Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG
39%

GREG

CORTOCIRCUITO

El día termina con un contratiempo: un corte general de luz.

Estoy en la cocina, calentando una crema de champiñones, cuando el mundo se apaga. La nevera deja de zumbar. La bombilla del techo parpadea una vez, como un ojo viejo que intenta mantenerse abierto, y muere.

Oscuridad total.

La vitrocerámica también se apaga, claro. Mi brillante plan de cena dependía de la electricidad, esa fuerza invisible que damos por sentada hasta que desaparece y te recuerda que, sin ella, solo eres un mamífero confundido sosteniendo una cuchara.

Burbon gruñe desde el salón.

—Tranquilo, bandido. Solo es un apagón.

Busco la linterna a tientas. La encuentro en el segundo cajón, debajo de un destornillador y una pila de folletos del supermercado que ya debería haber tirado.

Pulso el botón. Funciona. Es una pequeña victoria.

El haz de luz corta la oscuridad de la cocina. Voy hasta la ventana. Fuera está completamente negro.

Me pongo el abrigo y salgo al porche.

El frío es espantoso, y el viento tironea de la ropa como un amante insistente. Burbon sale detrás de mí y permanece tras mis piernas, con las orejas caídas. No es un perro miedoso, pero esto no le gusta.

Veo la luz de otra linterna. Un haz blanco se balancea en la oscuridad desde el porche de Carol. Se mueve despacio, a tirones, dibujando curvas sobre la nieve. Ella baja los escalones, cruza su pequeño jardín y se acerca hacia aquí.

Nos encontramos a mitad de camino.

—Hola —digo.

—Hola —dice ella.

Tiene el abrigo puesto sobre lo que parece un pijama. El gorro con orejeras le enmarca la cara, dejando fuera solo los ojos, la nariz y una boca que tiembla de frío. Burbon se adelanta, le mete el hocico helado en la mano y vuelve a esconderse detrás de mí.

—¿Tienes luz? —pregunto.

Carol me apunta con la linterna.

—¿Tú qué crees?

—Igual solo se ha ido en mi casa.

—Se ha ido en todo el pueblo. Mira.

Se vuelve hacia la carretera. Sigo su gesto con la linterna. Tiene razón. Las farolas del sendero están apagadas. Ni una sola luz en toda la calle. El pueblo entero se ha quedado sin luz. Shelter Creek ha desaparecido.

—¿Esto pasa a menudo? —pregunto.

—El año pasado se fue tres veces. La peor fue en marzo: duró catorce horas.

—¿Catorce?

—Catorce. La línea de alta tensión que viene de Prince George pasa por una zona de bosque que acumula nieve en los cables. Cuando el peso es excesivo, se rompe algún tramo y adiós.

—¿Y nadie ha pensado en arreglarlo ?

—Hank, el de la ferretería, dice que deberían soterrar la línea, pero el ayuntamiento dice que no hay presupuesto. Llevan diez años con la misma excusa.

—Pues qué bien.

—Bienvenido a Shelter Creek.

El viento arrecia, levantando la nieve vieja en remolinos bajos que golpean las piernas de Carol. Ella se frota los brazos por encima del abrigo.

—Ostras, qué frío hace —protesta.

—¿Tienes calefacción?

—Es eléctrica, así que no.

—¿Velas?

—Sí, pero me he quedado sin cerillas.

—Yo tengo chimenea —digo, encogiéndome de hombros—. Gracias a alguien, ahora sé usarla. Y hasta tengo pastillas de encendido. Cortesía de una vecina anónima.

La linterna de Carol sube hasta mi cara. Detrás del haz, sus ojos brillan.

—¿Estás invitándome?

—Estoy diciendo que hace cinco bajo cero, que empiezo a perder la sensibilidad en los dedos de los pies y que mi perro se está comiendo algo que ha encontrado en la nieve.

Carol baja la luz hacia Burbon.

—Burbon, suelta eso.

La autoridad en su voz me sorprende.

En la oscuridad se oye un masticar culpable que se interrumpe a medias. Luego, un pequeño objeto cae sobre la nieve.

—Vamos dentro —digo.

—Estoy… en pijama.

—¿Y qué? No vamos a una fiesta. Venga, no te vas a quedar en casa sola, a oscuras y helada. No me hagas obligarte.

Algo cruza la expresión de Carol. Dura un parpadeo, luego desaparece .

No me hagas obligarte.

Idiota.

Hay frases que para uno no significan nada y para otra persona pueden ser una puerta golpeando de madrugada. Mi cerebro lo entiende medio segundo tarde.

—Está bien —dice al fin—. Pero si haces sopa que parezca cemento, me voy.

—La crema de champiñones estaba en proceso cuando murió la civilización.

Caminamos hacia mi porche.

A medio camino, Carol tropieza con algo oculto bajo la nieve: un desnivel, una piedra, una raíz, un pequeño sabotaje del terreno. Su cuerpo se tambalea hacia la izquierda. La sujeto del brazo. El abrigo es grueso y acolchado, pero aun así, siento la forma del hueso a través de la tela.

Carol no se aparta y yo no la suelto.

Caminamos así, agarrados, hasta llegar al porche.

Al entrar y cerrar la puerta, nos recibe la reconfortante calma del hogar. El viento aúlla al otro lado del muro, como si protestara.

Nos soltamos como si no hubiera pasado nada. Camino hacia la chimenea. Hoy, la leña prende al primer intento. El fuego sube y la habitación empieza a llenarse de calor.

—Mírame —digo—. Dominando el fuego.

