GREG #2
—La receta decía «incorporar».
—Incorporar no significa freír. Significa mezclar fuera del fuego, con el calor residual.
—Bueno, técnicamente yo sí he incorporado. Solo que…
—Has hecho una tortilla de pasta, doctor .
—Lo importante es que esté bueno. A lo mejor he inventado un plato nuevo y delicioso.
Carol hunde una cuchara en la masa. La levanta. Algo cae con lentitud, como lava triste.
—No.
—Ni siquiera lo has probado.
Pero ella ya está con la cabeza dentro de la nevera.
Saca huevos, el taco de parmesano, un trozo de panceta que trajo hace dos días y un bol grande.
Empieza a cocinar. Sus manos se mueven con una autoridad que me fascina: corta la panceta en dados perfectos, casca los huevos con una sola mano, ralla el queso con firmeza y lo mezcla todo con un tenedor en movimientos circulares rápidos y precisos.
—¿Tú cocinas siempre así? —pregunto.
—¿Así cómo?
—Como si fueras un robot.
—Así cocina la gente que sabe cocinar.
—Yo sé cocinar. Es solo que la pasta se me resiste.
—La pasta se te resiste, el arroz se te resiste, y la última vez que intentaste hacer una sopa, el resultado sabía a agua caliente con tropezones.
—Oye, esa sopa no estaba tan mal.
—Tu perro la olió y se fue a otra habitación.
Miro a Burbon, que está tumbado en su sitio habitual junto a la puerta, con las orejas levantadas, esperando que algo rico se precipite al suelo.
—Traidor —le digo.
Carol pone agua a hervir. Mientras espera, pela una zanahoria para la ensalada con tres movimientos limpios.
Yo cojo otra zanahoria e intento imitarla.
El pelador se me resbala. La zanahoria sale disparada de mi mano, rebota en la encimera y casi cae al suelo.
Burbon la intercepta al vuelo con la velocidad de un portero profesional .
—No —digo—. Eso no era para ti.
Burbon la mastica con satisfacción.
Carol abre la boca para decir algo, pero la interrumpo.
—Esto me recuerda a la última de Gladys.
—Ajá, Gladys.
Por cómo repite su nombre, deduzco que Gladys no pertenece al círculo íntimo de personas favoritas de Carol. No estoy seguro de que ese círculo exista, pero si existe, Gladys no está en él.
—Tiene un novio nuevo.
—Mi pésame al novio.
—Se llama Doug, y es vegano. Me lo ha contado tres veces esta semana. ¡Tres!
Carol remueve los huevos con el queso.
—No me digas.
—Doug hace sus propias hamburguesas de remolacha. Y sus propias galletas de avena. Y su propio pan de espelta. Gladys me ha traído una muestra de cada cosa.
—¿Y?
—Las hamburguesas saben a cartón mojado y las galletas tienen la textura de un ladrillo.
—¿Y el pan?
—Lo estoy usando para calzar la pata de mi escritorio, que cojea. Funciona perfectamente.
Carol hace un ruido con la nariz que podría ser el principio de una risa.
—Pobre Gladys.
—Pobre Doug. Gladys lleva semana y media con él y ya ha rediseñado su apartamento, le ha cambiado el corte de pelo y le ha apuntado a bachata los jueves. Doug tenía el pelo hasta los hombros y una barba de ermitaño. Ahora parece un contable de Toronto.
—¿Y cómo es que sabes todo esto ?
—Porque Gladys no tiene filtro. Esta mañana me ha enseñado una foto de Doug en ropa interior. En la sala de espera. Delante de Ida Fenton.
—No.
—Ida ha dicho: «Flaquito, ¿no?»
Es un comentario inocente, ridículo, casi insignificante.
Pero Carol rompe a reír. Lo hace con el cuerpo entero, la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.
Es una risa que le cambia la cara de golpe y le borra las arrugas de tensión y las ojeras.
Durante tres segundos veo a la mujer que debió de ser antes de que algo la rompiera.
Se ríe con tanta fuerza que un sonido involuntario se le escapa del cuerpo, un sonido que los dos identificamos al mismo tiempo.
Se tapa la boca. Me mira. Sus ojos se abren enormes.
Estallo en carcajadas. No puedo evitarlo. Es la reacción en cadena más absurda del mundo: una conversación chismosa, la foto de un vegano en ropa interior, una ventosidad, y dos adultos que se ríen como críos en una cocina mientras la pasta se enfría.
La vida, por una vez, se parece a algo que merece la pena vivir.
Burbon, convencido de que las carcajadas significan comida, se pone a ladrar. Carol se sienta en el suelo porque no puede mantenerse en pie. Literalmente. Se deja caer junto al armario bajo, con las manos en la cara y los hombros temblando.
—No ha pasado —dice con la cara roja.
Me apoyo contra la encimera, con lágrimas en los ojos y un dolor costal de tanto reírme.
—Ha pasado.
—No ha pasado.
—Carol, ha pasado. Tengo el oído entrenado.
—¡Maldita sea Gladys! —exclama, y vuelve a romperse en carcajadas. Burbon le lame los dedos, quizá por compasión, quizá porque ha detectado restos de queso. Carol intenta apartarlo y eso la hace reír más.
—Odio esta cocina —dice entre risas.
—Mi cocina te adora.
Me mira entre los dedos. Los ojos le brillan.
Cenamos. La carbonara de Carol está perfecta. La zanahoria ya no existe. Burbon se ha dormido entre los dos con la panza llena y la conciencia limpia. Fuera, la noche cae sin que nos demos cuenta.
Esta noche bebemos más de lo habitual. No por necesidad, ni para acallar conciencias, ni nada de eso. Bebemos porque estamos a gusto y el líquido fluye con naturalidad. Carol está recostada en el sofá, con las piernas encogidas y la cabeza apoyada en el respaldo.