Enterrar el pasado (Misterio Noir 1) GREG
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GREG

LA PRESA

—¡Burbon! ¡BURBON!

Silencio. Solo el eco de mi propia voz rebotando entre los pinos. Y la nieve compactándose bajo mis botas. Y mi respiración acelerada. Pero ninguno de esos sonidos es el correcto.

El correcto sería un ladrido.

Llevo corriendo unos veinte minutos, tal vez más. He perdido la cuenta.

Le he soltado la correa en la primera curva, como hago siempre que salimos desde que conocemos la ruta. Porque soy un genio.

Durante los primeros minutos iba delante de mí, trotando, olfateando, siendo Burbon.

Luego me he detenido para fotografiar con el móvil un pájaro posado en una rama baja.

Ni siquiera era especialmente bonito, pero en ese momento me ha parecido importante.

Cuando he vuelto a mirar al frente, el sendero estaba vacío.

—¡BURBON!

Nada. Mi propio eco parece burlarse de mí.

El bosque a esta hora de la tarde es denso y gris. La nieve de la noche ha cubierto las huellas y el suelo es una superficie blanca y dura sobre la piedra. Intento escuchar: un ladrido, un jadeo, el crujido de ramas bajo unas patas. No hay suerte.

Decido volver al punto donde se detuvo aquel día, el lugar donde el sendero se curva y la vegetación se espesa. Corro hasta allí, apartando ramas bajas y resbalando en la nieve húmeda.

Cuando llego, compruebo que la tierra está removida, oscura, mezclada con raíces arrancadas y hojas podridas. Hay marcas que podrían ser de patas.

Burbon no está.

Miro alrededor. El bosque es idéntico en todas direcciones. Árboles, nieve, más árboles. Si alguien diseñara un entorno específicamente para perder cosas, sería este.

—¡BURBON!

Mi voz suena distinta. Más aguda. No me gusta.

Empiezo a hacer cálculos.

Fauna local: osos, pumas, coyotes. La Columbia Británica tiene de todo.

Un setter de treinta kilos no tiene ninguna posibilidad contra un depredador de esta zona.

Conozco la anatomía de un ataque animal: la yugular, la tráquea, el abdomen.

He suturado heridas de mordedura en urgencias y no son agradables.

Mi cerebro decide reproducir esas imágenes en alta definición.

—No —digo en voz alta.

Sigo buscando. Quince minutos más. Veinte. Cada metro de sendero que recorro sin encontrarlo me aprieta un poco más el pecho. El frío deja de importar. Las piernas también.

Al cabo de una hora, tomo una decisión: vuelvo a casa.

Solo.

Tampoco está en casa. Empiezo a temerme lo peor.

Cruzo corriendo los metros de nieve que separan mi porche del de Carol y aporreo su puerta. Tres golpes rápidos, con los puños, más fuertes de lo que pretendo .

La puerta se abre un palmo. Carol me mira desde el otro lado con la frente arrugada y cara de pocos amigos.

—¿Has visto a mi perro?

—No. —Me mira de arriba abajo: la cara, la ropa, las botas embarradas—. ¿Qué ha pasado?

—Se me ha escapado en el bosque. Llevo una hora buscándolo.

Oigo la desesperación en mi propia voz.

—¿Hacia qué lado iba?

—Hacia el norte. Donde el sendero se curva.

Ella asiente, pero no dice nada. Se queda mirándome y tengo la impresión de que está procesando información que no piensa compartir.

—Si lo ves, ¿me avisas? —le suplico.

—Claro.

Me froto la cara. Esto no puede estar pasando.

—Gracias.

Me doy la vuelta y camino hacia mi casa. A medio camino, oigo su puerta cerrarse detrás de mí.

Entro en casa y cierro la puerta.

Todo está en silencio. No está su jadeo, ni el tintineo del collar contra el cuenco de agua, ni las uñas repiqueteando en la madera siguiéndome de una habitación a otra. La casa sin Burbon es una estructura vacía que no tiene ningún sentido.

Recorro las habitaciones. Salón, cocina, dormitorio, baño. Como si el perro pudiera estar escondido debajo de la cama o dentro de un armario. No está. Claro que no. Pero sigo buscando. Es lo que hacemos los humanos cuando la lógica falla: repetimos acciones inútiles esperando resultados distintos.

Abro la puerta trasera. El jardín, la nieve, la linde del bosque. Nada. Silbo con los dedos, un silbido agudo que Burbon reconoce desde doscientos metros. El sonido se pierde entre los pinos.

Voy a la cocina, abro el armario y saco la lata de cordero y arroz.

El olor dulzón y cárnico llena la cocina.

Vacío el contenido en el cuenco y lo dejo en su sitio, junto a la pata de la mesa, donde siempre come.

No sé por qué hago esto. Es un gesto absurdo: él no está aquí para comerlo.

Pero dejar el cuenco lleno es lo más parecido a una plegaria que puedo articular.

Si la comida está lista, el perro volverá.

Si el cuenco está en su sitio, el mundo sigue funcionando.

El cuero de la correa está frío y el mosquetón tintinea al moverse. La sostengo en la mano un momento y aprieto. ¿Por qué lo solté?

No tiene sentido castigarse. Me siento en el sofá. El cojín tiene la forma de su cuerpo. Paso la mano por la tela. Hay pelos rojizos pegados al terciopelo gastado.

No sé cuánto tiempo pasa. Veinte minutos, tal vez treinta. El cuenco sigue lleno. La correa sigue en mi mano. Fuera, el bosque empieza a oscurecerse.

