Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG
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GREG

PUNTO DE NO RETORN O

La nota está pegada en mi puerta cuando vuelvo de la consulta. Un trozo de papel blanco doblado por la mitad, sujeto con cinta adhesiva al marco de madera. El viento lo sacude con pequeños latigazos.

Sin firmar. No hace falta ser Sherlock Holmes para deducir quién es la autora.

Tres frases. Sin explicación ni signo de interrogación que sugiera la posibilidad remota de que yo tenga algo parecido a libre albedrío.

No es una invitación: es una convocatoria.

Si algún día la ONU necesita un redactor para sus ultimátums, ya tengo candidata.

A las ocho en punto cruzo el jardín con una botella de tinto en la mano y una sensación extraña en el estómago que no tiene nada que ver con el hambre.

El cielo está despejado, pero la noche conserva ese frío seco.

La nieve cruje bajo mis botas. Cada paso hacia la casa de Carol suena demasiado alto.

He visto esa casa desde fuera todos los días desde que llegué a Shelter Creek. Las cortinas cerradas. El porche barrido con una disciplina casi militar. El pequeño camino despejado de nieve antes incluso de que el resto del pueblo haya terminado de maldecir el invierno.

Pero nunca he entrado.

Hay una diferencia enorme entre mirar una casa y entrar en ella.

Golpeo la puerta con los nudillos. Carol abre casi de inmediato. Reprimo un suspiro. Nunca la he visto con el pelo así, ondulado. Le llega a los hombros en ondas naturales, algo indomables. Lleva un jersey gris de cuello amplio y unos vaqueros. Nada espectacular. Nada pensado para deslumbrar.

Lo consigue igualmente.

Esto es muy inconveniente.

—Pasa —dice.

Le tiendo la botella.

Me la quita de las manos con una media sonrisa y se aparta para dejarme pasar.

Me siento como cuando fui a la casa de aquella profesora buenorra de mates para preparar un examen que se me había atascado.

Mi cerebro empieza a registrar cosas antes de que mis pies lleguen al salón.

La casa está limpia y ordenada. No hay abrigos tirados sobre una silla, ni cartas abiertas en una mesa auxiliar, ni tazas olvidadas, ni libros boca abajo, ni calcetines perdidos.

Todo está en su sitio. Me llama la atención el minimalismo; no es propio de una casa de Shelter Creek.

No hay fotos colgando de las paredes, ni marcos sobre las estanterías.

La nevera carece de postales, imanes y calendarios.

Pienso en ello. ¿Quién no tiene nada personal en su casa?

Por otra parte, ¿qué encontrarían en mi casa si me la registraran? Algo más que todo aquello, desde luego. Habría fotos viejas, cartas personales, algo que hablara de mi pasado. Carol no tiene nada de eso. Vive como si estuviera de paso.

Pero sus cortinas dicen lo contrario. Todas son gruesas, opacas, pesadas. De esas que no dejan entrar la luz y, más importante aún, no la dejan salir. La decoración es mínima y funcional, sin personalidad aparente. Como una habitación de hotel donde alguien lleva demasiado tiempo.

—Te debía una por lo de la noche de la tormenta —dice Carol, caminando hacia la cocina con la botella—. Y no me gustan las deudas.

—No me debes nada.

En la cocina, el penetrante olor a lasaña me envuelve.

No es una lasaña industrial calentada en el horno; esto huele a lasaña auténtica, con capas de pasta fresca, una bechamel espesa y carne estofada durante horas en tomate, vino y paciencia.

La superficie dorada burbujea bajo un gratinado perfecto, con pequeñas zonas tostadas que prometen una felicidad inmensa.

Me quedo inmóvil frente al horno.

—Es de ragú —dice Carol, al verme plantado como si venerara a un dios azteca—. Espero que te guste.

—¿Has hecho lasaña de ragú?

—No es tan difícil.

—Carol, yo no sé ni hervir pasta sin incendiar algo.

—Por eso he cocinado yo.

