Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG
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GREG

UNA FAMILIA DE TRES

Cierro el portátil de golpe y la habitación se sume en la oscuridad. El clic resuena más fuerte de lo que debería. O quizá soy yo, que ahora mismo estoy calibrado para el drama.

Burbon gruñe en sueños a los pies de la cama.

¿Se habrá atrevido?

Vuelvo a abrir el portátil. El email de Sara sigue ahí, con ese maldito PD en la última línea, brillando como un letrero de neón en mitad de una carretera desierta.

Vi a Linda el otro día, en un restaurante mexicano de la avenida Míchigan. Estaba con un tipo.

Un restaurante mexicano.

De la avenida Míchigan.

Mis manos se cierran sobre las sábanas.

Linda con otro. Cenando.

Allí.

Puedo verla sonriendo al camarero, inclinando ligeramente la cabeza al pedir un margarita con sal en el borde, porque es lo que siempre pedía. Linda siendo Linda, que es lo que mejor se le da: seguir adelante como si nada hubiera pasado.

Yo pierdo la carrera. El nombre. La casa.

Los amigos. El dinero. La ciudad. El sueño.

Y ella está cenando en un mexicano de la avenida Míchigan con un tipo que probablemente no sabe nada de nada.

Que seguramente piensa que ha tenido suerte.

Que la mira al otro lado de la mesa sin saber que esa mujer es capaz de sonreírte mientras te clava un puñal por la espalda.

Casi me apiado de ese pobre hombre.

Casi.

La injusticia duele como una gotera: constante, rítmica, imposible de ignorar una vez que la oyes.

Un restaurante mexicano de la avenida Míchigan.

¿Se habrá atrevido a llevarlo allí?

No quiero recordar, pero el cerebro no pide permiso. La imagen se abre sola, como una puerta empujada desde el otro lado.

Es una noche de julio en Chicago. El calor sube del asfalto, pegándose a las piernas.

El olor a lima y cilantro se escapa por la puerta abierta de Casa Azul.

Luces de colores cuelgan de la terraza exterior.

Mesas de madera pintada. Y un trío de mariachis en la esquina, con trajes negros y sombreros demasiado grandes, tocando una ranchera que hace vibrar los vasos.

El del acordeón suda más que mi asistente de quirófano en su primera cirugía.

Linda me observa sonriente desde el otro lado de la mesa. Hombros al aire y un margarita a medio beber. Su pelo está recogido en una trenza informal y un bronceado de fin de semana le dora las clavículas. Me mira con esos ojos castaños que, cuando la luz les da de lado, parecen de miel.

—Tu perro se ha meado en mis zapatos de Prada.

Hago un gesto con la mano.

—Técnicamente, Burbon es nuestro perro.

—Solo cuando es adorable. Cuando mea en mis zapatos, es tuyo.

—Los cachorros mean, cariño. Es lo que hacen. Ya crecerá .

—Greg, ha meado dentro del zapato. Ha metido la pata y ha meado. No es un accidente, es una provocación. Creo que me odia. Te quiere para él solo.

Me río. Linda aún no, pero le tiembla la comisura izquierda, señal inequívoca de que está a punto.

—Y te recuerdo —continúa, dando un sorbo—, que el otro día confundió el mando a distancia con comida. Casi se lo come entero. ¿Sabes cuánto cuesta uno de esos?

—¿Cuarenta dólares?

—Cuarenta y dos. Lo sé porque ya he pedido uno por Amazon. Así que tu perrito se comió cuarenta y dos dólares. No dejó más que el botón de Netflix.

—Eso demuestra que es un animal listo. El botón de Netflix es el único útil.

—Ah. Y el cojín del sofá. El bueno. El de plumas de oca.

—¿El verde?

—El verde. Cuando he llegado a casa, el salón parecía una pelea de almohadas en una fraternidad. Había plumas hasta en la lámpara.

Ahora sí se ríe. Tiene una risa que empieza en la garganta y termina en los ojos, y cuando se ríe de verdad, se le arruga la nariz de una forma que la hace parecer diez años más joven.

Los mariachis se acercan a nuestra mesa. El del acordeón me guiña un ojo. Linda se tapa la cara con la servilleta.

—No.

—¿No qué?

—No les pidas que toquen nada.

—¿Por qué no?

—Sabes que me muero de vergüenza.

Le hago un gesto al acordeonista y empiezan a cantar Cielito lindo . Hasta que Linda me da una patada por debajo de la mesa y los mariachis se retiran a por otra pareja.

—Eres incorregible —dice, robándome un nacho del plato. Se lo mete en la boca y me mira mientras mastica, con la barbilla apoyada en la palma de la mano y los ojos fijos en los míos.

—Greg.

—¿Sí?

—¿Crees que seguiremos viniendo aquí cuando seamos viejos?

—¿A Casa Azul?

Asiente.

—A esta mesa. Con margaritas y mariachis.

—Claro. Y Burbon vendrá con nosotros. Le pediremos una mesa para tres.

—Para entonces habrá muerto de viejito.

—Entonces traeremos a su hijo. O a su nieto.

—¿Pretendes que esa máquina de destrucción masiva se reproduzca? Eres un villano en potencia.

Me coge la mano por encima de la mesa. Sus dedos son finos, con las uñas pintadas de un rojo cereza que combina con todo. Me acaricia el pulgar con el suyo y bajo la guardia.

—Prométemelo —dice en voz baja.

—¿El qué?

—Que seguiremos viniendo aquí. Pase lo que pase. Aunque nos volvamos viejos y gordos y tengamos que pedir descafeinado en vez de margaritas.

—Te lo prometo.

Cierro los ojos. La imagen de Linda se sostiene un segundo más en la oscuridad de los párpados —el vestido blanco, sus dedos sobre los míos, la promesa flotando entre dos copas— y luego se apaga como una pantalla cuando alguien tira del cable.

Trago saliva. La garganta está seca. La habitación huele a madera fría y a perro mojado.

Tengo el portátil abierto sobre las rodillas y la pantalla iluminándome la cara en la oscuridad .

El cerebro es un órgano mal diseñado. Almacena los recuerdos felices en el mismo cajón que los dolorosos. Abres uno y salen los dos. Un defecto de fábrica que nadie ha sabido corregir. Quizá porque no tiene arreglo. Quizá porque arreglarlo sería peor.

Un mundo sin memoria sería un mundo sin dolor. Pero también sin Linda riéndose en un restaurante mexicano una noche de julio.

Prométemelo.

Había una vida antes de que todo se rompiera. A veces se me olvida.

A veces es mejor olvidarlo.

Miro la pantalla. El cursor parpadea. Estoy borracho. Vaya si lo estoy.

Abro un email nuevo.

De: Greg

Para: Sara

Fecha: viernes, 31 de enero — 03:47

Asunto: RE: Cosas

Dile a Emma que el perro rojo se porta mejor que su dueño.

Y no envíes la chaqueta. Me la pondré el día que vaya a buscarla. Considéralo una promesa a largo plazo.

Lo de Linda: gracias por contármelo. Le deseo lo mejor al tipo. Lo va a necesitar.

No te preocupes por mí. Estoy mejor de lo que crees.

G.