Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) CAROL
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CAROL

RIESGO INASUMIBLE

Me gusta Greg.

Tres palabras. Las pienso por primera vez sentada en mi cocina, con un café frío entre las manos y la luz de la mañana entrando por la rendija de las cortinas. Tres palabras que suenan inofensivas y que son lo más peligroso que han pasado por mi cabeza en cinco años.

Me gusta Greg.

Y no debería.

Repaso las últimas semanas como repasaría las jugadas de una partida de ajedrez que se ha escapado de mi control.

Cada movimiento tenía un propósito. Cada acercamiento, una razón.

Los paseos con el perro. Las cenas. Las cervezas en su porche mientras el sol se arrastraba por encima de los pinos.

Nada de eso fue casual. Yo no hago nada casual.

Greg todavía cree que me sumo a los paseos porque disfruto de su compañía.

Lo cierto es que necesito tenerlo cerca. Necesito saber qué observa, qué piensa, adónde va cuando se adentra en el bosque con ese perro que olfatea como si tuviera deudas pendientes con el suelo. Es una vigilancia disfrazada de paseo, y la mala conciencia me corroe un poco más cada día.

Greg no se merece que lo use así. Es un buen hombre.

Cuida bien de su perro, se preocupa por la salud de los vecinos y se ríe de sí mismo con una facilidad que me agrada.

Cuando le sale mal la carbonara, no se enfada.

Cuando le pregunto algo que no quiere contestar, no se pone a la defensiva.

Solo se calla, mira por la ventana y cambia de tema con educación.

No se merece esto.

Pero no puedo parar. Porque la alternativa es alejarme, dejar de verlo.

Eso significaría volver a estar sola, y he descubierto algo terrible en estas semanas: la soledad, que antes era mi refugio, se ha convertido en mi cárcel.

Él me ha recordado cómo era la vida antes de que todo se rompiera, y ahora no puedo simplemente ignorarlo.

Y ahí está el problema. Porque los sentimientos requieren confianza. Y la confianza requiere verdad. Y mi verdad es algo que no puedo compartir con nadie. Si me acerco demasiado, Greg preguntará. Ya ha comenzado a hacerlo. Cada paso hacia la intimidad es un paso hacia la exposición.

Y yo no puedo permitirme estar expuesta.

Me descubro haciendo cosas que antes no hacía.

Dejo la cortina del salón entreabierta un centímetro más de lo habitual.

Me cepillo el pelo por las mañanas, aunque no vaya a salir.

Ayer compré café de verdad en vez de esa porquería instantánea.

Y anoche, mientras lavaba los platos, me sorprendí tarareando.

No tarareaba desde… bueno, desde hace mucho.

No puedo reprimir una sonrisa boba cada vez que recuerdo la caída en la nieve. La sangre me sube a las mejillas como si tuviera quince años .

Greg cree que tropecé con él, que fue un divertido accidente.

No lo fue.

Lo vi en el suelo, riendo, con nieve en el pelo y la cara roja por la carrera, y algo dentro de mí me empujó a hacer algo que mi cabeza no había autorizado. Fue un impulso que no soy capaz de explicar.

No sé cómo acabé encima de él, riendo sin control, con el corazón desbocado y la cara ardiendo.

Aún puedo sentir su cuerpo contra el mío.

El peso de su pecho subiendo y bajando con la respiración, su aliento caliente rozándome la barbilla.

Sus ojos azules tan cerca que podía ver las vetas grises que los cruzan.

Y en ellos, algo que parecía sorpresa y desconcierto.

Estuvimos así un segundo. Y en ese breve lapso de tiempo, mi cuerpo recordó lo que se siente cuando alguien está cerca y no te da miedo.

Richard se acercaba para controlar. Para recordarte que el aire que respirabas pasaba primero por su permiso.

Por primera vez en mucho tiempo, quise quedarme allí, para siempre, en vez de alejarme.

Y eso me asusta más que cualquier cosa que Richard pueda hacer o decir desde un teléfono.

Lo peor vino anoche, durante la cena: la cocina, las carcajadas, Gladys y su novio vegano…

Y la ventosidad.

¡Qué vergüenza, por Dios!

Pero cuánto nos reímos. Acabé llorando y con dolor en la tripa. No me reía así desde hace tanto que ni me acuerdo. Sienta bien dejarse llevar así.

Lo pasé bien con él. Más que bien. Estuve a gusto. Cómoda. Segura. Pero entonces, con cuatro cervezas encima y la guardia por los suelos, abrí la boca y dije lo que no debía .

Mi hijo era adicto a los macarrones con tomate. Nueve palabras que sentí salir de mi boca como se siente un vaso al caerse de la mesa: despacio, en cámara lenta, con la certeza de que no puedes agarrarlo y de que el impacto va a ser inevitable.