Sobre la mesa de la cocina, junto a los platos, hay un tablero de ajedrez. Las piezas están colocadas a medio juego. Blancas y negras en una posición que no entiendo, pero que parece deliberada.

—¿Juegas al ajedrez? —pregunto.

Carol abre un cajón y saca un sacacorchos.

—A veces.

—¿Contra quién?

—Contra mí misma.

Contra mí misma. Carol lleva años jugando al ajedrez contra sí misma porque no tiene a nadie más.

Me pregunta si sé jugar.

—Sé mover las piezas —respondo .

En su rostro se percibe la sombra de una sonrisa.

—Podríamos jugar una partida algún día.

—Hace años que no juego. Quizá otro día.

—Vale, gallina. Avísame cuando estés listo.

Sonrío mientras echo un vistazo al pasillo que sale de la cocina. Hay dos puertas a la izquierda, una al fondo y otra a la derecha. Esta última está cerrada. Es la única que lo está. No hay cerradura visible, pero algo en esa puerta dice «no entrar» con la claridad de un cartel de neón.

Sigo mi intuición y no pregunto.

Cenamos en la cocina, junto al tablero de ajedrez y una radio vieja de pilas, pequeña, con la antena torcida y un dial que parece de los años noventa.

—Esto está increíble —digo, con la boca llena de ragú. Y lo está. Cada capa tiene un sabor distinto, la pasta está en su punto perfecto de cocción y la bechamel posee un matiz de nuez moscada que convierte el plato en algo inesperado para una cocina de Shelter Creek.

Carol me mira por encima de la copa de vino y sonríe. Estoy empezando a acostumbrarme a esa sonrisa. Le devuelvo el gesto y sigo comiendo.

La conversación fluye con naturalidad, pero esta vez hay algo distinto: estamos en su territorio, y eso cambia las reglas.

Aquí, Carol se mueve de otra forma. No como una invitada que puede irse en cualquier momento, sino como alguien que controla el espacio.

Yo soy el que está fuera de su elemento.

La radio emite un leve zumbido y empieza a sonar música con un fondo de ruido blanco.

—¿Acaba de encenderse sola? —pregunto, perplejo.

—Es una alarma. La tengo programada.

—¿Para qué ?

No responde. Estira un brazo y sube el volumen. Reconozco la vieja canción cantada en francés.

La vie en rose . La versión de Louis Armstrong, que canta en francés con esa voz de grava y miel que convierte cualquier frase en recuerdo.

La trompeta cálida y rota llena la cocina.

Carol escucha con los ojos fijos en el aparato.

Su expresión no se parece a ninguna que le haya visto: algo entre la nostalgia y el dolor, algo que pertenece a un lugar y un tiempo que ella no va a compartir conmigo.

Yo no pregunto. Estoy aprendiendo.

La canción termina. Un presentador dice algo en francés. Luego hay una pausa, un golpe de estática y entra una guitarra eléctrica.

El primer riff me atraviesa el pecho.

Radio Nowhere. Springsteen.

—Sube eso —digo.

Carol arquea una ceja.

—¿Te gusta el Boss?

—¿Y a quién no?

—Mucha gente.

—Gente equivocada. —Me levanto—. Esta era mi canción favorita en la facultad. La ponía a todo volumen cuando estudiaba anatomía. Mi compañero de cuarto acabó odiándola.

El vino me ha bajado las defensas lo justo, y la guitarra de Springsteen me devuelve, sin permiso, a un tiempo en que las decisiones impulsivas parecían no tener consecuencias permanentes.

Antes de los quirófanos llenos, antes de Ray, antes de Linda entrando por la puerta con un perfume que no era suyo.

Antes de que mi nombre apareciera en titulares.

Le tiendo la mano a Carol.

Ella me mira como si le hubiera pedido que saltara de un avión sin paracaídas.

—Ni hablar .

—Vamos.

—Greg, no voy a hacerlo.

—¿Por qué no?

—Porque no sé bailar. Porque estamos cenando. Y porque esta no es una canción para bailar.

