GREG #2
Pienso en lo que Darlene me dijo sobre Carol.
Antes sonreía. Ahora vive como si todo el mundo quisiera hacerle daño.
Pienso en Ida: Tenían un niño precioso. El marido se lo llevó.
Pienso en la frase que Darlene no terminó sobre el golpe con la puerta.
Miro a Carol, con los labios manchados de espuma, y me pregunto cuál de todas las historias que me han contado sobre esta mujer se parece a la verdad.
Probablemente ninguna. Las historias de pueblo son como los juegos del teléfono escacharrado: empiezan con un hecho y terminan con una leyenda.
—¿Conoces a Ida Fenton? —pregunto .
Exhala una carcajada seca.
—Todo el mundo conoce a Ida. Es la mujer que más ha vivido en este pueblo y la que menos se calla. Me cae bien, para ser honesta. Es la única que no finge que no me ve cuando paso por la calle.
Lo dice sin autocompasión. Luego aparta la mirada y da un nuevo sorbo. Espero a que diga algo más. Tarda un poco, pero por fin se arranca:
—La gente hace lo que hace y tiene sus propias razones. No me quejo.
Eso me sorprende.
Luego cambia de tema. Me pregunta por la consulta y por los pacientes. El salón parece subir su temperatura.
—¿Gladys ya te ha explicado su sistema de archivadores?
—Creo que he firmado un acuerdo verbal de confidencialidad —bromeo.
Asiente con seriedad.
—Nadie entiende el sistema de Gladys. Sospecho que ni ella misma.
—Eso explicaría muchas cosas.
Luego saca el tema de la caldera. Le pregunto si tiene frío, y me dice que no, que es solo curiosidad. Así que yo le explico que el dichoso termostato sigue haciendo cosas raras.
Entonces se palpa el bolsillo del pantalón. Luego el otro. Mira alrededor de la mesa con la expresión de quien ha perdido algo.
—¿Buscas algo?
—Cigarrillos —dice, con un gesto de fastidio—. No importa. Creo que se me han acabado.
—Puedes fumar aquí, aunque te sorprenda.
Me mira con una ceja levantada.
—¿Un médico animando a fumar?
—Soy la excepción que confirma la regla.
—No lo dudo. —Chasquea la lengua—. El problema es que no me queda ni uno.
—Puedo ofrecerte un chicle de menta. Es lo más parecido a un vicio que tengo en la despensa, alcohol aparte.
—Paso.
—También tengo bizcocho industrial. Si eso cuenta como vicio.
—Cuenta como vicio malo. Pero, en fin, el tabaco también lo es. Sácalo.
Me levanto y voy al armario. Al pasar junto a la encimera, mi mirada roza la bolsa de plástico del supermercado que dejé ahí anoche, con las asas atadas, junto al tostador y el bote de café.
No me detengo y saco el bizcocho del armario.
Viene en un envase de plástico transparente con una etiqueta que dice «Artesanal» en letras cursivas, lo cual es la mentira más burda y descarada desde que alguien inventó la expresión «comida sana de aeropuerto» o «sin azúcares añadidos» .
¿Desde cuándo es necesario añadir azúcares a un zumo?
La fruta ya hizo su parte. Dejadla en paz.
Pongo el bizcocho sobre la mesa junto a un cuchillo y corto dos porciones.
El bollo tiene la textura de una esponja olvidada al sol, y al lado del guiso de Carol cualquier cosa parecería comida de instituto, así que lo compensamos con más cerveza.
Aún no es ni media tarde, pero me parece que no sería apropiado restringir el consumo de alcohol.
Además, una parte de mí —una parte poco ética, pero muy despierta— espera que la cerveza le afloje la lengua.
A estas alturas, la conversación ha encontrado un ritmo propio: ella pregunta, yo respondo a medias, yo devuelvo la pregunta, ella responde aún menos.
