Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG #2
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GREG #2

Doy un paso hacia su porche. Me detengo. Doy otro. Me detengo.

No. No voy a llamar a la puerta de una mujer a las tres de la madrugada oliendo a whisky y tambaleándome como un marinero en su primer permiso.

No porque sea imprudente, que lo es. Sino porque si llamo a esa puerta ahora, borracho, sin excusa, sin perro perdido y sin una razón que pueda defender ante un jurado, estaré admitiendo algo que todavía no estoy preparado para admitir.

Me doy la vuelta y entro en mi casa. Muy bien, Greg. Primera decisión sensata de la noche.

No soy consciente de lo borracho que estoy hasta que cruzo el umbral.

En el vestíbulo, la oscuridad es total. El interruptor de la luz tiene que estar por algún lado, pero que me peguen un tiro si recuerdo dónde. Extiendo los dedos por la pared, tanteando. El mundo se mueve con retraso. Mi cabeza va un poco por delante de mi cuerpo, o quizá al revés .

Avanzo despacio, arrastrando los pies. La cabeza me da vueltas. Temo darme un golpe en la rodilla o tropezar con algún juguete de Burbon. La pata de la mesa, la pelota de tenis…

Choco contra la pared. Las paredes de esta casa carecen de enlucido fino, por lo que uno corre el riesgo de rasparse si se apoya en ellas. Por el mágico arte de la manifestación, una astilla me araña la palma de la mano.

—¡Mierda! —grito en la oscuridad. Mi voz suena más borracha que furiosa.

Me estremezco al pensar en una imagen: si ahora me rozara una mano en la oscuridad, o vislumbrara la silueta de una mujer contra la ventana, empezaría a gritar, y a gritar, y a gritar.

Me quedo muy quieto, con el corazón aleteando.

—Anda ya —me digo—. Déjate de chorradas y enciende la luz.

Encuentro el interruptor. La cocina se ilumina y Burbon aparece trotando desde el dormitorio con la pelota de tenis en la boca y el rabo a plena potencia.

—Hola, bandido.

Se sienta delante de mí, deposita la pelota a mis pies y me mira con la expectación de un niño de cinco años la mañana de Navidad.

—¿En serio? ¿Ahora?

El rabo golpea el suelo. Tac, tac, tac.

—Eres consciente de que tu dueño apenas puede mantenerse en pie, ¿verdad?

Tac, tac, tac.

Le tiro la pelota hacia el salón. Burbon sale disparado, la atrapa en el aire y vuelve corriendo para depositarla otra vez a mis pies.

Repito la operación tres veces más. A la cuarta, la pelota se me escapa de la mano y rebota en la lámpara del techo.

Burbon la caza antes de que toque el suelo.

Atleta. Si Ray lo hubiera visto, habría dicho que el perro tiene mejor lectura de juego que la mitad de sus receptores.

Abro la puerta trasera para que salga a hacer sus cosas. El perro alza la cabeza, parece saborear el aire y en un abrir y cerrar de ojos echa a correr por el jardín hacia la linde del bosque.

No. Ni hablar.

—¡Burbon! ¡Aquí!

Frena en seco, a tres metros de los árboles, y me mira con la expresión ofendida de un adolescente al que le han cortado la fiesta.

—Ni se te ocurra. Una vez por semana es mi límite de infartos.

Vuelve trotando con la cabeza gacha. Hace sus necesidades en la esquina del jardín, junto a la valla. Lo observo desde la puerta, con el frío mordiéndome los tobillos y la mano todavía escociendo por la astilla.

El bosque se alza al fondo. Negro, quieto, compacto.

No me gusta cómo se queda quieto.

Fantástico. Ahora le atribuyo intenciones a un conjunto de árboles. Siguiente fase: discutir con las montañas.

Burbon termina y regresa. Lo dejo entrar y cierro la puerta con más fuerza de la necesaria. Mientras me quito el abrigo, el estómago ruge; no he comido nada desde esta tarde y me muero de hambre.

En la nevera hay restos de pollo sobrante del guiso de Carol.

Los corto en finas lonchas que dispongo sobre una rebanada de pan y agrego dos rodajas de cebolla.

Me quedo contemplando el plato unos momentos, como un artista evaluando su obra, y luego lo rocío generosamente de mostaza y tabasco antes de cubrirlo con otra rebanada de pan.

Si Linda estuviera aquí, frunciría la nariz con esa mueca de repugnancia que fue volviéndose más habitual con los años: «¡Qué vulgar, Greg!»

Pues tú te lo pierdes, cariño.

Devoro el bocata apoyado contra la encimera. Está magnífico. Alguien dijo una vez que quien bebe como un cerdo come como un lobo. Bueno, tal vez no fuera exactamente así. Hago bajar el bocadillo con varios tragos de cerveza que bebo directamente del botellín. Otra costumbre que Linda detestaba.

Mientras recojo los restos del bocadillo, mi mirada va a la encimera. La bolsa blanca sigue ahí, junto al tostador y el bote de café. Con las asas atadas. Y el bulto blando dentro.

Lo he ignorado mientras comía con Carol a un metro de distancia.

Cojo la bolsa. No pesa casi nada.

El alcohol toma la decisión por mí. La llevo hasta la puerta trasera, salgo fuera y abro el cubo de basura. El olor sube de golpe: restos de comida, humedad, plástico. Meto la bolsa al fondo, debajo de otra bolsa de desperdicios. Empujo con la mano hasta que desaparece.

El cubo se cierra con un golpe metálico.

Hecho, me digo, sacudiéndome las manos. Un juguete viejo que un perro desenterró en el bosque y que ahora está donde debería haber estado desde el principio: en la basura.

Vuelvo dentro y subo directo al dormitorio. Burbon ya está sobre la alfombra, girando sobre sí mismo antes de tumbarse. Tres vueltas. Siempre tres. Alguna parte ancestral de su cerebro cree que así aplasta hierba alta y espanta serpientes.

Me desnudo, me desplomo en la cama y enciendo el portátil con la intención de mirar el correo antes de que la habitación deje de dar vueltas y me quede dormido.

Tengo un email nuevo de Sara.

Al leerlo, se me baja la borrachera de golpe.

La habitación ha dejado de girar.