Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG
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GREG

SEÑAL DE ALARMA

¿Ya es de día otra vez? Uf.

La resaca me recibe como un viejo amigo que no he invitado. Dolor detrás de los ojos, boca de cartón y la certeza cruel de que anoche tomé varias decisiones pésimas, algunas que no recuerdo y una que sí: responder al email de Sara a las cuatro de la madrugada.

La comunicación escrita bajo los efectos del whisky debería requerir verificación en dos pasos, reconocimiento facial y una breve entrevista psicológica.

Algo tipo: «¿Está usted seguro de querer enviar este correo en sus condiciones?

». Por desgracia, la tecnología moderna avanza en direcciones absurdas.

Podemos desbloquear un coche con el móvil, pero no impedir que un hombre borracho escriba a su hermana sobre su exmujer.

Bajo a la cocina arrastrando los pies. Lleno el cuenco de Burbon de comida, preparo café y salgo al porche con la taza.

El sol ha decidido asomar. No con fuerza (esto sigue siendo Shelter Creek), pero sí con la suficiente convicción como para que los charcos de anoche brillen en el camino y el bosque pase de negro a verde oscuro. El aire está limpio, frío, con ese filo que te abre los pulmones hasta doler .

Bajo la vista y parpadeo.

Hay algo sobre el felpudo.

Una caja de pastillas para encender chimeneas. Sin nota. Sin envolver. Solo una cajetilla de cartón con la imagen de una llama naranja.

Carol.

Sonrío. «He visto que eres un inútil con la chimenea y he decidido solucionarlo sin tener que hablar de ello.» Eso es lo que dice este pequeño obsequio. Si algún día escriben un manual sobre cómo comunicarse sin mediar palabra, Carol Tremblay debería escribir el prólogo.

Miro hacia su casa. Las cortinas están cerradas y la puerta sellada. Ninguna señal de vida. Como siempre.

Me doy la vuelta para entrar y, justo antes de cruzar la puerta, veo algo de reojo.

El contenedor de basura.

Anoche, cuando metí la bolsa dentro, la tapa no cerraba del todo; la basura la levantaba un par de centímetros.

Ahora la tapa está plana. Completamente cerrada.

Supongo que anoche pasaría el servicio de limpieza.

Llevaba una buena borrachera. Ni siquiera recuerdo cómo llegué anoche del Moose hasta aquí sin morir congelado, perder una bota o declarar mi amor a una señal de tráfico, así que es normal que no me percatase.

En fin. Doy un sorbo a mi café. El sol calienta lo justo y la resaca empieza a retirarse.

Lo que sucede después no ocurre de golpe. No hay música dramática, ni una revelación bajo la lluvia, ni una conversación en la que alguien confiese demasiado mientras mira al horizonte. Es más parecido al deshielo: tan lento que no se percibe hasta que un día se mira y el paisaje es otro.

Primer día: Carol me saluda desde su jardín. Un saludo normal, con la mano, sin sonrisa. Le devuelvo el gesto, nada más. Pero es la primera vez que el saludo es recíproco sin que ninguno finja no haber visto al otro.

Tercer día: me pregunta por la caldera cuando coincidimos en el camino, yo con Burbon y ella con una bolsa de compost en la mano.

Le digo que el termostato sigue haciendo lo que le da la gana.

Me sugiere que pruebe a darle un golpe en el lateral.

Le digo que eso no es una solución demasiado técnica.

Me responde que tampoco lo es intentar encender una chimenea sin abrir el tiro, y que sin embargo ahí estuve yo.

Carol se despide y reanuda su camino. La conversación ha terminado. Y ella la ha zanjado soltando lo que mis antiguos residentes llamarían un «zasca».

Quinto día: cerveza en mi porche. El sol brilla más de lo habitual y ninguno de los dos tiene excusa para no aprovecharlo. Ella aparece con dos botellas y su frase de cabecera:

—Me sobraban.

Bebemos sentados en los escalones, cada uno en su lado, con un metro de madera entre los dos. Hablamos del clima, de Darlene, de nuestros equipos deportivos favoritos. De nada importante. Es agradable.

Octavo día: paseamos juntos con Burbon por primera vez.

No lo planeamos. Coincidimos en el sendero y, simplemente, ninguno de los dos sugiere separarse.

Caminamos en silencio durante más de una hora.

Al volver, Carol dice «buenas noches» y entra en su casa.

Es el paseo más cómodo que he dado con otro ser humano en años.

Décimo día: la invito a cenar. Preparo salmón al horno con verduras. Algo básico, digno y poco comprometedor. Comida de dos vecinos que comparten mesa sin que sea una cita.

Esa frase —sin que sea una cita— la repito mentalmente tres veces mientras compro el salmón en el supermercado.

Limpio la cocina dos veces .

Eso tampoco significa nada.

Duodécimo día: Carol trae una tarta de manzana. Burbon recibe un trozo. La alianza entre mi perro y mi vecina se consolida a un ritmo que me resulta ligeramente inquietante. Si mañana Carol se presentara con un documento legal para compartir custodia, sospecho que Burbon firmaría.

Los días se acumulan como las capas de nieve sobre el tejado: una encima de otra, cada una indistinguible de la anterior, pero con un peso total que cambia la estructura de debajo.

Y un día me doy cuenta de algo.

Burbon ha dejado de olfatear la esquina del salón.

