GREG #2
La mente empieza a montar una estructura con piezas que quizá no pertenecen al mismo juego.
Lo sé. Soy consciente. Es peligroso. Los médicos somos especialmente vulnerables a esto: tres síntomas y ya queremos un diagnóstico.
Fiebre, tos, dolor torácico. Patrón. Moratón, evasivas, mirada baja.
Patrón. Cortinas cerradas, niño perdido, golpe con una puerta. Patrón.
No significa nada. La mente humana busca patrones hasta en manchas de humedad. Es una de nuestras funciones menos útiles y, al mismo tiempo, la base de la medicina.
Agito la cabeza y trato de comportarme como un vecino educado. Levanto la mano y fuerzo una sonrisa.
—Buenas tardes, vecina.
Lo digo al pasar, sin detenerme. Un saludo mínimo, del tipo que no exige respuesta.
No la obtiene.
Ella entra en su casa sin mirarme, fingiendo que no me ha visto. Ambos sabemos que sí. La puerta se cierra con ese clic suave que ya empieza a resultarme familiar.
Burbon corre hacia nuestra casa, ajeno a lo que acaba de pasar, que es básicamente nada. Un hombre ha saludado a una mujer y la mujer lo ha ignorado. No es un acontecimiento. No debería importarme.
Pero me importa, y no porque me haya ofendido. No soy tan frágil. Antes de lo de Ida, antes de lo de Darlene, habría pensado que Carol es maleducada o simplemente excéntrica. Ahora pienso en el golpe contra una puerta. En las cortinas cerradas. En esos ojos inquietos.
Signos. Síntomas. El vocabulario de la sospecha es el mismo en medicina que en la vida: observas, acumulas datos, y un día, el cuadro clínico toma forma. A partir de ese momento, ya no puedes fingir que no lo ves.
Entro en casa y cierro la puerta.
Media hora después estoy sentado frente al portátil, en la mesa de la cocina, con una cerveza abierta y Burbon echado a mis pies.
La conexión a internet es lo que cabría esperar de un pueblo que probablemente recibió la electricidad como noticia de última hora: la página tarda medio minuto en cargar y el cursor gira como una ruleta que nunca se decide.
Tecleo: «Carol Tremblay Vancouver.»
Me quedo mirando las palabras.
Hay un momento antes de hacer algo moralmente dudoso en el que todavía puedes fingir que eres una buena persona.
Pulso Enter.
El primer resultado útil es un perfil de LinkedIn sin actividad desde 2016.
Técnica de laboratorio en el Vancouver General Hospital.
La foto de perfil tiene al menos quince años.
Carol aparece con una bata de laboratorio blanca, melena suelta y la cara más llena que ahora.
Mira a cámara con expresión seria y ligeramente forzada.
Pero hay algo en sus ojos. Me acerco a la pantalla.
No sé qué espero ver. ¿Pruebas de una vida secreta?
¿Una sonrisa enorme? ¿Una señal evidente de felicidad que pudiera comparar con la mujer que me evita al otro lado de mi jardín?
No hay nada tan simple.
Solo una intensidad distinta.
La Carol de la foto cree en algo. He visto esa mirada en residentes de primer año, antes de que las guardias, los jefes y la muerte les minen el entusiasmo. Gente que cree que lo que hace importa.
Por lo demás, el perfil no tiene actividad. Sin conexiones visibles ni rastro a partir de 2016.
Así que Carol trabajaba en un laboratorio de Vancouver.
No estoy seguro de qué hacer con esa información.
Pruebo con «Carol Tremblay Shelter Creek». Nada útil, solo un par de Carol Tremblay en Quebec que no son ella: una dentista en Trois-Rivières y una profesora jubilada en Gatineau .
Apago el portátil.
La pantalla se oscurece y mi reflejo aparece en el cristal.
Me devuelve la mirada un hombre sentado en una cocina ajena, bebiendo cerveza, espiando la vida de su vecina con la excusa de la preocupación.
Estoy haciendo exactamente lo que temo que otros hagan conmigo.
Si alguien tecleara «Greg Abbot Chicago» en este mismo momento, encontraría titulares que me harían vomitar.
Y aquí estoy yo, en mi nueva cocina, construyendo una versión de una mujer que no me incumbe en absoluto.
