GREG #2
Carol está sentada en la camilla con una expresión que denota su deseo de estar en cualquier otro lugar del planeta.
Gladys le ha ofrecido un café, que ha rechazado, y una revista, que ha ignorado.
Darlene ha asomado la cabeza por la puerta, la ha mirado con curiosidad, luego me ha mirado a mí y ha desaparecido sin decir una palabra.
Cuelgo la placa en el negatoscopio. La luz blanca se enciende detrás.
Y lo que veo me hace fruncir el ceño.
La muñeca no es el problema principal. Lo primero: no hay fractura evidente.
Bien. Supongo que el dolor se debe a una inflamación del tendón extensor, probablemente agravada por el frenazo del mango de la pala contra la palma.
Nada serio. Reposo, hielo, antiinflamatorios y vendaje.
Dos semanas y estará como nueva. Si obedece, claro.
Lo que me gusta menos son las otras líneas.
Me quedo mirando la imagen. A veces la mente engaña, como todos sabemos. Tenemos cierta tendencia a ver lo que queremos —o tememos— ver.
—¿Qué pasa? —pregunta Carol desde la camilla.
Mantengo la voz clínica.
—La radiografía no muestra una fractura reciente. Eso es bueno. Lo de hoy parece inflamación del tendón, probablemente por la pala.
—Te lo dije.
—Sí.
—Entonces, ¿puedo irme?
—Espera un momento. —Señalo la placa—. Aparte de eso, tienes fracturas antiguas. En la muñeca y en el antebrazo. Algunas parecen de hace años.
Su cara cambia.
—Ah, ya. Me caí hace tiempo. Soy bastante torpe.
—Son varias fracturas, Carol. En distintos momentos.
—Ya te he dicho que soy torpe.
Sonríe y me mira con esa expresión que ya conozco: la de la versión ensayada, la del texto aprendido, la de la puerta que se cierra antes de que puedas meter el pie. La misma cara que puso cuando me contó lo de Richard en la oscuridad del dormitorio.
He visto esa sonrisa antes. En urgencias del Hospital General de Chicago.
Mujeres con gafas de sol a las once de la noche, brazos cruzados sobre el abdomen, labios partidos explicados por cantos de ventana, escaleras, bañeras resbaladizas, accidentes de cocina.
Hombres sentados a su lado contestando por ellas.
—Voy a buscarte unas muestras de antiinflamatorio —digo—. Espérame aquí.
Descuelgo la placa y salgo al pasillo. Voy directo a la sala de enfermería, donde encuentro a Darlene archivando expedientes con un bolígrafo entre los dientes. Levanta la vista al verme entrar.
—¿Todo bien, doctor? No traes tu mejor cara.
Coloco la radiografía en el visor de la sala.
—¿Qué ves ahí?
Darlene deja el expediente y se aproxima. Se pone las gafas de cerca, esas de media luna que le cuelgan de una cadenita alrededor del cuello. Analiza la placa. No necesita mucho tiempo. Treinta años de enfermería le han enseñado a leer los huesos como quien lee un periódico.
—Callos óseos múltiples —dice—. Cara cubital del antebrazo. Distintos estadios de consolidación. —Se quita las gafas. La expresión que le queda no me gusta—. ¿La paciente dice que se cayó?
—Varias veces.
Me mira con cansancio.
—Mira, doctor. —Baja la voz medio tono, adquiriendo un nuevo matiz de respeto—. Las mujeres torpes se caen de frente, de lado o de culo. Se rompen muñecas, caderas y tobillos. Lo que no hacen es fisurarse los antebrazos levantándolos para protegerse.
Asiento en silencio. Todo eso ya lo sabía, pero necesitaba oírlo de otra persona.
Darlene mira hacia el pasillo.
—¿Es Carol?
No respondo, y eso es respuesta suficiente.
Ella cierra los ojos un segundo.
—Ya.
Hay mucho en ese «ya». El pueblo; los rumores; la mujer que ya no sonríe .
—No la presiones aquí —añade—. Si se siente acorralada, se irá.
Miro la placa. Los huesos de Carol brillan en blanco y negro.
—¿Qué hago?
—Le tratas la muñeca. Le dices lo que necesita saber. Le dejas una puerta abierta. Y no la empujas a cruzarla.
Puertas. Siempre puertas.
Darlene me aprieta el brazo al pasar junto a mí. Un gesto breve, cariñoso, casi maternal.
—Y ten cuidado tú también, Greg.
—¿Con qué?
Me mira desde la salida.
—Con querer salvar a alguien que no te ha pedido que la salves.
Me deja solo en la sala, frente a la placa retroiluminada.
Fracturas que curaron torcidas porque nadie las trató. Callos formados en silencio. Calcio y fósforo organizándose como podían después de cada impacto. Huesos que cuentan una historia que Carol no quiere contar y que yo, hasta hace cinco minutos, ignoraba.
La misma mujer que anoche bailó conmigo en su cocina, que apoyó la frente en mi hombro mientras Springsteen cantaba sobre buscar una señal, que me mordió el labio.
Esa mujer tiene el brazo roto por años de protegerse de algo.
De alguien.
Los dos tenemos secretos. La diferencia es que los míos nadie los descubrirá nunca y los suyos están en sus huesos, visibles para cualquiera que sepa interpretar una radiografía.
No sé cómo actuar. ¿Pregunto? ¿Presiono? ¿Digo Richard y veo qué se rompe? ¿O lo dejo pasar como la puerta cerrada o la llamada a medianoche?
Recojo unas muestras de antiinflamatorio y vuelvo a la sala dos. Carol sigue sentada donde la dejé, con la espalda recta y la mano izquierda apoyada sobre el muslo.
Cuando entro, vuelve la cabeza. Me siento frente a ella y dejo las pastillas en la bandeja metálica. Le explico la pauta de antiinflamatorios y le vendo la muñeca con mimo. Ella mira mis manos mientras trabajo. No sé si porque le duele, porque desconfía o porque así evita mirarme a los ojos.
—Nada de quitar nieve durante al menos una semana —digo.
—Cinco días.
—Una semana y renegociamos.
—Eres agotador.
Sonrío.
—Lo sé.
No me pregunta qué he visto en la placa. Yo no se lo cuento.
Le dejas una puerta abierta…
En el coche, de vuelta a casa, no hablamos.
Ella mira por la ventana. Yo miro la carretera.
La nieve brilla bajo el sol bajo de la tarde.
Las casas de Shelter Creek aparecen separadas por montículos blancos, chimeneas, vallas medio enterradas, coches con sal en los bajos. Un pueblo normal. Un pueblo tranquilo.
Qué mentira tan bien iluminada.
Al llegar, Carol abre la puerta antes de que yo apague el motor.
—Gracias —dice. Sin mirarme.
—Carol.
Se detiene con un pie fuera. El aire frío entra en el coche.
—Si alguna vez necesitas hablar de esas fracturas… no como médico. Como lo que sea que soy para ti.
Ahora sí me mira. Hay algo en sus ojos que podría ser gratitud o podría ser miedo. Durante un segundo creo que va a decir algo. «Richard»; «fue él»; «no fue él»; «déjame en paz»; «ayúdame». Pero solo baja la mirada a su muñeca vendada, sale del todo y cierra el coche.
Cruza hacia su casa sin mirar atrás.
Yo me quedo sentado con las manos sobre el volante.
Los huesos no mienten. Las personas sí.