GREG
EL CABALLO DE TROYA
Tres golpes suaves resuenan en la puerta.
Burbon levanta la cabeza del sofá.
Yo dejo el vaso en la mesa.
Ambos miramos hacia la entrada.
—No espero a nadie —le digo.
Mueve la cola una vez.
Me levanto para abrir y… guau. La mirada se me va a sus labios.
Rojos como una alarma de incendios en una sala blanca.
Me quedo unos segundos atascado ahí. Ese nivel de intensidad no encaja con nada de lo que sé sobre Carol Tremblay: ni con el batín grueso del primer día, ni con el gorro con orejeras, ni con la mujer que me ignora junto al buzón.
Es como encontrar una orquídea en medio de un aparcamiento.
Mi cerebro tarda un segundo en procesar el resto de la imagen. Carol está en mi porche. La misma mujer que hace dos semanas quiso atizar a mi perro con una escoba.
Tiene el pelo suelto, cepillado, cayéndole sobre los hombros en ondas oscuras. Lleva un abrigo abierto sobre una blusa azul y unos pantalones negros. Las mejillas encendidas por el frío. Las manos protegidas por un trapo de cocina doblado .
Entre las manos sostiene una cazuela humeante.
Veamos: hay una mujer en mi porche con comida caliente. Esa mujer es Carol Tremblay.
Conclusión: no tengo ni idea de qué está pasando.
—He cocinado de más —dice, como quien comenta que está lloviendo, sin sonreír.
Bien.
No entremos en pánico.
—Ayer te vi preocupado —añade—. Y no estuvo bien ignorarte como hice.
Ah. Ayer. Burbon perdido. El bosque. No fue mi mejor tarde.
—Así que he pensado que lo menos que podía hacer era traerte algo caliente —termina.
Me quedo en la puerta, con una mano en el marco, tratando de buscarle una explicación a todo esto.
—Gracias, supongo —digo finalmente. Magnífico. Nivel de competencia social: hombre que acaba de despertar de anestesia general.
Cojo la cazuela. Está caliente y pesa más de lo esperado. Mis fosas nasales hacen un tirabuzón cuando le llegan los primeros aromas: pollo, tomillo, comida casera hecha por alguien que sabe cocinar.
Carol asiente con un gesto mínimo y empieza a darse la vuelta.
Y ahí está el momento. La bifurcación.
Opción A: dejar que se marche. Ventajas: seguridad emocional, mantenimiento del perímetro, cena suficiente para tres días, no tener que fingir normalidad.
Opción B: decir algo. Ventajas: desconocidas. Riesgos: numerosos.
—Espera.
Idiota .
Carol se detiene y se gira. Me mira en silencio.
—¿Te apetece quedarte a comer? —pregunto—. Es demasiada comida para mí, y Burbon ya está servido con sus latas de cordero.
Carol me observa sin parpadear. Un segundo. Dos.
—Está bien. Pero solo si no me preguntas dónde me duele, si uso calzado apropiado ni cómo es el colchón de mi cama.
Sonrío, pensando que es gracioso —gracioso y alarmante— que una mujer que acabo de conocer pueda leerme el pensamiento de ese modo. Es el mal del traumatólogo, Linda me lo decía siempre: «¿Es que no puedes entrar en una habitación sin evaluar a todo el mundo?»
—Palabra de médico —digo.
—Nos une el juramento hipocrático, doctor.
Río otra vez.
Carol entra en casa.
La vivienda de un hombre que vive solo no está diseñada para recibir visitas.
Tengo dos sillas desparejadas, dos platos que no combinan, un par de vasos de cristal grueso y ningún mantel.
La mesa de pino tiene un cerco de taza de café en una esquina y una pila de correo sin abrir en la otra.
Aparto el correo, paso un trapo rápido por la superficie y coloco los platos como quien improvisa un quirófano de campaña.
Carol se sienta sin comentar nada, lo cual agradezco.
Sirvo el guiso y el vapor sube de los platos, llenando el salón con un aroma que me reconforta.
Pollo, verduras y caldo con vino blanco.
Dios bendito. Llevo semanas alimentándome de conservas, sándwiches, rolls precocinados y el bizcocho industrial que compro en el supermercado.
Esto es otra cosa. Comida real, hecha con las manos, con tiempo, con intención.
—Supongo que lo de la cerveza del otro día iba en serio —dice Carol cuando le pongo una jarra de agua delante .
—Tratándose de cerveza, yo nunca miento. El que miente al hablar de cerveza no es de fiar.
Una media sonrisa asoma en la comisura izquierda de su boca, fugaz como un pez que emerge a la superficie y vuelve a sumergirse.
Es la primera vez que le arranco algo parecido a una expresión de humor, y la sensación es absurdamente gratificante, como aprobar un examen que no sabías que estabas haciendo.
Me levanto y abro la nevera. Dentro hay dos botellas de la cerveza local que venden en el 24 horas. La etiqueta muestra un oso pescando un salmón con expresión emprendedora. No es Bud, pero está fría.
Le paso una. Carol la abre con el canto de la mesa.
Parpadeo.
—Buena técnica.
—La vida rural. Te acostumbrarás.
