CAROL
UN CABO SUELTO
Cierro la puerta. Paso el cerrojo. Apoyo la espalda contra la madera.
Espiro, como el aire que se escapa de un globo. No me había dado cuenta de que estaba conteniendo la respiración.
Las manos me tiemblan. Las aprieto hasta que los nudillos se ponen blancos, las uñas se clavan en las palmas y el dolor me ancla a la realidad.
Nunca pensé que…
No. No voy a terminar esa frase. Decir las cosas en voz alta hace que se manifiesten.
Mis pies tropiezan con los pedazos de porcelana esparcidos por el suelo. ¿Qué hacen ahí? Ah, sí, ya me acuerdo. Estaba recogiendo la cubertería cuando he visto al perro llegar por la ventana. La impresión ha hecho que el plato se me escurriera de entre los dedos.
Recojo los restos con la escoba y los tiro a la basura.
Luego, movida por a saber qué —no soy dueña de mis actos en este momento—, empiezo a limpiar los cristales de la ventana.
El trapo chirría contra el vidrio. Hago círculos pequeños, metódicos, como los que hacía mi madre cuando yo era niña: primero la esquina superior izquierda, después la derecha, luego el centro, luego abajo.
El vidrio se empaña con mi aliento y se aclara con el trapo.
Empañar, aclarar. Empañar, aclarar. Es un ritual que debería vaciarme la cabeza.
No funciona.
El cristal está limpio, pero sigo mirando a través de él. La casa de al lado. La ventana del baño de Greg, encendida. La silueta de su cabeza y sus hombros se dejan ver de vez en cuando. Creo que está bañando al perro.
Suelto el trapo y corro la cortina de golpe.
—Mierda —dejo escapar en un susurro.
Me he fijado en algo: suelto más palabrotas desde que estoy sola. Richard estaría escandalizado. Yo lo estoy.
Me siento en la silla de la cocina. La luz del techo zumba con ese leve parpadeo; llevo meses posponiendo el arreglo. Fuera, el bosque se oscurece.
Esto lo complica todo.
Esta noche ni siquiera me acuesto. Sería absurdo intentar dormir.
Hago rodar el alfil blanco entre mis dedos. Ante mí tengo un viejo juego de madera que compré en un mercadillo. Las piezas venían envueltas en papel de periódico. Los peones están desgastados por los bordes y la dama negra tiene una grieta en la base.
Dama negra. Grieta. Dignidad herida.
Qué ironía…
Juego al ajedrez desde los ocho años. Mi padre me enseñó en nuestra casa en Quebec, con un tablero de cartón y piezas de plástico que venían en una revista por fascículos.
Jugaba con él todas las tardes después del colegio.
La primera vez que le gané, me abrazó y dijo que era la niña más lista del mundo.
Richard nunca me abrazó, claro. Él se enfadaba cuando perdía.
Se ponía como un basilisco. Así que, a veces, yo le dejaba ganar.
Sacrificaba la dama en un movimiento descuidado, dejaba un flanco abierto, cometía un error que parecía accidental.
Él sonreía, satisfecho, convencido de su superioridad.
Orgulloso de su inteligencia. Y yo me quedaba sentada al otro lado del tablero, calculando en silencio las diecisiete formas en que podría haberlo destruido.
Coloco las piezas —blancas a la derecha, negras a la izquierda— y juego contra mí misma.
Apertura española. Peón a e4. Peón a e5. Caballo a f3.
Doy una calada. Había dejado de fumar hace dos años, pero esta noche he encontrado un paquete antiguo en el fondo del cajón de los trapos, arrugado, con tres cigarrillos. El primero sabía a polvo y a problemas. El segundo me relaja un poco.
Caballo a c6. Alfil a b5.
Pienso en la cara de desesperación de Greg cuando ha llamado a mi puerta; ese perro lo es todo para él.
Resulta que el animal es todo un rastreador y ha traído un pequeño tesoro entre sus fauces. No un pájaro o un roedor, que es lo que suelen cazar los perros.
Alfil a c4. Enroque corto.
Un pájaro muerto. Es lo primero que he pensado al verlo regresar del bosque. Pero no. Traía otra cosa. Un juguete viejo. Un peluche sucio que estaba perdido en el bosque.
Jaque. Rey a h1.
Son las dos y media de la madrugada. El cenicero tiene dos colillas aplastadas y un anillo de ceniza gris. La casa está en silencio absoluto.
Sin darme cuenta, empiezo a tararear.