Greg se dio cuenta de que algo pasa con Noah.

No debería haber dicho eso. No debería haber permitido que la cerveza me abriera una puerta que llevo años soldando. Y mucho menos debería haberme quedado dormida en su sofá, con su manta encima y Burbon a mis pies, como si esa casa fuera un lugar seguro.

No lo es.

Si no me hubiera quedado dormida como una idiota, Greg no habría sabido de la llamada de Richard. Ese maldito nombre me devolvió de golpe a la realidad como una bofetada con la mano abierta.

Greg no dijo nada y yo menos, pero vio el nombre en la pantalla. Lo sé. Lo vi en sus ojos. Y eso es lo que importa.

Así que ya he abierto algunas grietas en un muro que llevo cinco años construyendo.

¿Meterá Greg las narices en esas grietas?

La experiencia me dice que los hombres siempre meten las narices. Que no pueden resistir un misterio. Que la frase «no me preguntes» es una invitación para ellos.

Quizá esta vez sea distinto. Pero no puedo permitirme el lujo de confiar en «quizá». La última vez que confié en un hombre que no me contaba las cosas, acabé con una cicatriz en la ceja y una vida que no es vida.

Si abres la boca, acabo contigo.

Ahí está. El frío en la nuca.

La amenaza llega de pronto, sin avisar, y me estremece. Aún la oigo en las pesadillas. Richard empleaba ese tono frío y educado cuando estaba a punto de hacer daño. Él nunca gritaba ni levantaba la voz .

Acabo contigo.

Basta.

Abro los ojos. La cocina. Mi cocina. Las cortinas cerradas. El café frío. Las paredes que conocen mis secretos y no dicen nada.

Respiro.

A veces imagino qué pasaría si Greg supiera lo que hice. Sus ojos dejarían de mirarme como me miran ahora —con esa curiosidad cálida que me desarma— y empezarían a mirarme como alguien de quien conviene apartarse.

Como un monstruo.

Eso es lo que perdería. No a Greg. A la persona que soy cuando estoy con él.

Miro la casa de él por la rendija de la cortina. La ventana de la cocina. El Tesla en la entrada.

Últimamente me cuesta apartar la mirada de allí.

Sí, me gusta ese hombre.

Pero oculta algo. Lo sé.

No tiene fotos en la casa y apenas habla de su pasado.

Llegó a un pueblo del fin del mundo con un perro, un coche eléctrico y ninguna explicación.

Cuando le pregunto por su vida en Chicago, sus hombros se encogen, su respiración se acelera y sus ojos buscan la ventana.

Le dije «no hace falta que me lo cuentes» y algo en su cara me insinuó que era exactamente lo que quería oír.

Sé reconocer a alguien que huye. Lo veo todos los días frente al espejo.

¿De qué huyes, Greg? ¿Qué hiciste? ¿Y qué pasará el día que alguien llame a tu puerta y te pida explicaciones?

No es curiosidad, sino supervivencia. Si este hombre es peligroso, necesito saberlo antes de que me encariñe del todo y sea demasiado tarde. No quiero volver a entregar mi confianza a ciegas.

Me doy cuenta de que ni siquiera sé su apellido. Greg. Solo Greg. Podría ir al pueblo a averiguarlo. Ida soltaría el apellido antes de que yo terminara la pregunta. Gladys probablemente añadiría que tararea mientras sutura y luego pasaría a hablarme de su novio vegano. Uf, qué pereza.

O podría acudir a Darlene, quien lo sabe con certeza.

Pero no pienso hacerlo. No voy a ir al pueblo mendigando indiscreciones sobre mi vecino, el médico nuevo. Me niego a que Shelter Creek tenga un nuevo motivo para hablar de mí. Ya les doy suficiente desde que pasó aquello.

Necesito otro camino.

Cierro la cortina y me siento. El tablero de ajedrez sigue en la mesa, a medio juego. Blancas en ventaja. Negras con opciones si sacrifican algo.

Siempre hay opciones si estás dispuesta a perder algo.

A este paso, se convertirá en mi nuevo mantra.

Sigo con la mirada a Greg y su perro desde la rendija de la cortina hasta la entrada del bosque.

El guapo y misterioso americano que ha puesto mi triste y anodina vida patas arriba.

No pasa un solo día sin que me pregunte cuánto durará esto.

Cuándo será el día en que vuelvan de un paseo y todo se vaya a la mierda.

¿Será hoy? ¿Será mañana?

Debo tomar medidas. Y estas cada vez se me antojan más difíciles.

Porque me gusta Greg. No puedo evitarlo.