Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG
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GREG

RUMORES

El Moose es ese bar al que uno va cuando no quiere ir a ningún sitio.

Madera oscura, luz tenue. Cuatro taburetes ocupados dispersos a lo largo de la barra, un televisor mudo con hockey sobre hielo y un cartel luminoso de Molson Canadian que parpadea con la intermitencia irregular de un latido enfermo.

Detrás de la barra, cuatro surtidores de cerveza artesanal y un tipo con barba pelirroja y brazos de leñador que seca vasos con un trapo que probablemente lleva más kilómetros que mi Tesla.

Se llama Wade, y es el tipo de barman que te sirve sin preguntar y te mira sin juzgar, lo cual es todo lo que necesito esta noche.

—Maker’s Mark. Solo.

Wade asiente, sirve la bebida y se aleja. Un profesional del silencio. Si alguna vez me canso de la medicina, quiero ser Wade.

En la gramola suena Bon Jovi. Livin’ on a Prayer .

La tarareo sin pensar. Tommy solía trabajar en los muelles.

Gina soñaba con escapar. Llevan cuarenta años a medio camino de ningún sitio y, de algún modo, siguen siendo el himno de toda persona que va a un bar un jueves por la noche a beber sola. Incluido yo .

Bebo.

Hace tres horas, Carol Tremblay estaba sentada a mi mesa, humedeciendo sus labios rojos con mi cerveza y mirándome con una mezcla de curiosidad y cautela, como quien acaricia a un animal sin saber si muerde.

Hemos comido. Hemos hablado, quizás demasiado. Hemos encendido la chimenea y me he reído más que en los últimos meses. Preocupante.

La despedida ha sido breve.

—Buenas noches, Greg.

—Buenas noches, Carol.

Nada más, eso ha sido todo. Ni un beso en la mejilla, ni un roce accidental de manos, ni una frase cargada de posibilidades. Solo dos adultos cerrando un buen día.

Después me he quedado solo con los platos sucios, el olor a guiso y una sensación extraña que aún no sé catalogar.

No es nostalgia, porque la nostalgia necesita un pasado al que aferrarse, y Carol y yo no tenemos pasado.

Es algo más inmediato, más físico. Como el hueco que deja un mueble que alguien se lleva: no es que lo necesites, pero notas la marca en el suelo.

¿Qué ha pasado esta tarde, Carol? ¿Por qué has venido?

Me sobraba comida.

¿Por qué será que no la creo?

Doy otro trago. Tommy y Gina siguen aferrados a su fe. Bien por ellos. Yo me agarro a un vaso.

Un hombre se sienta en el taburete a mi lado.

Calculo que hay unos veinte taburetes libres.

En términos estadísticos, elegir el que está justo a mi lado indica una de estas posibilidades: uno, el hombre es ciego; dos, es un sociópata; tres, quiere hablar conmigo.

Como no lleva bastón ni perro guía, y la tercera opción suele ser una subcategoría de la segunda, activo el modo precaución .

Lleva el pelo demasiado largo para su edad, la piel salpicada de tatuajes descoloridos y un pendiente de aro en la oreja izquierda. No tengo nada contra los pendientes; en algunas personas quedan bien. En otras, como en este hombre, parecen una invitación formal a un puñetazo.

—Eres el nuevo, ¿no? —dice, inclinándose demasiado hacia mí—. El médico.

Me limito a asentir sin apartar la mirada de mi whisky.

—Es muy atractiva.

Ah.

Ya estamos.

—¿Quién? —pregunto, aunque intuyo a quién se refiere.

—Carol. Tu vecina.

Ahora sí me vuelvo para mirarlo. De cerca, el hombre empeora: papada fofa, ojos pequeños y demasiado juntos, y el tipo de sonrisa que usaría un vendedor de coches de segunda mano para sacarte tres mil dólares de más.

Huele a grasa de motor y loción de afeitado barata, una combinación que mi olfato de cirujano cataloga instintivamente como «insalubre».

—Antes se sacaba más partido —prosigue, sin que nadie se lo haya pedido—. Se cuidaba más. Pero me sigue encantando cuando la nariz se le pone roja por el frío, ¿a ti no?

No hay que ser muy listo para pillarlo: el tipo está marcando territorio. Lo cual sería casi tierno si no fuera tan agresivamente innecesario. Elijo el camino de la prudencia y me limito a encogerme de hombros, que es el equivalente universal de no decir nada.

El tipo me tiende una mano regordeta.

—Me llamo Lyle. Tengo un taller aquí, a la entrada del pueblo. Si alguna vez quieres poner a punto tu Tesla, ven a verme.

Por algún motivo, no me tranquiliza que este tipo sepa qué coche tengo .

Vale. Seamos justos. Un Tesla blanco en Shelter Creek es tan discreto como un yate en un pantano. No hace falta ser espía para verlo. Pero que lo mencione así, de pasada, es su forma de decirme que me ha estado observando.

Le estrecho la mano. La suya es blanda en la palma y dura en los dedos. Callos, grasa bajo las uñas, nudillos castigados. La mano de alguien que aprieta tornillos y quizá otras cosas.

—Gracias por el ofrecimiento —digo—. Lo tendré en cuenta.

—No me has dicho tu nombre —dice, soltándose.

—Pero ya lo sabes.

Esboza una sonrisa de capullo que me obliga a contar hasta tres.

—Eres Greg Abbot, claro. El famoso traumatólogo de Chicago. El médico de las celebridades.

