Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) CAROL
42%

CAROL

ULTIMÁTUM

Nada más cerrar la puerta, me quito el abrigo como si estuviera infestado de insectos invisibles.

Todavía lo siento. En el cuello, justo debajo de la oreja, donde sus dedos me han rozado al colocarme la manta. Mi piel sigue caliente, o al menos eso me parece. Es posible que esté imaginándolo, que mi cuerpo esté creando sensaciones inexistentes para llenar un vacío de cinco años.

Nuestros dedos rozándose. El mechón de pelo. El instante en que he mirado sus labios y he sabido que iba a pasar, que ambos lo sabíamos.

El aire entre nosotros se había vuelto sólido, casi masticable.

Lo admito: me moría de ganas de que me besara. No podía aguantar más.

Y justo cuando iba a lanzarme, ¡pum! , volvió la maldita electricidad.

Una parte de mí quiere gritar de frustración, y la otra quiere agradecer a la compañía eléctrica por haberme salvado de mí misma.

Porque si hubiera ocurrido, si lo hubiera besado, no habría vuelta atrás.

Y no sé si puedo permitirme un «sin vuelta atrás» con el único hombre con quien no debería tener nada .

Porque eso lo tengo claro: nunca pasará nada con él. Es del todo imposible. No es compatible con lo que tengo planeado.

Lo que más me desestabiliza no es el casi-beso.

Es todo lo demás. Pirata. Mi padre pescando los domingos.

Mi madre cantando en la cocina. El campeonato de patinaje.

No recuerdo cuándo fue la última vez que hablé de mí misma sin calcular cada palabra.

Esta noche me sentía a gusto y me he abierto a Greg sin siquiera pensarlo.

He dejado que las historias fluyeran, y eso es lo más peligroso que he hecho desde que ocurrió el incidente y me encerré en mí misma.

Porque si hoy le hablo de mi infancia, mañana le hablaré del matrimonio.

Y si mañana le hablo del matrimonio, pasado mañana le contaré todo lo demás.

Y eso no puede ocurrir.

La intimidad es una pendiente pronunciada, y yo acabo de poner un pie en ella.

¿Por qué tuvo que venir este hombre? ¿Por qué tuvo que instalarse al lado de mi casa, con su coche eléctrico, su perro adorable y su sonrisa encantadora?

¿Por qué no pudo ser un vecino normal? Un jubilado con un gato, por ejemplo.

Una familia con niños ruidosos. Cualquier cosa excepto un médico de Chicago con expresión triste que el pueblo entero adora y al que yo no puedo dejar de mirar.

Enamorarme de mi vecino no estaba en el plan.

El plan no incluía sentimientos. Incluía aislamiento y control.

Y yo he perdido todo el control esta noche.

Voy al baño y abro el grifo. Me lavo la cara con agua fría. Levanto la vista hacia el espejo.

Esta noche, la mujer que me devuelve la mirada vuelve a ser otra: tiene los pómulos enrojecidos por el vino, las mejillas calientes y los ojos brillantes .

Se parece a la mujer que fui antes de que todo se fuera a la mierda.

Aparto la vista.

De camino al dormitorio, me detengo. Desde el pasillo veo la carta en la mesilla de noche. Sigue donde la dejé. Abierta. Arrugada. Una sola hoja dentro de un sobre, con mi nombre escrito a mano.

Conozco esa letra. La reconocería en cualquier sitio. Los trazos firmes y regulares de un hombre que aprendió caligrafía en un colegio privado.

La cojo y la releo, aunque me la sé de memoria.

Si ese tipo mete las narices, los dos caemos.

No hay firma. No la necesita. Richard es el tipo de hombre que puede amenazarte desde otro país con una sola frase en un papel y hacer que el miedo sea tan real como si estuviera respirándote en la nuca.

Esta tarde, al leerla por primera vez, mis manos temblaban.

El pánico me ha invadido. Pero no he llorado.

No me lo he permitido entonces y no me lo voy a permitir ahora.

Había recibido la carta hacía unas horas y, aun así, crucé la nieve hasta su puerta.

Quizá precisamente por eso. Quizá necesitaba que alguien me hiciera olvidar la letra de Richard, aunque fuera solo por una noche.

