GREG #3
Se puso en pie y dejó el putter en la bolsa.
Estábamos junto al hoyo catorce, cerca de la terraza del club, cuando dos mujeres pasaron por el camino que bordea el green .
Veinteañeras, ropa de golf ceñida, visera blanca y piernas largas.
El tipo de mujeres que van al club a jugar nueve hoyos y a tomar un Aperol después.
Una de ellas —morena, gafas de sol, mirada coqueta— le echó un vistazo a Ray al pasar. No fue un vistazo discreto.
Ray ladeó la cabeza y le dedicó una sonrisa lenta, de esas que empiezan en una comisura, se toman su tiempo y terminan pareciendo una promesa ambigua. La mujer apartó la mirada, pero ya era tarde: el rubor le había subido por el cuello como una marea.
Su amiga le dio un codazo y las dos se alejaron riendo en voz baja.
—Puedo escucharlo —le dije, conteniendo la sonrisa.
—¿El qué?
—Lo que estás pensando.
Ray abrió los brazos.
—Estoy pensando en el hoyo quince.
—Estás pensando en tirarte a esa.
Me miró con la expresión más inocente que puede poner un hombre de noventa kilos con un contrato de ochenta millones.
—Hermano, yo solo tengo ojos para el fútbol.
—Tienes ojos para cualquier cosa que tenga pulso y lleve falda.
—Eso es muy reduccionista. También me fijo en las que llevan pantalón.
—Eres incorregible.
Sacó una cerveza de la nevera portátil como un mago extrae un conejo. Me la lanzó.
—Tú deberías probar.
—¿Hacer trampa en el golf?
—Divertirte. Te vendría bien. Estás tenso.
—Estoy casado.
—Lo dices como si fuera una tara, Greg. Pero solo es una elección que hiciste. Y las elecciones se revisan.
—En tu polo debería poner «mala influencia», ¿sabes?
Sonrió. Bebimos de pie, mirando el green , en silencio. En un momento dado, Ray se pasó la mano por el hombro derecho con un gesto que pretendía parecer casual.
—No puedo creer que fallara el último pase el otro día —dijo .
—Hiciste dos touchdowns .
—Pero fallé el pase decisivo.
—Sigues siendo el mejor quarterback de la liga. ¿Necesitas que te lo recuerde? ¿No tienes suficientes fans?
No sonrió. Eso me hizo mirarlo.
—Hablo en serio, Greg. Últimamente estoy lento.
—Lo dijo sin mirarme, con los ojos en el green —.
Esta temporada siento que me cuesta reaccionar en el campo.
No es el hombro, ni las piernas. Es la cabeza.
Desde lo de los Packers es como si tardara un segundo más en leer las jugadas.
—Hizo una pausa y su voz perdió brillo—.
En la NFL, un segundo es toda una carrera deportiva.
—Todos nos hacemos mayores, Ray. Es ley de vida. Hasta para las estrellas de la liga. Especialmente para ellas.
—No me vengas con esas. Solo tengo treinta y dos. —Se giró hacia mí—. ¿No podrías recetarme algo?
La cerveza se quedó a medio camino de mi boca. Parpadeé.
—¿Algo?
—Algo que me espabile. Que me devuelva medio segundo.
—Lo que me pides es ilegal.
—No te estoy pidiendo crack en un callejón.
—Menos mal. Hubiera sido incómodo con esos pantalones.
—Te estoy pidiendo ayuda.
—Para eso tienes a Hendricks. Es el médico del equipo.
Resopló.
—Hendricks es bueno para esguinces y sobrecargas. Pero tú eres el mejor. —Me miró con esa cara que ponía cuando quería algo y sabía que iba a conseguirlo. La odiaba—. Y además, eres mi amigo.
Ahí. Amigo . Ray sabía dar donde más duele, dentro y fuera del campo.
—Ray…
—Vamos, solo hasta final de temporada. Nadie se enterará .
No respondí. Bebí cerveza y miré el hoyo quince, que brillaba bajo el sol como una promesa. Ray no insistió. No hacía falta. Los dos sabíamos que la conversación no había terminado.
—Oye —dijo al cabo de un rato, bajando la voz—. ¿Cómo va todo con Linda?
Casi me reí.
—Va.
—¿Va bien o va a secas?
—Va a secas.
Ray asintió. Miró hacia donde habían desaparecido las dos mujeres, como si la respuesta a mi matrimonio estuviera en algún punto entre el hoyo catorce y la terraza del club.
—Las mujeres son complicadas, tío. Pero Linda te quiere. Dale tiempo.
Dejo la foto boca abajo sobre la mesa.
La casa está en silencio. Burbon duerme en el sofá, panza arriba, una pata temblándole en sueños. Fuera, el bosque es una sombra negra contra un cielo sin estrellas. La botella de Maker’s Mark está en la encimera, con un tercio de whisky. Me sirvo dos dedos.
Levanto el vaso hacia el techo.
—Feliz cumpleaños, colega.
Bebo. El whisky quema. Bien. Hay dolores que uno elige porque al menos sabe de dónde vienen.
Cierro los ojos y siento cómo algo caliente me baja por la mejilla izquierda: una sola lágrima. La intercepto con el dorso de la mano antes de que llegue a la mandíbula. No es llanto. Los hombres como yo no lloran por tipos como Ray.
Abro los ojos y la foto sigue ahí, con el dorso blanco mirando al techo. Ray habría cumplido treinta y cuatro años hoy.
Si pudiera quedarme aquí —en esta cocina, con este whisky, con este silencio y la foto de un amigo muerto— quizá lo haría.
Porque esta noche es la última en la que las cosas tienen cierto orden.
A partir de mañana, alguien con mucho sentido del humor va a coger mi nueva vida y a sacudirla hasta que no quede una pieza en su sitio.
Pero eso no lo sé todavía. Ahora mismo solo sé que es 28 de enero, que Ray Mercer está muerto, que yo estoy vivo, y que ninguna de las dos cosas me parece justa.