No exige atención. Pero cuando se va, la habitación se enfría.

Y yo me pregunto si estaré cometiendo el mismo error. Con Linda, vi las señales y decidí no mirarlas. Con Carol, las señales están por todas partes y estoy eligiendo no mirarlas otra vez.

La puerta cerrada.

Richard.

Nueva York.

El hijo.

La casa sin fotos.

La frase rota.

A veces lo echo tanto de menos que me olvido de respirar.

Mi corazón lleva días gritándome desesperado, pataleando, intentando advertirme de algo. Y yo, que debería ser un hombre racional, lo estoy acallando poniéndole una mordaza.

—Me engañó con mi mejor amigo —digo de pronto.

Carol, que no estaba dormida, levanta la cabeza de mi pecho.

—Mierda —susurra—. Lo siento. ¿Cómo te lo tomaste?

La pregunta queda flotando en la oscuridad del dormitorio, entre el sonido del viento y el de nuestras respiraciones.

¿Cómo me lo tomé?

No respondo.