—Des yeux qui font baisser les miens…
La vie en rose de Piaf. Una melodía antigua, suave, que sale de algún rincón del pecho que no he visitado en años. Mi madre la cantaba mientras fregaba los platos. Y yo, años después, la tarareaba mientras…
El olor me golpea antes de que pueda detenerlo. Caldo de pollo. Fuerte, salado, con ese fondo de apio y laurel que llenaba la cocina entera. Una tarde lluviosa. Las gotas repiqueteando en la ventana. Y una risa que rebota en las paredes de esta misma cocina.
Aplasto el tercer cigarrillo en el cenicero y la brasa se extingue con un siseo. Expulso el humo con fuerza, mis labios temblando.
El tablero está a medio juego. Blancas en ventaja. Las negras aún tienen opciones si sacrifican el alfil.
Siempre hay opciones si estás dispuesta a perder algo.
Me levanto con la luz. No he dormido, pero hay una claridad dentro de mí que no estaba ayer, una especie de sosiego frío que reconozco de épocas anteriores. La calma de haber tomado una decisión.
Voy al baño y abro la ducha. Me quedo debajo del agua caliente más tiempo del habitual, con los ojos cerrados, dejando que el vapor llene el espacio hasta que el espejo se empaña y las paredes gotean.
Salgo y me envuelvo en la toalla. Limpio el espejo con la palma de la mano y me miro.
Esta vez me quedo en lo que veo. Las ojeras, las clavículas, el cabello mojado cayendo sobre unos hombros que han perdido carne.
La cicatriz de la ceja, fina y pálida, casi invisible si no sabes dónde buscar.
Veo los ojos grises de una mujer de cuarenta y seis años que parece de cincuenta y que, durante un tiempo, fue otra persona.
Antes poseía una belleza natural, según algunos. Según Richard.
Me miro los dedos de los pies, superpuestos y enroscados sobre la baldosa: largos y huesudos como los de un aguilucho. Rebusco en el botiquín de las medicinas que guardo en el armario bajo el lavabo, aparto los frascos de pastillas apilados como tótems, y desentierro un cortauñas .
Resuelto el tema de los pies, me seco el pelo con el secador.
Hace tanto que no lo uso que tardo un minuto en encontrarlo.
El ruido me resulta extraño, casi agresivo, después de meses de toallas y aire.
El cabello queda suave, con algo de volumen.
Rubio oscuro, largo hasta los hombros. Me lo cepillo hasta que brilla.
Había olvidado lo mucho que me gusta cómo me queda así.
De pronto, tengo una idea. Corro a la cocina y abro la nevera. Hay poco, como siempre, pero lo justo. Cebolla, zanahoria, apio, patatas y un trozo de pollo que compré ayer sin saber para qué. Ahora lo sé.
Enciendo la vitro. Corto la cebolla en juliana, el apio en medias lunas, la zanahoria en rodajas. Doro el pollo en la cazuela grande, la que no uso nunca y que está al fondo del armario junto a la olla a presión que vino con la casa. El aceite crepita. El aroma empieza a inundar la cocina.
Cocinar para uno no tiene sentido, es una pérdida de tiempo. Pero hoy cocino para dos.
Añado caldo, vino blanco y tomillo. Tapo la cazuela. El guiso necesita dos horas a fuego lento.
Mientras espero, vuelvo al dormitorio y abro el armario. La ropa que tengo no da para mucho: camisetas gastadas, jerséis gruesos y pantalones que han cedido. Pero tiene que haber más.
En el fondo, detrás de los abrigos, colgada en una funda de plástico, encuentro una blusa. Azul oscuro, de algodón bueno, con un cuello que enmarca la cara. Me la compré hace tres años para una consulta médica en Prince George. No me la he puesto desde entonces.
Me queda holgada, pero bien. Me meto la blusa por dentro del pantalón, el único que tiene cremallera en vez de elástico. Completo el atuendo con un cinturón y botas limpias.
Voy al baño. Dentro del neceser hay un rímel seco, una sombra de ojos que ya no se pega y un pintalabios. Lo compré en Vancouver, en otra vida, para una cena que terminó mal. No lo he vuelto a usar.
Lo destapo y lo roto hasta que emerge la punta. El color rojo sigue intacto, brillante, casi obsceno contra la palidez de mi piel.
Me pinto los labios, despacio, con cuidado de no salirme. La línea superior, la inferior. Aprieto uno contra otro y me miro.
La mujer del espejo es ahora alguien que hace mucho que no veo.
Alguien con labios rojos, pelo cepillado y una blusa azul que enmarca una cara que todavía puede pasar por presentable, incluso guapa.
Alguien que sabe sonreír cuando hace falta.
Que sabe preguntar sin que parezca un interrogatorio. Que sabe cocinar.
Alguien que sabe hacer lo que hay que hacer.
Desde la cocina, la vitro emite un pitido largo e intermitente.
El guiso está listo.