CAROL
CALOR INESPERAD O
Le he mentido.
«Me sobraba comida», le he explicado cuando me ha preguntado por el motivo de mi visita.
No es verdad. No ha sido por eso. He venido por una razón muy específica que no voy a compartir con él ni con nadie.
Ahora estoy aquí, con una cerveza y un hombre que tampoco me ha dicho la verdad. Algo salió mal. Y las consecuencias fueron peores que el error.
Una frase perfecta de galletita de la fortuna. Dice mucho sin decir nada. Es el tipo de frase que ensayas frente al espejo hasta que te la crees. Lo sé porque yo tengo las mías.
Greg esconde algo. Lo percibo en cómo se cierra cuando le preguntas por su antigua vida en Chicago: los hombros se le suben, la mandíbula se le aprieta y sus ojos buscan la ventana. Es el lenguaje corporal de alguien que huye.
Da igual, no es asunto mío.
Lo que sí es asunto mío es que este hombre vive al lado de mi casa y tiene un perro que escarba donde no debe. Eso sí me concierne. Y para que no se me vaya de las manos necesito saber quién es Greg. Qué piensa sobre mí. Qué observa. Qué ha visto y qué ha decidido ignorar .
Ya se lo sonsacaré más adelante. Cuando tengamos más confianza.
Confianza.
No sé si esa palabra estaba en el plan.
Me llevo el botellín a la boca y me sorprendo al encontrarlo vacío.
—Que no pare —sonríe él, acercándome otro.
—De acuerdo, pero solo una más. Tengo que marcharme pronto.
—¿Con este tiempo? —Señala hacia la ventana—. ¿Qué tienes que hacer en un día así?
No es consciente de lo mucho que me repatea su frase.
Para él, «un día así» es una jornada de lluvia en la que no apetece salir; una buena excusa para sentarse a leer un buen libro o tomar una copa de vino.
Para mí, «un día así» es rutina: cerrar la puerta, echar los cerrojos, sentarme en una cocina vacía y seguir respirando porque no tengo una alternativa mejor.
Simplemente, seguir respirando.
¿Quién decía eso? Creo que era Tom Hanks, en su brillante papel de náufrago.
No le contesto a Greg. El silencio se instala entre nosotros. Por cómo se lleva la botella a la boca y bebe lentamente, Greg entiende que no debería haber preguntado, pero no se disculpa, lo cual agradezco. Las disculpas innecesarias me irritan aún más que las preguntas impertinentes.
El perro se acerca y apoya la cabeza en mi muslo. Tiene una pelota de tenis entre los dientes y me reta a que se la quite.
Me sobreviene un escalofrío.
—Hace frío —digo, frotándome los brazos por encima de la blusa.
—El maldito termostato está fallando otra vez. —Greg se levanta—. Espera, voy a encender la chimenea.
Por la seguridad con la que lo dice, cualquiera diría que es un experto. Pero no lo es. Lo sé antes de que se arrodille frente al hogar, meta tres troncos de golpe, busque cerillas y descubra que no tiene pastillas de encendido.
—Esto tiene que funcionar —murmura con fastidio, mientras arruga una hoja de periódico y la coloca debajo de la leña.
Enciende la cerilla y el papel arde. La llama lame la base de los troncos.
Pero la leña no prende.
El humo, en vez de subir por el tiro, se derrama hacia la sala. En treinta segundos, el salón parece una cámara de gas. Greg se pone de pie, tosiendo, con los ojos enrojecidos.
—Joder.
Se apresura a abrir la ventana. Entra una ráfaga de aire helado y unas gotas de aguanieve salpican la encimera. El humo no se disipa.
Mis ojos aprovechan para recorrer la cocina entre la bruma. La encimera, el tostador, el bote de café. Y junto a ellos, una bolsa de plástico blanca con las asas atadas.
Aparto la vista antes de que él note nada.
Greg abre la otra ventana y el aire cruza la habitación como una estampida. Burbon se refugia debajo de la mesa.
La escena me divierte y no puedo reprimir una amplia sonrisa.
He conocido hombres que controlaban cada situación. Que sabían encender chimeneas, arreglar coches y abrir botellas de cerveza con las manos. Hombres que usaban ese tipo de «competencias» como una demostración de poder. Mira lo que sé hacer. Mira lo que controlo. Admírame.
Greg es todo lo contrario. Sigue tosiendo con la cara roja y los ojos llorosos mientras agita un trapo de cocina para espantar el humo de manera cómica.
Decido apiadarme de él. Me levanto con la intención de echarle una mano. Voy a la chimenea y compruebo la llave del tiro, que está cerrada. La abro y el humo empieza a subir.
—Era el tiro —digo.
Greg me mira. Tiene los ojos como un conejo de laboratorio.
—¿El tiro?
—Hay que abrirlo antes de encender el fuego. Si no, el humo no tiene por dónde salir.
Se queda mirando la chimenea. Y luego a mí.
—Lo sabías desde el principio, ¿no?
—Quería ver cuánto tardabas en pedirme ayuda.
No es verdad. He tardado en reaccionar porque estaba deleitándome observándolo. Hay algo atractivo en ver a un hombre fracasar sin intentar disimularlo.
El calor empieza a extenderse y Greg cierra las ventanas. El perro sale de debajo de la mesa y se tumba junto al fuego con un suspiro de actor dramático.
—Gracias —dice Greg, sentándose de nuevo.
—No se lo cuentes a nadie.
—¿Que no sé encender una chimenea?
—Que he tenido que salvarte.
Me dedica una bonita sonrisa. Se la devuelvo.
Sigue con los ojos enrojecidos por el humo y tiene una mancha de hollín en la frente que no ha notado. Debería decírselo, pero no lo hago. Es un detalle absurdo, inofensivo, y por algún motivo que no quiero examinar, me gusta que esté ahí.
Seguimos bebiendo y charlando sobre banalidades. A nuestras espaldas, cruje un nudo de leña: una chispa crepita en la chimenea. Las llamas se asientan y murmuran en la sala.
No me gustan los hombres.
El pensamiento llega automático, como un interruptor. Lo llevo repitiendo cinco años. Es un mantra. Un cerrojo más como los que tengo en la puerta .
Pero detrás del pensamiento viene otra cosa.
Un destello. Unas manos grandes cerrándose alrededor de mi muñeca.
Un reloj de oro arañándome la piel. El olor a colonia cara que todavía me revuelve el estómago cuando lo capto en un supermercado.
El impacto que lo apagó todo. Y los restos de saliva de su barbilla, que se limpia con el dorso de la mano.
«Esto no habría pasado si me hubieras obedecido.»
¡Basta!
Miro a Greg y lo revivo tosiendo por el humo. Tratando de encender la chimenea con la dignidad de quien cree saber lo que hace. Ofreciéndome bizcocho industrial como postre y hablando con su perro como si fuera una persona.
Este hombre no se parece en nada a aquel.
Es un pensamiento peligroso. Comparar significa evaluar. Evaluar significa considerar. Y considerar es el primer paso hacia algo que juré no volver a hacer.
Tenlo claro, Carol. No te gustan los hombres que no saben encender una chimenea. Y tampoco los que sí saben.
No te gustan los hombres y punto.