Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG #2
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GREG #2

Carol no dice «lo siento», lo cual agradezco. Son dos palabras que la gente usa para rellenar el vacío que deja la muerte y dejar de sentirse mal por la conversación, antes de cambiar de tema.

Carol asiente despacio, con los ojos fijos en el fuego. Y de algún modo entiendo que ella sabe que las palabras no sirven en estos casos. Las personas que han perdido algo de verdad lo saben.

Me fijo en que tiene la piel de gallina en los antebrazos.

—¿Tienes frío? —pregunto.

—Un poco.

Tomo del respaldo de la butaca la manta de lana que usé para taparla la noche que se quedó dormida en este sofá. Se la pongo sobre los hombros. Al hacerlo, mis dedos rozan su cuello, justo debajo de la oreja. La piel allí es más fina y más cálida.

Ella no se aparta. Yo retiro las manos despacio, como si manejara algo frágil.

Nos quedamos en silencio. Solo el fuego habla. Burbon, que sigue entre los dos, levanta la cabeza, nos mira alternativamente y, con la sabiduría ancestral de los perros que saben cuándo estorban, se baja del sofá para tumbarse junto a la chimenea.

El espacio entre Carol y yo se ha reducido a la anchura de un cojín.

Sirvo más vino. Al pasarle el vaso, nuestros dedos se tocan. No es accidental. Ambos lo hemos visto venir. Hemos tenido tiempo de evitarlo.

Ninguno lo hace.

El vaso queda suspendido un instante entre las dos manos, el cristal caliente por el fuego y frío por el vino.

Carol lo toma y bebe. No me mira a la cara.

Yo también bebo. Tampoco la miro.

El tic tac del reloj de la cocina llena el silencio. No sé por qué el reloj funciona; quizás va a pilas.

Tengo la sensación de que el tiempo se ha vuelto líquido.

Por lo general, en las primeras consultas del día, el minutero del reloj se mueve como si los engranajes estuvieran untados en miel.

Aquí, ahora, con ella, me dan ganas de levantar la mano, agarrar esa estúpida manija y detenerla para que no avance tan rápido.

Carol me cuenta cosas. Habla de la nieve de Quebec, que según ella era más blanca y más fría que esta.

De su padre, que la llevaba a pescar los domingos y fingía enfadarse cuando ella devolvía los peces al agua.

De su madre, que cantaba mientras cocinaba.

Son historias pequeñas, agradables. Historias que pertenecen a una Carol que existió antes de todo y que esta noche, a la luz de las velas, sale a tomar el aire como un animal que asoma la cabeza de la madriguera.

Mientras habla, se gira hacia mí en el sofá y recoge las piernas debajo del cuerpo.

La manta se le desliza un poco por un hombro.

Tiene el pelo suelto, algo revuelto por la humedad.

La distancia entre los dos se ha reducido sin que ninguno lo haya decidido: ya no es la anchura de un cojín, sino la de una mano.

Un mechón de pelo le cae sobre la cara al contarme con énfasis que ganó una competición de patinaje con catorce años. Se lo aparta, pero vuelve a caer. Y yo, sin pensarlo, levanto la mano .

Me detengo a medio camino. Buen momento para recuperar el control motor.

Carol deja de hablar. Me mira. A la luz del fuego, sus ojos son de un color que no tiene nombre: ámbar, humo, algo entre los dos. Un color imposible de nombrar sin sonar como un idiota escribiendo poesía en una servilleta.

Completo el gesto y le aparto el mechón detrás de la oreja. Y durante un segundo, mi mano se queda ahí, a un centímetro de su cara.

El fuego chasquea. Un leño se parte por la mitad con un chasquido que suena como un hueso aplastado.

Retiro la mano.

Podría besarla ahora mismo. El pensamiento cruza mi mente con la claridad de un diagnóstico evidente: podría inclinarme quince centímetros hacia la izquierda, poner la mano en su barbilla y besarla. Sería tan fácil.

Y probablemente irreversible.