Pero mi mano sigue ahí, tendida, esperando. Carol la mira como si fuera una trampa. Después me mira a mí y resopla, negando con la cabeza. Luego mira la mano otra vez.

—Si me pisas, te echo de mi casa. Avisado estás.

—Correré el riesgo.

Pone su mano en la mía —pequeña, fría y fuerte— y se levanta también.

Bailamos. Si a esto se le puede llamar bailar. Nos movemos entre la mesa y la nevera, tropezando con las sillas, chocando con la esquina de la encimera. No sé bailar, esa es la verdad. Nunca he sabido. Mis pies tienen la gracia de un rinoceronte en un campo de minas.

Carol se desenvuelve mejor, pero tampoco parece segura. Hay una rigidez inicial en su cuerpo, una cautela, como si hubiera olvidado cómo dejarse llevar.

—Me has pisado —dice.

—Lo siento.

—No pasa nada —susurra en mi oído.

Springsteen canta sobre buscar una señal en la radio y no encontrar nada. Nosotros no buscamos nada. O eso nos decimos. Solo nos movemos, torpemente, con la luz de la encimera iluminando la mitad de la estancia. El resto queda en sombra. Fuera, el frío aprieta contra las cortinas.

Carol apoya la frente en mi hombro. Casi puedo sentirlo, es un gesto de rendición. Algo dentro de ella ha dejado de resistirse. Noto su respiración caliente a través de la tela de mi camisa, su cabello rozándome la barbilla.

Huele a jabón de supermercado. Y debajo, algo suave y fresco.

Un agua de colonia que reconozco sin poder nombrarla.

Colonia infantil. Muchas mujeres la usan, nunca he entendido del todo por qué.

A Linda le daban arcadas porque decía que le recordaba a cuando estaba enferma de niña y su madre le ponía paños húmedos en la frente.

A mí no me desagrada. En Carol expresa algo limpio y triste.

La canción termina. La radio pasa a un presentador que habla de la previsión meteorológica.

Carol levanta la cabeza de mi hombro. Su cara queda frente a la mía. Los ojos grises, bajo la luz de la cocina, tienen un brillo que no es solo el reflejo de la bombilla. Está temblando entre mis brazos.

Durante un segundo, ninguno se mueve.

Después se pone de puntillas y me muerde el labio inferior.

—¡Auch!

La miro completamente perplejo. Carol me devuelve la mirada con una expresión que no le he visto nunca: deseo sin disimulo, sin ironía, sin esa capa de frialdad que suele usar como abrigo emocional.

Luego vuelve a besarme. Esta vez con toda la boca. Noto sus labios algo agrietados, el dulce sabor del vino tinto, el calor brusco de su cuerpo contra el mío. Y durante unos segundos mi cerebro, ese órgano sobrevalorado, deja de emitir informes.

—Carol… —susurro, separándome apenas—. No sé si esto es buena idea.

—Me gustas, Greg. —Su voz sale sin un gramo de vacilación—. Y quiero acostarme contigo esta noche. Pero si ahora me rechazas, tú y yo vamos a tener un problema.

—Apenas nos conocemos.

Su sonrisa se afila, pero el deseo sigue ahí, vivo, casi doloroso.

—¿Qué pasa? ¿No soy suficiente para ti?

Niego con la cabeza intentando pensar algo inteligente que decir. Todas mis alarmas me dicen que no debería acostarme con esta mujer, y sin embargo, mis brazos siguen alrededor de su cintura, lo cual resta credibilidad a cualquier argumento prudente que pueda ofrecer.

Como no contesto, me besa otra vez. Y yo respondo con ganas.

Tropezamos hacia el pasillo. En algún punto mi espalda golpea la pared. Carol suelta un sonido que podría ser risa o respiración rota. Yo intento decir algo sobre prudencia, sobre hacer las cosas bien, sobre no estropear esto antes de saber qué es.

Ella me tapa la boca con la mano.

—No tengo condones —balbuceo con los labios contra su palma.

—A la mierda los condones.