Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG #3
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GREG #3

La chimenea está encendida. La hemos prendido con las pastillas que ella me trajo. El fuego crepita sin drama y la habitación irradia un calor que esta casa no había conocido.

—¿Siempre has tenido esa maña para la cocina? —pregunto desde el otro extremo del sofá.

Ella hace girar la botella entre los dedos.

—Antes cocinaba más.

La frase sale blanda, relajada por el alcohol.

Luego continúa:

—Mi hijo era adicto a los macarrones con tomate. Los pedía cada noche. Cada noche.

La botella deja de girar.

Sus ojos se endurecen como cristal. La frase ha aterrizado en el salón como un pájaro que entra por la ventana: inesperado, desorientado, frágil.

Ella se da cuenta antes que yo.

—Nunca me habías hablado de tu hijo —digo .

No responde.

—¿Carol?

—No debería haber dicho eso —se incorpora un poco—. Es tarde. Tengo que irme.

—No tienes que irte. Y no tienes que contarme nada que no quieras.

Pero intentar olvidar lo que ha dicho sobre su hijo será un ejercicio inútil.

Carol mira el fuego. Las llamas le iluminan la cara con un naranja cálido que no encaja con la dureza de su expresión.

—Quédate a dormir —digo sin pensar.

—Creo que no es muy buena idea.

Me llevo una mano al pecho.

—Yo dormiré en el sofá —me apresuro a decir, demasiado torpe—. Solo tendrás que compartir el colchón con Burbon. Es caluroso y mullido, si ignoras las patadas en los riñones a mitad de la noche y el hecho de que sueña que persigue bisontes.

La broma la hace reír. Pero no vuelve a sentarse.

—¿Otra cerveza? —ofrezco, porque es lo único que se me ocurre para alargar el tiempo sin tocar la herida.

Me mira. Un segundo. Dos. Finalmente, asiente.

Corro a la nevera. Cuando vuelvo, Carol vuelve a estar en el sofá. Ha cambiado de postura: acostada de lado, con los pies recogidos y una mano bajo la mejilla. La botella anterior descansa en la mesa, vacía.

—Toma —digo, pero no reacciona.

Se ha quedado dormida.

Dejo la cerveza en la mesa con cuidado, cojo la manta del respaldo de la butaca y la extiendo sobre ella, procurando no despertarla. Es la manta de lana que compré en el supermercado la primera semana: áspera y fea, pero abriga.

La cubro hasta los hombros y me quedo mirándola.

Las líneas de tensión de su frente se han aflojado. La boca tiene un color pálido, casi infantil. Las manos descansan juntas bajo la barbilla, con los dedos entrelazados. Parece rezar.

Me quedo absorto mirando la cicatriz de su ceja. Fina, pálida, casi invisible. Un centímetro de piel distinta al resto, con la textura lisa de una herida que cerró hace años, pero que nunca se igualó con el tejido circundante.

Me acerco un poco. He visto miles de cicatrices. Sé distinguir las producidas por cortes (bordes irregulares, poco profundas) de las producidas por impactos (bordes limpios, profundas en el centro). Esta es de impacto.

Pienso en lo que Darlene me dijo aquella vez.

Se había golpeado con una puerta.

Me siento en la butaca sin hacer ruido. Observo a la mujer dormida en mi sofá, con mi manta encima y mi perro a sus pies, y pienso que ojalá pudiera protegerla de lo que sea que le hizo esa marca. De lo que sea que la hizo cerrar las cortinas y dejar de sonreír.

No puedo. Pero ojalá pudiera.

Cojo el libro de la mesita y lo abro por la página donde lo dejé anoche. El topo , de John le Carré. Leo una frase. La releo. No me he enterado de nada. Miro a Carol por encima del libro.

Tiene la mano cerrada sobre algo bajo la manta: su teléfono. Incluso dormida, lo sujeta con firmeza.

El libro no avanza. El fuego languidece. Burbon ronca. Carol respira.

Pasada la medianoche, el teléfono vibra.

Un sonido mínimo contra la tela de la manta: Bzz. Pero la pantalla se ilumina y la luz azulada tiñe sus dedos. El reflejo aparece en el cristal de la mesa baja antes de que yo pueda apartar la vista.

RICHARD.

No conozco a ningún Richard en este pueblo. Ella no ha mencionado a ningún Richard en ninguna de nuestras conversaciones.

El teléfono vuelve a vibrar.

Carol se despierta de golpe, como quien sale de una trampa. Sus ojos se abren, ya alertas, agarrando el teléfono con fuerza. Se incorpora y me mira. Mira la pantalla. Mira la puerta.

—Tengo que irme.

Se aparta la manta.

—¿Estás bien?

No responde. Se calza las botas sin atarse los cordones. El abrigo. El gorro. Cada gesto es parte de un protocolo de evacuación.

Me pongo de pie con el libro aún en la mano.

—Carol.

Se detiene en la puerta. La luz del recibidor le dibuja el perfil: abrigo oscuro, hombros tensos, una mano en el pomo. No se gira.

—No me preguntes por mi hijo, Greg. Nunca.

Abre la puerta y sale a la noche.

Yo me quedo solo en el salón con un libro de espías, un perro dormido y una frase que flota en el aire como el humo de un cigarrillo.

No me preguntes por mi hijo.

Lo cual, evidentemente, significa que hay algo que preguntar. Algo que ella sabe, que no quiere que yo sepa, y que, tal vez, está conectado con una llamada a medianoche de un hombre llamado Richard.

Miro el hueco que ha dejado en el sofá. La manta todavía conserva la forma de su cuerpo.

No sé quién es Richard.

Y no sé si quiero saberlo.

No querré.