Buen trabajo, Greg.
Doy un largo trago de cerveza y, al alzar el mentón, veo el calendario colgado en la pared.
Venía con la casa. Enero. Un paisaje de montaña con un alce. Cada día del mes es un cuadrado vacío excepto uno:
El 28, marcado con un círculo en bolígrafo rojo.
Hoy.
No sé por qué lo he marcado.
Bah, ¿para qué engañarme? Lo sé perfectamente.
Hoy no era un mal día por casualidad.
Era 28 de enero.
La mente tiene trucos baratos. Puedes mirar hacia otro lado, llenar la jornada de pacientes, correr hasta que duelan las piernas, hacer preguntas sobre tu vecina, buscar perfiles antiguos, beber cerveza. Da igual. La fecha se queda ahí, esperando a que dejes de hacer ruido.
Saco la cartera del bolsillo del abrigo. Detrás de la tarjeta del seguro médico y de un recibo arrugado de una gasolinera, guardo una foto pequeña, desgastada en los bordes. El papel está doblado en una esquina. He pensado muchas veces en tirarla.
La pongo sobre la mesa.
Dos hombres sonríen a la cámara en un campo de golf, con el green a sus espaldas y una nevera portátil abierta entre los dos. El de la izquierda soy yo, con un polo blanco, piel bronceada y una sonrisa que ahora me resulta casi ofensiva.
El de la derecha es Ray Mercer.
Ray lleva una camiseta de golf rosa chicle que ningún ser humano con dignidad debería ponerse.
Pantalones cortos de cuadros y unas zapatillas Nike de edición limitada.
Tiene el pelo rapado al milímetro, la sonrisa de un tipo que ha salido en decenas de spots publicitarios y unas gafas de sol de espejo colgando del cuello como si fueran un collar de diamantes.
La foto la hizo un tipo del club que pasaba por allí. Un sábado cualquiera, dos amigos jugando al golf, ninguno particularmente bueno. Dos veranos antes de que todo se fuera a la mierda.
Además de mi mejor amigo, era el quarterback titular de los Chicago Bears.
Eso siempre sonaba ridículo cuando lo decía en voz alta.
Un tipo capaz de llenar estadios de sesenta mil personas los domingos y llamarme el lunes para preguntarme si había visto el capítulo de la serie que estábamos siguiendo juntos.
Nos conocimos cuando le operé el hombro derecho, en su segundo año en la liga.
Me dijo que si le jodía el brazo me mataría, y yo le respondí que si no se callaba le pondría anestesia general sin su consentimiento.
A partir de ahí, golf los sábados, cenas los jueves y cervezas después de los partidos en casa.
Físicamente, Ray era mi opuesto: afroamericano, fibroso, con unos huesos finos que desmentían los noventa kilos de músculo que metía dentro del equipamiento cada domingo. No tenía pinta de quarterback, ni de leído, ni de nada que sugiriera el contrato millonario que tenía en el bolsillo.
A pesar de eso —quizá ser deportista profesional tuviera algo que ver, no seamos ingenuos—, Ray tenía un éxito brutal con las mujeres y ligaba más que un rapero en una gira de verano.
El campo de golf aparece detrás de nosotros, verde y perfecto. Ese día jugamos dieciocho hoyos y Ray perdió todos excepto uno, que ganó haciendo trampa con una naturalidad que habría avergonzado a un congresista.
—Eso ha sido un mulligan ilegal —le dije cuando sacó la bola del hoyo con una reverencia teatral.
—¿Mulligan? Ha sido talento puro, hermano. Quien tiene clase, tiene clase.
—Menos mal que tu pase largo es mejor que tu swing . Si dependieras del golf para pagarte esas gafas horteras, estarías jodido.
Ray se quitó la gorra y se secó la frente.
—Es realmente vergonzoso lo llorón que eres cuando pierdes —dijo, señalándome con el putter —. Pero eres el mejor cirujano que conozco. Como quarterback , es posible que algún día necesite que me salves la carrera. Por eso te aguanto.
—Tú sigue así, y te quedarás sin compañía para salir por ahí.
—Me buscaré a otro. Tampoco eres tan guapo.
—Cabronazo.