La frase me golpea en un lugar que creía protegido.

El famoso traumatólogo de Chicago. Es absurdo cómo unas palabras pueden atravesar ropa, piel, costillas y llegar a una zona blanda donde no deberían entrar desconocidos.

Durante un segundo, El Moose desaparece.

Wade, la barra, Bon Jovi, todo se aleja.

Solo queda esa etiqueta. El titular barato.

Esa versión de mí que otros recortaron, simplificaron y pegaron en internet para que cualquiera pudiera señalarla con un dedo sucio.

¿Quién se lo ha contado? ¿Darlene? ¿Ida? ¿O este tipo ha tecleado mi nombre en Google y ha encontrado los mismos titulares que me hicieron huir? La posibilidad me revuelve el estómago más que el whisky.

—No es tan glamuroso como parece —digo, poniéndome en pie. Mala decisión. Por un segundo, el bar se tambalea ante mis ojos. Apoyo una mano en la barra. Cuando recupero el equilibrio, saco un par de billetes de la cartera y los dejo junto al vaso—. Ha sido un placer, Lyle.

No lo ha sido, y ambos lo sabemos .

Lyle no pestañea.

—Entonces, ¿te la estás tirando?

La música parece bajar de volumen. Me giro despacio.

Si ahora le estampara el puño contra esa nariz de puerco, se la achataría aún más.

Y probablemente me sentaría bien. Pero soy médico y juré no hacer daño.

Aunque Hipócrates no tuvo que lidiar con mecánicos de pueblo que confunden una conversación de barra de bar con traspasar líneas peligrosas.

Esta clase de razonamiento es exactamente por la que los médicos no deberíamos emborracharnos cerca de imbéciles.

—¿Perdona?

—No pretendía ser indiscreto.

Qué frase tan fascinante. Como apuñalar a alguien y decir «no pretendía perforarte».

Me dispongo a dar media vuelta cuando Lyle me agarra por el antebrazo con fuerza.

La presión es desproporcionada para un gesto que pretende ser casual.

Cuatro puntos de contacto, pulgar incluido.

Este tipo podría plantarme cara si decidiéramos resolver nuestras diferencias a base de puñetazos.

Por otro lado, llevo una tajada de campeonato; una parte de mí se pregunta si sería capaz de dar la talla en una hipotética pelea, pero al resto de mí no le importa lo más mínimo.

—Ten mucho cuidado con ella, doctor.

Su tono ha cambiado. Ya no es el matón celoso del bar. Es algo más ambiguo, más difícil de leer. Podría ser la advertencia de un tipo despechado que quiere marcar territorio. O podría ser otra cosa.

—Creo que ya tengo una edad para hacer lo que me plazca —digo.

Sin embargo, su comentario me hace vacilar. Me suelto de su agarre y vuelvo a sentarme. Tengo unas ganas locas de quitarme a este plasta de encima, pero pensándolo bien, ¿qué puedo perder escuchándolo ?

Nada.

—¿Por qué has dicho eso de Carol? —pregunto, bajando la voz.

Lyle sonríe un poco menos.

—Por nada. Es solo que no es una mujer fácil.

—¿Podrías ser más específico?

—Me temo que no. —Lyle se termina la cerveza de un trago largo. La deja sobre la barra con un golpe suave—. Ya lo averiguarás por ti mismo. En cualquier caso, mucha suerte.

Se levanta, me da una palmada en la espalda con la naturalidad de un viejo amigo que no es viejo ni amigo, se pone un abrigo polar y camina hacia la puerta.

—Lyle.

Se detiene y se gira.

—¿Quién te ha contado lo de Chicago?

La sonrisa de vendedor reaparece en su rostro.

—Doctor, esto es Shelter Creek. Aquí lo sabemos todo.

La puerta del bar se cierra tras él, dejándome solo con mi bourbon, mi paranoia y otra canción de Bon Jovi que, esta vez, no me suena de nada.

No es una mujer fácil.

¿Qué significa eso exactamente? ¿Que Carol rechaza a hombres como Lyle? Eso no la hace difícil; la hace inteligente.

¿O significa otra cosa?

Pido otro whisky. Wade lo sirve sin comentarios. Dios bendiga a Wade.

Decido que es hora de irme cuando, a las dos de la madrugada, el bar empieza a girar a una velocidad incompatible con la física.

Me bajo del taburete con la estabilidad de un astronauta pisando la Luna y me dirijo a la puerta.

Wade me dice algo que podría ser «buenas noches» o «cuidado con el escalón». Probablemente lo segundo.

Fuera, el cielo se ha despejado como por arte de magia.

La tormenta ha limpiado las nubes y ahora las estrellas cuelgan sobre Shelter Creek.

Una luna creciente ilumina los tejados, los charcos y los bordes de nieve sucia junto a la acera.

El viento ruge y silba entre los pinos con un sonido que parece un coro de monjes enfadados.

Camino por la calle principal, que a estas horas está vacía. Mis pasos suenan extrañamente decididos para un hombre que ve doble.

Al llegar a mi calle, me detengo.

Dos casas. La mía, a oscuras. La de Carol, con la luz de la cocina encendida. Miro el reloj del móvil. Me cuesta enfocar. Las tres de la madrugada. Otra vez.

—¿Qué haces despierta, vecina? —murmuro, con las manos en los bolsillos y el aliento formando nubes de vaho—. ¿Qué hay al otro lado de esas cortinas que te impide dormir?