Carol sonríe. Ha encontrado las velas en el cajón del aparador. Las enciende con una cerilla y las coloca en la mesa del salón, sobre platillos improvisados con tapas de conserva.

La luz transforma la casa. Las sombras se alargan por las paredes y los bordes se difuminan.

Saco una botella del armario del salón. Un vino tinto que compré en mi primera semana aquí y que no he abierto porque no tenía motivo.

Carol alza una ceja .

—¿Guardas el vino para ocasiones especiales?

—¿Un apagón con mi vecina no te parece suficientemente especial?

Se queda mirándome sin decir nada. Pero la curva izquierda de su boca sube medio milímetro, y a estas alturas ya sé que eso, viniendo de Carol, equivale a una ovación.

Abro la botella y sirvo dos vasos, porque no tengo copas. Nos sentamos en el sofá. Burbon se instala entre los dos. Carol le acaricia las orejas. El rabo golpea el cojín.

A la luz de las velas, sus manos sobre el pelaje de Burbon tienen una suavidad especial. Los dedos se mueven muy despacio, casi con reverencia. De repente, le abre la boca y le inspecciona los dientes con la naturalidad de quien busca la cartera en el bolso.

—¿Qué haces?

—Comprobar el sarro. Tiene los molares sucios. Deberías darle barritas para morder.

—Además de maestra de la cocina y experta en chimeneas, ¿sabes de animales?

Carol le suelta el hocico a Burbon.

—De niña quería ser veterinaria.

Burbon le lame la barbilla como agradecimiento. Ella se ríe y se limpia con el dorso de la mano.

—En Quebec, cuando vivía con mis padres, tenía la manía de recoger todos los animales del barrio —dice—. Mi padre decía que nuestra casa parecía una perrera municipal.

—¿Qué tipo de animales?

—De todo. Gatos sobre todo. Una vez escondí un minino tuerto debajo de mi cama durante una semana. Se llamaba Pirata. Mi madre no se enteró hasta que Pirata decidió escaparse de mi cuarto para revolcarse en su almohada.

—¿Y qué pasó?

—Mi padre dijo que el gato tenía que irse. Yo lloré durante días. Mi madre me dejó quedarme con él a condición de que durmiera en el garaje. Y así fue como Pirata vivió en nuestro garaje cuatro años.

—¿Cuatro años?

Carol sonríe mirando el fuego.

—Era un gato duro. Tuerto y con una oreja mordida, pero indestructible. También había un perro callejero que venía todas las tardes a la puerta de atrás. Yo le guardaba sobras. Mi padre fingía no verlo.

—Los padres siempre fingen no enterarse, pero lo saben todo.

Carol baja la mirada hacia el vino.

—Era un buen hombre, mi padre.

Era . En pasado. No pregunto.

El vino baja. Las velas arden. El fuego calienta con ritmo lento. Fuera, la tormenta silba contra las ventanas, pero dentro la casa está cálida de una forma que no tiene nada que ver con la chimenea.

—Háblame de tu padre —dice ella de pronto. Me pilla a contrapié, así que carraspeo para ganar unos segundos.

—No nos llevamos muy bien.

Es un buen eufemismo para decir que no nos hablamos desde hace años.

—¿Por qué no?

Menuda preguntita. Podría esquivarla. Podría responder con un chiste. Podría decir «familia, ya sabes». Pero le digo algo que se parece bastante a la verdad.

—No lo sé. Creo que nunca hemos tenido buena relación, ni siquiera cuando yo era niño.

—¿Sabe que estás aquí?

Ni él, ni nadie.

—No.

—¿Era médico también ?

—¿Por qué lo preguntas?

Se encoge de hombros. El cuello del pijama se abre un poco, mostrando un hombro pálido a la luz de las llamas. Mi mirada va ahí antes de que pueda impedirlo. Muy profesional, Greg.

Ella no se da cuenta. O finge no hacerlo.

—A veces —dice—, los padres empujan a sus hijos hacia el mismo camino. Luego esos hijos crecen, se sienten atrapados y los culpan por no haber sido felices.

—¿Insinúas que no soy un médico feliz?

—Yo no he dicho eso —sonríe, y un rubor le sube por las mejillas—. Lo siento, estoy diciendo tonterías. Ni siquiera te conozco.

Quiere saber más cosas de mí. Lo noto en cómo me mira, casi sin pestañear. No puedo juzgarla. Está en mi casa, en pijama, bebiendo vino durante un apagón y en mitad de un vendaval. Yo sigo siendo, en muchos sentidos, un desconocido para ella.

Ella también es un misterio para mí, y admito que albergo esperanzas de saber algo más de su vida.

Richard.

Su hijo.

La luz de la cocina a las tres.

No.

Esta noche no.

—Podría decir que me hice médico por dinero o por las chicas, pero en realidad fue por mi madre —admito.

Carol abraza un cojín contra el pecho.

—¿Tu madre era médica?

Niego con la cabeza. No sé por qué sonrío. Quizá porque el recuerdo de mi madre siempre llega con esa mezcla absurda de ternura y dolor.

—Ella murió cuando yo tenía dieciséis. Cáncer de páncreas. Diagnóstico tardío. —Doy un trago al vino. No ayuda. Lo intento de todos modos—. Ese día decidí que nadie a quien yo quisiera volvería a morirse sin que yo pudiera hacer algo.

Titubeo. Creo que es la primera vez que digo esto en voz alta. Y la ironía de la frase, a la luz de lo que pasó después, es tan brutal que casi me arranca una risa. Nadie a quien quisiera volvería a morirse sin que yo pudiera hacer algo. Ray podría haber opinado distinto.