En la consulta, la rutina se asienta. Darlene ya no me mira con esa expresión de «a ver cuánto duras». Ya soy «el médico del pueblo», o, como a Gladys le gusta decirme porque sabe que no me gusta, «Doc».

—Doc, tiene a la señora Fenton en la dos.

—Greg.

—Claro, Doc.

—Mi nombre es Greg.

—Lo sé, Doc.

Los pacientes empiezan a pedirme por mi nombre.

El grifo de la sala dos sigue goteando. Tyler Birch viene a que le revise la cicatriz y me trae un bote de mermelada casera que ha hecho su madre.

Ida Fenton me manda recuerdos a través de Gladys.

Me estoy convirtiendo en parte del pueblo y no sé cuándo ha pasado.

Los paseos con Burbon se han convertido en paseos con Burbon y Carol.

No todos los días. Tres de cada cinco, quizá cuatro.

Ella aparece en el sendero con el abrigo oscuro, las botas de montaña y ese gorro que le da un aire de niña enfadada con el mundo.

Caminamos juntos mientras Burbon trota delante.

A veces hablamos, otras veces no. Ambas opciones están bien.

Noto algo durante los paseos: Carol mira a Burbon con una atención que va más allá del cariño. Cuando se detiene demasiado en un arbusto o desaparece de repente, ella deja de hablar.

Supongo que teme que se escape otra vez.

Es comprensible. Yo también lo temo.

Un sábado, el sol sale con fuerza. Burbon encuentra un palo del tamaño de un bate de béisbol y me lo trae con el entusiasmo de quien ha descubierto el Santo Grial.

Se sienta frente a mí.

Tac, tac, tac.

—¿Quieres que lo tire?

Una pregunta absurda.

El palo pesa una barbaridad. Burbon no encuentra ramas, encuentra armamento medieval. Lo lanzo y el perro sale disparado. Sin pensarlo, salgo detrás, corriendo por el sendero nevado, con las botas resbalando y el aliento convirtiéndose en vapor.

Es la primera vez que hago algo así desde que vino aquí. Supongo que estoy de buen humor.

Oigo pasos detrás de mí.

Carol.

—¡Cuidado con la raíz! —grita.

Ríe mientras corre. Una risa entrecortada, sorprendida, como si tampoco ella supiera muy bien por qué ha empezado a perseguirnos.

¿Qué raíz?

Ah.

Esa raíz.

Mi bota izquierda la encuentra antes que yo. No me da tiempo a evitarlo. Tropiezo. Intento recuperar el equilibrio aleteando los brazos, pero no lo consigo y caigo .

Carol, que viene detrás, no tiene tiempo de frenar. Su bota choca con mi pantorrilla y cae conmigo.

La nieve es blanda, al menos. Terminamos de lado, enredados, con las piernas cruzadas y la nieve colándose por el cuello de los abrigos. Burbon vuelve con el palo en la boca, nos mira tirados en el suelo y ladea la cabeza, tal vez preguntándose si esto es parte del juego.

La cara de Carol está a quince centímetros de la mía. Tiene el gorro torcido, las mejillas encendidas, nieve en las pestañas. Su aliento es una nubecita caliente que me roza la barbilla. Huele a la crema de manos que usa. ¿Por qué sé eso?

—¿Estás bien? —pregunta, con la voz entrecortada.

—Define «bien».

—Que no te has roto nada.

Hago un inventario rápido.

—Solo la dignidad —digo—. Pero esa ya venía con grietas.

Carol aprieta los labios para no reírse. No lo consigue del todo. Baja la mirada y de repente parece cobrar consciencia de la distancia —o la falta de ella— entre nosotros. Se aparta un mechón de pelo de la cara con los dedos cubiertos de nieve.

—La próxima vez mira dónde pisas, doctor —murmura.

—La culpa es tuya por perseguirme.

—Te perseguía para avisarte de la raíz.

—Pues la advertencia ha llegado tarde.

Nos miramos un segundo de más.

Podría besarla.

La idea aparece con una claridad tan brusca que casi duele.

No lo hago.

Ella se levanta primero. Se sacude la nieve del abrigo y me tiende la mano. La acepto. Es pequeña, fría, y fuerte. Me tira hacia arriba con determinación.

—Gracias.

Burbon nos empuja a los dos con el hocico, indignado por la interrupción de su juego. Le lanzo el palo otra vez, con menos fuerza. Esta vez no corro.

Seguimos caminando. No hablamos de lo que acaba de pasar. Pero algo ha cambiado. El metro de distancia habitual entre los dos se reduce a medio metro.

Y ninguno lo corrige.

—Greg.

—¿Sí?

—Apártate de la cocina.

—Estoy cocinando.

—Estás cometiendo un crimen culinario. ¿Qué se supone que es eso?

Miro la cazuela. El contenido tiene un color indefinido entre el gris y el beige que recuerda al cemento húmedo. En cuanto al olor, supongo que sería generoso describirlo como «neutro».

—Pasta carbonara.

—No parece carbonara. Y desde luego, no huele bien.

—He seguido la receta.

—¿Qué receta?

—La de internet. Un chico de YouTube.

Carol cierra los ojos y exhala un suspiro que expresa todo lo que hay que expresar sobre mis habilidades culinarias. Se acerca a la encimera y aparta la cazuela del fuego como quien retira un arma cargada de manos de un niño.

—¿Has puesto el huevo con la pasta en el fuego?