Estoy de pie junto a la ventana, escrutando los árboles sin apenas pestañear, cuando oigo una voz.

—¡Greg!

Es Carol. Salgo.

Está en su jardín, señalando hacia el sendero. Algo emerge de entre los árboles. Parece Burbon.

Oh… Gracias a Dios.

Se acerca despacio, cubierto de barro hasta el pecho. Lleva algo en la boca: un objeto gris y blando que cuelga de un lado como una presa muerta. Mi primer pensamiento es una liebre.

No es una liebre.

—¡Burbon! ¡Ven aquí, chico!

Levanta la cabeza al oírme, cambia de dirección y trota hacia mí. Se detiene a mis pies, meneando la cola. Cree que ha logrado una hazaña y espera una recompensa.

Solo me sale abrazarlo con todas mis fuerzas.

Intento coger lo que lleva en la boca.

No lo suelta.

—Burbon. Suelta.

Aprieta la mandíbula. Tiro. Él tira más. Estamos forcejeando por un objeto no identificado.

—Burbon, vamos. Suelta eso.

Finalmente cede. Debido a la inercia, caigo de espaldas sobre la nieve. Me quedo con la cosa en la mano.

Es un peluche. Un conejo de tela gris, pequeño, del tamaño de la palma de mi mano.

Y viejo, muy viejo. El color original pudo ser blanco o gris claro, pero ahora es un tono indefinido por el barro y las inclemencias del tiempo.

Tiene una oreja medio descosida y el relleno de algodón asoma por una costura.

Solo es un juguete.

Carol sigue a unos diez metros.

—Ha aparecido —le digo, incorporándome.

—Qué bien.

Es la primera vez que la veo sonreír mínimamente. Es una sonrisa bonita.

—Ha traído un regalo.

Levanto el conejo. Carol lo mira. Luego mira a Burbon. Luego a mí.

Estoy lejos para asegurarlo, pero juraría que la sonrisa le tiembla por un momento.

—Me alegro de que haya vuelto —dice.

Evalúo su rostro, pero no estoy seguro de lo que veo; tan solo me parece que, de algún modo, está intentando controlar su reacción.

Sin decir nada más, se da la vuelta y entra en su casa .

—Vamos dentro, bandido —le digo a mi perro—. Necesitas un baño y yo una cerveza.

Él me sigue, arrastrando barro por todo el porche. Le quito las peores costras con una toalla vieja antes de dejarlo entrar.

Dejo el conejo en la mesa y llevo al perro directamente al baño.

Bañar a un setter cubierto de barro requiere la paciencia de un monje budista y la fuerza de un estibador portuario. No tengo ninguna de las dos cosas.

Lo meto en la bañera. Se resiste; creo que considera el barro un motivo de orgullo. Abro el grifo y el agua sale fría los primeros quince segundos: Burbon me mira con una expresión que solo puedo describir como traición.

—No pongas esa cara. Tú te lo has buscado.

Le echo jabón por el lomo y froto. El barro sale en oleadas marrones y el pelo rojizo reaparece poco a poco, como en una excavación arqueológica.

—Si te estás quieto, te doy la lata de cordero.

Orejas arriba. El rabo golpea el borde de la bañera. Colabora exactamente ocho segundos antes de sacudirse y salpicar el techo, las paredes y mi cara. Cuando termino, estoy más mojado que él.

Lo envuelvo en una toalla para secarlo. Intenta morderla, su juego favorito. Le sujeto la cara con las dos manos.

—Eres un desastre absoluto. ¿Lo sabes?

Me lame la nariz.

—Eso no es una disculpa. No pienso caer en tu chantaje emocional.

Me vuelve a lamer.

—Vale. Disculpa aceptada .

Son las ocho de la tarde. Burbon duerme en el sofá, limpio, seco, exhausto. Fuera, la oscuridad ha invadido la ventana; dentro, la calefacción ronronea.

El peluche descansa sobre la mesa. No sé por qué no lo he tirado. Debería haberlo hecho. Pero no lo he hecho, y ahora está ahí, entre la cerveza y el portátil, con sus ojos de botón que parecen mirarme.

Lo cojo.

Es ligero. La tela de algodón está degradada, con esa textura fibrosa que adquieren los tejidos tras años expuestos a la humedad. La oreja descosida cuelga de un hilo. El relleno, donde asoma, está apelmazado y oscurecido.

Lo giro.

En el lateral derecho, a la altura de lo que sería la barriga del animal, hay una mancha oscura.

Está integrada en la tela. No es barro. El barro se desprende al secarse, se agrieta, se convierte en polvo.

Esto no. Esto ha empapado las fibras y se ha secado dentro de ellas, alterando permanentemente el color de la tela.

Conozco ese tono. Lo he visto miles de veces: en urgencias, en quirófano, en las batas desechables que tirábamos al contenedor rojo después de las intervenciones.

Aparto el peluche.

No. Es tierra. Raíces muertas. El suelo del bosque está lleno de minerales que oxidan la tela y dejan manchas oscuras. Cualquier objeto enterrado durante años acabaría con este aspecto. No tiene por qué ser lo que parece.

No tiene por qué ser sangre.

Lo meto en una bolsa de plástico del supermercado y ato las asas. Lo dejo en una esquina de la encimera, junto al tostador y el bote de café.

Por la noche, me cuesta dormir. Me digo que es por el susto; casi pierdo a mi perro.