Es un partido de tenis donde nadie quiere que la pelota aterrice en su campo.
Pero este es un set cómodo, más bien un peloteo de esos en los que el marcador no importa, solo seguir jugando .
—¿Sabes lo peor de vivir sola? —dice de repente, con la vista clavada en su porción de bizcocho.
La frase abre una rendija.
—¿Qué?
—Que acabas hablando con las plantas.
—Yo hablo con el perro.
—Al menos él reacciona.
Levanta el botellín con cierto desdén, haciendo ademán de brindar. Es el brindis de los perdedores.
Yo empiezo a reír por lo bajo y luego suelto una carcajada. Siento que estoy mucho más relajado.
Nos miramos. No es una mirada cargada de significado cinematográfico, ni el momento en que los violines suenan y la cámara hace zoom.
Es algo más pequeño y real: el reconocimiento silencioso de dos personas que entienden la soledad del otro porque la habitan de la misma forma.
Tal vez. No lo sé: soy traumatólogo, no psicólogo especializado en traumas.
El momento pasa. Carol corta otro trozo de bizcocho. Burbon suspira debajo de la mesa.
El aguanieve arrecia contra las ventanas.
La casa se ha oscurecido tanto que tengo que encender la luz del techo, la que parpadea un poco cuando la caldera está al máximo.
El efecto es curiosamente acogedor: la luz amarillenta cae sobre la mesa, los platos, los labios rojos de Carol y la bolsa blanca en la encimera.
No mires la bolsa.
Lo hago.
Carol sigue mi mirada durante una fracción de segundo.
—Greg.
—¿Sí?
Tiene las manos sobre la mesa. De cerca son peores de lo que imaginaba: nudillos enrojecidos, piel agrietada, pequeños cortes junto a las uñas .
—¿Por qué dejaste Chicago?
Ahí está otra vez. Ahora me toca a mí dar un gran sorbo. Si la boca está ocupada, no puede decir estupideces.
—Es una larga historia —respondo finalmente.
—Tengo tiempo de sobra.
—No es muy interesante.
—Insisto.
Tiene los ojos fijos en los míos. Grises, claros, con esa intensidad fatigada que me ha desconcertado desde el primer día. No hay morbo en ellos.
—Digamos que algo salió mal —digo—. Y que las consecuencias fueron peores que el error.
—Eso le pasa a casi todo el mundo.
—No a esta escala.
Carol asiente despacio pero no insiste. Espero un «¿qué hiciste?», un «cuéntame más», pero permanece callada, asintiendo con la cabeza con las manos alrededor de una botella vacía y el cuerpo ligeramente inclinado hacia atrás, tal vez midiendo dónde está el muro.
—No hace falta que me lo cuentes —dice, arrastrando ligeramente las palabras.
Me quedo mirándola. La mujer más hermética que he conocido en mi vida acaba de darme permiso para no explicarme.
No hace falta que me lo cuentes.
¿Me lo dice a mí, o a sí misma?
Ya no puedo más.
—Carol.
—¿Sí?
Vuelvo a pensar en los comentarios de Darlene, Ida y Marlon Fisher y su horrible bigote.
No lo digas.
No preguntes .
No abras algo que quizá no puedas cerrar.
—¿Por qué has venido, en realidad?
Me gustaría añadir: «¿Qué pasó con tu marido?», «¿por qué se llevó a vuestro hijo?», «¿Y por qué tu ventana devuelve una luz a las tres de la mañana?». Pero consigo contenerme.
—Ya te lo he dicho.
Carol Tremblay se apoya en el respaldo y cruza las piernas. La blusa azul se le ajusta un segundo sobre las clavículas de una forma que registro y aparto de mi mente de inmediato. Se queda mirando su botellín vacío como si fuera una bola de cristal. Yo me fijo en sus hombros.
—Me sobraba comida —responde finalmente, evitándome la mirada.
Está conteniendo la respiración.