Comemos.
El guiso está bueno. No solo aceptable, sino bueno de verdad. El pollo se deshace como mantequilla, las verduras tienen el punto exacto, y el caldo posee esa untuosidad que solo se consigue con tiempo, gusto y muchas horas en los fogones.
—Esto está increíble —digo con la boca medio llena. No es mi momento social más refinado, pero, eh, llevo más de un año compartiendo piso con un perro cazador. ¿Quién puede juzgarme?
—Es solo un guiso.
—Carol, llevo tres semanas comiendo conservas y repostería industrial. Esto no es «solo un guiso». Mi sistema digestivo está haciendo la ola.
Ahí está otra vez. La media sonrisa. Esta vez dura un segundo más.
Burbon asoma el hocico por debajo de la mesa.
No sé cómo lo hace. Estaba en el sofá hace cinco segundos. Los perros grandes no deberían ser capaces de teletransportarse, pero Burbon domina ciertas artes oscuras cuando hay pollo de por medio.
Emite un gemido estratégico. Es el sonido que usa cuando quiere convencerte de que no ha comido en días, a pesar de haberse zampado una lata entera hace una hora. Los setters son manipuladores natos; si existiera una carrera de teatro canino, Burbon tendría el papel protagonista.
—No —le digo.
Burbon me mira. ¡Guau! El amo tiene menos autoridad que un hueso. Repitamos el trámite.
Carol coge un pedazo de pan, lo moja en el caldo de su plato y se lo ofrece por debajo de la mesa. Burbon lo acepta con una devoción silenciosa, como quien recibe la comunión. Luego apoya el hocico en la rodilla de ella y se queda ahí, con los ojos cerrados y el rabo moviéndose despacio.
Carol no lo aparta.
Si no lo veo, no lo creo. La mujer que gritó «Fuera de aquí, chucho». La mujer que defendía su jardín como una frontera internacional acaba de darle pan con caldo a mi perro y permite que le babee la rodilla.
Es como estar ante una persona completamente diferente.
—Espero que no me guardes rencor por lo de la escoba, ¿eh? —le dice ella al perro mientras le rasca detrás de la oreja—. No fue nada personal.
Burbon abre los ojos y le lame los dedos. Si no fuera imposible, pensaría que le está pidiendo perdón por haber arruinado su seto.
—Creo que te ha perdonado —digo.
—Los perros son generosos.
—Más que la mayoría de las personas.
Carol levanta la vista.
Durante un instante nos miramos por encima de la mesa. Es un momento breve, apenas un parpadeo, pero en él hay algo que reconozco: el acuerdo tácito de dos personas que no confían del todo en el ser humano y que no necesitan explicar por qué.
El cielo se oscurece mientras terminamos de comer.
Lo que era una tarde gris se convierte en algo más denso: nubes bajas, casi negras, se arrastran sobre los pinos como una tapa que alguien cierra despacio.
La primera gota golpea el cristal de la cocina.
Luego otra. Después, muchas. En cuestión de minutos, la lluvia cae con fuerza, irregular, insistente.
Top.
Top top.
Top top top.
Como dedos impacientes en una ventana.
Burbon se esconde bajo la mesa. Carol bebe cerveza. Yo observo el bosque.
—Se vuelve imponente cuando el tiempo está así —comento—. Aún me cuesta acostumbrarme.
Carol sigue mi mirada hacia la ventana. Se queda ahí un instante más de lo necesario, en los árboles, en la oscuridad que se traga el sendero. Luego aparta los ojos y juega con el botellín.
—Te acostumbrarás —dice—. O no. Hay gente que lleva años aquí y sigue cerrando las cortinas cuando anochece.
No sé si habla de sí misma. Es evidente que sí. Decido no preguntar.
—¿Y tú? —pregunto—. ¿Cuánto llevas aquí?
—Uf. Demasiado. Tanto que ya he perdido la cuenta.
No me lo creo.
—¿Te gusta?
Mira la botella entre sus dedos.
—No es cuestión de gustar. Es donde he echado raíces.
Lo pillo. Carol no vive en Shelter Creek porque le guste. Vive aquí porque es donde está, y no tiene intención de dar más explicaciones.
Reconozco ese mecanismo. Yo lo uso todos los días.
—¿Qué hay de ti? —pregunta, girando la cerveza entre los dedos—. ¿Qué hace un médico de Chicago en la Columbia Británica?
Me humedezco los labios mientras busco una respuesta satisfactoria que no cuente demasiado.
—Quería un sitio donde nadie me conociera. Necesitaba un cambio de aires.
En este momento, es la respuesta más honesta que puedo ofrecerle.
—Eso lo has conseguido. Me refiero a lo de que nadie te conozca. Esto es como vivir en Marte.
—Bueno, Darlene ya me conoce bastante, si eso cuenta.
Suelta una risa corta, nasal, casi sorprendida de sí misma. Es un sonido tan inesperado que Burbon levanta la cabeza de debajo de la mesa. Probablemente cree que hay más comida.
—Darlene conoce a todo el mundo —dice Carol—. Es como el Google del pueblo.
—Pero sin cookies ni filtro de privacidad.
—Veo que ya la has calado.