Ahora la rompo en pedazos. Pedazos pequeños que caen sobre la mesilla como confeti.

Pero hacerlo no disipa el miedo. La amenaza sigue aquí, en esta habitación, en este pueblo, en el aire que respiro.

Si ese tipo mete las narices, los dos caemos.

¿Crees que no lo sé, hijo de puta?

Cierro los ojos. Respiro. Los abro .

Así que Richard sabe que hay un «tipo». ¿Cómo?

¿Quién se lo ha contado? ¿La cajera del supermercado que me vio comprar pollo y verduras para dos?

¿La cotorra de Ida y su pico de oro? ¿Darlene o Gladys, que trabajan a diario con Greg?

¿Lyle, que siempre ha tenido la boca demasiado grande y la autoestima demasiado pequeña?

En un pueblo donde todo se sabe, mantener un secreto es imposible. Y yo tengo el secreto más grande de todos. Me estremezco.

Una pregunta me consume: ¿qué sabe Richard exactamente? ¿Solo que hay un vecino nuevo? ¿O sabe que he cenado con él, que paseamos juntos y que esta noche he estado a punto de besarlo en su sofá mientras las velas ardían y su perro dormía junto al fuego?

Si es lo primero, se trata de una advertencia genérica. Richard manda advertencias genéricas como quien envía postales de Navidad: para recordarte que existe.

Si es lo segundo, es otra cosa.

Y las amenazas específicas de Richard siempre se cumplen.

La carta no tiene matasellos ni remitente. Ha llegado a mi buzón sin pasar por correos, lo cual significa que alguien la ha depositado a mano. Conclusión: Richard tiene a alguien en Shelter Creek. Alguien que entrega las cartas por él. Que le cuenta cosas.

Alguien que me vigila.

Recojo los pedazos de la carta y los meto en el segundo cajón.

Miro por la ventana. Fuera, la tormenta ha amainado. En la casa de Greg, solo queda encendida la luz del dormitorio, un rectángulo amarillo en la planta de arriba que se apaga mientras miro.

Se va a dormir .

Y yo me quedo aquí, con los pedazos de una amenaza en el cajón y la huella de sus dedos en el cuello.

La misma pregunta de cada noche vuelve a la carga: ¿de qué huyes, Greg? ¿Qué pasó en Chicago?

Empieza a ser urgente responder a esas preguntas. Tengo que investigarlo. Y para eso necesito…

Me doy cuenta de que no sé su apellido. ¿Cómo es posible?

Bien, paso a paso.

Greg recibe correo; le he visto recoger sobres del buzón. Pero en el buzón no consta su apellido, lo he comprobado esta mañana, mientras él estaba en el trabajo. Vamos a ver, ¿quién no pone su apellido en el buzón?

Me respondo a mí misma: alguien que huye. Alguien que no quiere ser encontrado. Alguien como yo.

Pienso en Lyle. Él tiene que saberlo, seguro. El mecánico lo sabe todo de todos, y lleva aquí más tiempo que las piedras. Solo tendría que coger el móvil y escribirle un mensaje.

Desbloqueo el teléfono. Lo miro. Lo bloqueo.

¿Qué le iba a poner? «Hola, Lyle, querido.

Sé que he pasado olímpicamente de ti desde nuestra última y única cita, pero te quería preguntar: ¿tú sabes el apellido de mi nuevo vecino?

Es que he estado a punto de besarlo y me he dado cuenta de que no sé nada de él.

Así que estaba pensando buscar su vida en internet porque soy demasiado cobarde y orgullosa para preguntarle directamente.

Ah, y por cierto: si me estás espiando para informarle a mi exmarido de lo que hago, que te jodan. No vuelvas a llamar a mi puerta».

No. Definitivamente no.

Dejo el móvil en la mesa y elimino la idea de mi cabeza.

Si pudiera ver un sobre. Solo uno. Tendría el apellido. Y con un apellido y cinco minutos en internet, tendría la historia completa de Greg.

Miro el buzón a través de la ventana. De metal gris, cerrado y con nieve acumulada en la tapa. Dentro hay sobres con un nombre que necesito.

Lo averiguaré.

Tarde o temprano, tendré que tomar una decisión. Y lo que tengo que hacer es mucho más difícil que abrir un simple buzón.