La escena lo pide de una forma casi ofensiva: apagón, chimenea, vino, viento contra las ventanas, una mujer guapa envuelta en una manta y una casa en sombras. Cualquier hombre con un mínimo de instinto la besaría.

Pero no lo hago.

No porque no quiera.

Quiero. Ese es el problema.

No la beso porque sé que, si lo hago, no habrá vuelta atrás. Y no estoy seguro de querer cruzar esa línea con una mujer que no me ha contado quién es Richard, ni qué pasó con su hijo, ni por qué su ventana se enciende a las tres de la madrugada, ni por qué llegó a este pueblo, ni por qué se quedó.

Me fijo en que ella se ha quedado mirando mis labios.

Dios mío. Va a suceder.

Carol se inclina apenas. Un movimiento mínimo. El mundo entero se reduce a esa distancia microscópica entre su boca y la mía. Contengo la respiración. El fuego crepita. El viento golpea la casa. El reloj de la cocina, ese pequeño idiota, sigue marcando segundos.

Y la electricidad vuelve sin aviso.

Las luces se encienden de golpe. La bombilla del techo, la de la cocina, la del pasillo. Todo a la vez. Un fogonazo blanco que nos ciega durante un segundo. Parpadeo. Carol parpadea. Somos dos animales sacados de una cueva, ajustándonos a una luz que ya no queremos.

La sala, que hace treinta segundos era un refugio de sombras y fuego, vuelve a ser lo que siempre ha sido: paredes sin enlucir, cortinas que no combinan, una mesa con arañazos y una crema de champiñones olvidada sobre una cocina fría.

La magia de las velas se ha roto como una pompa de jabón. La realidad tiene la delicadeza de un portazo.

Carol se levanta de golpe. La manta se le cae de los hombros. La recoge, la dobla con movimientos rápidos y la deja sobre el sofá. Le tiemblan las manos.

—Debería irme.

—Claro.

Se pone el abrigo, el gorro y las botas. Cada prenda es una capa que la devuelve a la Carol de siempre, la que se protege del frío y de todo lo demás.

La acompaño hasta la entrada. Nos quedamos de pie en el marco, frente a frente. Medio metro entre los dos.

Carol abre la boca. La cierra. Mira el suelo. Me mira. Juega con sus dedos y vuelve a mirar el suelo.

—Ha sido la mejor noche que he tenido en años, Greg.

Lo dice casi sin voz. Y es incapaz de mirarme a los ojos.

A mí no me salen las palabras.

Ella abre la puerta. El frío entra en una bocanada brutal. Sale sin decir nada más.

La observo cruzar la nieve hacia su casa. Carol camina deprisa, con los hombros encogidos y la linterna apagada en una mano.

La luz de su cocina se enciende. La puerta se cierra.

Yo cierro la mía y me apoyo de espaldas contra la madera. Burbon me mira desde la alfombra, junto al fuego, con la cabeza ladeada.

—No me mires así.

El rabo golpea la alfombra: tac, tac, tac.

En la mesa del salón, dos velas se han consumido; la tercera sigue encendida. Arde con una llama baja y temblorosa que proyecta pequeñas sombras en la pared. Me quedo mirándola.

Hay algo particular en cómo arde una vela cuando le queda poca cera. La llama baja, se achica, parece a punto de apagarse. Pero no lo hace. Se aferra al último centímetro de mecha y sigue quemando, tercamente, contra toda lógica, hasta que no queda nada.

Podría soplarla. O apagarla con los dedos.

No hago nada. La dejo arder.

Fuera, la nieve brilla bajo la luz recuperada de las farolas. La casa de Carol está en silencio. Dentro, imagino, se estará quitando el abrigo, el gorro, las botas. Tal vez se esté mirando al espejo del baño y preguntándose lo mismo que yo:

Qué habría pasado si la luz no hubiera vuelto.

Si uno de los dos hubiera sido un poco más valiente.

Si los secretos no pesaran tanto.

Ha sido la mejor noche que he tenido en años.

La vela se apaga.

La mía también, vecina.